9 diciembre, 2022

 IV Domingo de Adviento, Ciclo “C”

Mis 5, 1-4
Sal 79
Heb 10, 5-10
Lc 1, 39-45

Nos encontramos en el IV domingo del tiempo de Adviento, muy cercanos ya de la Navidad. Por ello, la liturgia de este día nos quiere invitar a poner nuestra mirada en el misterio de la Encarnación: Jesucristo, el Dios-con-nosotros, entrando en el mundo. Este acontecimiento, central en la historia de la Salvación, tiene que ser visto desde la obediencia.

Desde el primer instante de su existencia humana, Jesucristo ha vivido en plena y absoluta docilidad a la voluntad de su Padre como nos lo ha demostrado la carta a los Hebreos: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Y de esa misma manera fue toda su vida, incluso en los momentos más difíciles como cuando estaba en Getsemaní: “Que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Lc 22, 42). De hecho, gracias a esa obediencia filial de Jesús, todos hemos quedado santificados, pues, “así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justo” (Rm 5, 19).

Ahora bien, la obediencia de Cristo vive desde el primer instante de su existencia humana como una actitud de ofrenda: “No quieres sacrificios… por eso he dicho: aquí estoy”. La entrega generosa del Maestro en la Cruz no es poca cosa, sino que es el reflejo de que ha vivido toda su vida en continua oblación, presentándose como una ofrenda perfecta y permanente.

Y es en este misterio de Encarnación en donde se encuentra María. Más aún, el gran misterio de la Encarnación es posible gracias a la fe, docilidad y obediencia de María, la cual se fía completamente de Dios y acepta su proyecto salvífico. Por esa razón es que se le puede felicitar: “¡Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor!”. Este ha sido el acto de fe más sencillo, humilde e insignificante, ha sido la puerta por la que ha entrado toda la gracia en el mundo.

Sobre su “sí” se ha querido apoyar el “Sí” eternos del Señor; por su “sí”, la salvación se ha hecho realidad; por su “sí”, también nosotros podemos adherirnos a Él, podemos creer en las palabras del Señor y considerarnos “dichosos, por haber creído todo por parte del Dios”.

Por otra parte, la escena de la Visitación de María a su prima Santa Isabel, expresa la belleza de la acogida: donde hay acogida, disponibilidad, escucha, espacio para el otro, allí está el Señor y toda la alegría que proviene de Él.

En este tiempo próximo de la Navidad, también nosotros aprendamos a imitar a María, visitando a todos aquellos que viven o se encuentran en medio de las dificultades. Pero no únicamente a la Señora, sino también a Santa Isabel, la cual acoge como huésped al mismo Dios, porque, si no lo deseamos, no conoceremos al Señor, si no lo esperamos, no lo recibiremos y si no lo buscamos, no lo encontraremos.

Con la misma alegría de María, que va deprisa con Santa Isabel, también nosotros vayamos presurosos al encuentro del Señor que viene. Unámonos en oración para que todos los hombres busquen al Señor, que descubran en Cristo al mismo Dios que viene a visitarlos. Y a María, Arca de la Alianza, confiémosle nuestro corazón, para que lo haga digno de acoger la visita de Dios por medio de su Encarnación.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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