24 septiembre, 2022

 Viernes XXVIII semana Tiempo Ordinario

Rm 4, 1-8
Sal 31
Lc 12, 1-7

A lo largo de nuestra vida tenemos que ir madurando en nuestra fe y crecer en nuestro deseo de parecernos cada vez más a Jesucristo. En la medida en que vayamos contemplando y meditando la Palabra de Dios, nos iremos percatando de todo aquello que hemos de transformar en nuestra vida.

Probablemente en nuestra vida existe esa “levadura de la hipocresía” de la que habla el Maestro en el Evangelio. Esa levadura que va corrompiendo todo lo que hacemos y decimos. Tal vez para muchos, el fermento maligno se puede ir dando en la avaricia, en la sensualidad, en el materialismo o en el odio. Todas estas actitudes van estropeando nuestra relación con los demás, nuestra paz interior, nuestro deseo de asemejarnos cada vez más al Señor.

Por ese motivo, lo que tenemos que atacar será la raíz de todo lo malo, aquella levadura que nos está corrompiendo desde el interior.

Cuando en alguno de nuestros dispositivos electrónicos se instala un virus, es necesario extirparlo por medio de un programa (antivirus), ya que, si este no es combatido, terminará por destruir la información de nuestros artefactos. En cambio, si es detectado a tiempo, se podrá rescatar cosas muy importantes.

Nosotros hemos de aprender a ser buen fermento, levadura de bien, que vaya contagiando la mentalidad de los demás, animándolos con una nueva esperanza, trasmitiendo la paz que viene del Señor. Todo esto se puede ir dando desde la amabilidad, la gentileza, la ayuda mutua, el animar a los otros a vivir en plenitud.

Caigamos en la cuenta de que todos somos levadura: buena o mala. Nuestra vida, nuestras decisiones, no dejan indiferentes a los que nos rodean, sino todo lo contrario, van influyendo, directa o indirectamente en ellos, ya sea de manera positiva o negativa.

En vez de dejarnos corromper por la levadura del materialismo, del egoísmo, de la vanidad, del odio, etc., deberíamos dejarnos fermentar por la levadura del bien, del amor, del respeto, del apoyo…

¿Creías que en la vida del creyente no habría dificultades? Te equivocas. Siempre habrá quien esté en contra de Dios, de la fe y de la Iglesia. Jesús ya nos lo había advertido. Pero, a la vez, no solo nos ha anticipado esto, sino que nos da la motivación para no perder los ánimos y seguir adelante. Dios nunca se olvida de nosotros. Si cuida de las aves del cielo y de las flores del campo, ¿crees que dejara de ver por ti? ¿Piensas, acaso, que no te protegerá y te sostendrá cuando más lo necesitas?

¿Estamos siendo levadura del bien o del mal? ¿Estamos dejando que la maldad se apodere de nuestro corazón, o por el contrario, estamos luchado para que día a día nuestro corazón se asemeje más al de Jesús? ¿Te animarías a dar un paso trascendental en tu vida y renunciarías a la levadura de la hipocresía que existe en ti para ser fermento del bien? No tengas miedo: anímate a dar ese paso.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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