Raúl Haro, un desarrollador especializado en inteligencia artificial (IA) de orientación católica, está impulsando un paradigma innovador para la creación de sistemas algorítmicos. Su propuesta se distancia de la dependencia exclusiva en cálculos probabilísticos y volúmenes masivos de datos, buscando cimentar el desarrollo de IA en principios filosóficos objetivos y universalmente válidos. Esta aproximación promete no solo una mayor fiabilidad moral en las respuestas generadas, sino también una significativa reducción en el consumo energético, uno de los desafíos ambientales y económicos más apremiantes para la tecnología contemporánea.
El creciente interés de la Iglesia por el futuro de la IA no es casual. Ha sido intensamente impulsado por las profundas reflexiones del Papa León XIV sobre el impacto ético y social de esta tecnología. El Pontífice ha subrayado en diversas ocasiones la urgencia de establecer una dirección ética clara para una herramienta cuya influencia permea cada vez más aspectos de la vida humana. Como bien ha señalado el Santo Padre, las herramientas de IA no son inherentemente neutrales. Cargan con los sesgos y la información de la que se nutren, y el modelo predominante, surgido en el ecosistema de Silicon Valley, a menudo parte de la premisa de acumular una cantidad “absoluta” de información para encontrar la solución “más probable” a un problema, lo que puede introducir sesgos inherentes.
Los modelos de IA más extendidos y desarrollados por las grandes corporaciones tecnológicas operan mediante complejos cálculos estadísticos sobre volúmenes de datos colosales. Esta metodología demanda una capacidad de procesamiento computacional inmensa y, en consecuencia, un consumo energético extraordinariamente elevado, lo que se ha convertido en una preocupación global tanto en el ámbito ambiental como en el económico.
Frente a este modelo, Haro aboga por integrar, desde las fases más tempranas del diseño y la arquitectura fundamental de la IA, principios filosóficos que considera objetivamente verdaderos. Inspirándose en la rica tradición de la lógica aristotélica y tomista, el especialista propone incrustar axiomas esenciales directamente en el código base de la IA. “Podemos introducir el principio de no contradicción directamente en el silicio, lo que no solo ahorra energía, sino que también establece un marco de referencia sólido”, explica Haro.
El desarrollador profundiza en esta idea, ejemplificando cómo principios fundamentales pueden ser la base: “Principios como la inalienabilidad de la vida o la dignidad inherente de la persona deben estar en la base del sistema, sin que el modelo tenga que evaluarlos constantemente o calcular la siguiente palabra más probable. Esto se traduce en un ahorro de energía considerable y, lo que es aún más crucial, en una guía ética robusta para el usuario y para el propio funcionamiento de la máquina”, añade. Esta concepción, subraya Haro, ofrece un sendero para desarrollar una inteligencia artificial que se alinee más estrechamente con el bien común y los valores humanos fundamentales.
Esta diferencia de planteamiento tiene profundas implicaciones éticas. Al anclar la IA en verdades objetivas, se evita que sus respuestas se basen únicamente en criterios probabilísticos o, lo que podría resultar más problemático, en lógicas relativistas. Estas últimas, al carecer de un anclaje en principios inmutables, podrían desdibujar la noción de bien común o justicia, generando resultados que, si bien estadísticamente probables, carecen de una base moral sólida. La propuesta de Haro busca mitigar el riesgo de que la IA se convierta en un espejo de los sesgos humanos o de las modas culturales, ofreciendo en cambio una herramienta más arraigada en la razón y la ética perennes.
En este contexto de búsqueda de una IA más responsable y ética, el equipo de Haro ha estado trabajando desde 2022 en un proyecto concreto: “Aquinas”. Se trata de un motor lógico diseñado específicamente para incorporar esta fundamentación realista, basada en la lógica aristotélico-tomista. “Nos hemos esforzado por crear máquinas, y Aquinas es un motor lógico que, incluso, podrá funcionar en una laptop, fundamentado en esta lógica realista”, detalla Haro. La visión detrás de Aquinas es ambiciosa: “La idea es que pueda ser una guía y que ocupemos ese espacio como católicos que están ocupando ahorita estos grupos relativistas y este paradigma de Silicon Valley”, afirma, señalando la intención de ofrecer una alternativa con una sólida base filosófica y ética.
Para Haro, el vasto legado intelectual de Santo Tomás de Aquino no es una reliquia del pasado, sino una fuente invaluable de herramientas válidas para abordar los complejos desafíos que la tecnología, y específicamente la IA, presenta en la actualidad. Su pensamiento ofrece una robusta armazón para construir sistemas que respeten la razón y la moral, ofreciendo una dirección clara en un campo en constante evolución.
La pertinencia de esta discusión fue reforzada en mayo de 2026, en el marco del lanzamiento de la carta encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV. En aquella ocasión, Christopher Olah, cofundador del influyente laboratorio Anthropic, reconoció públicamente que incluso los desarrollos más avanzados de inteligencia artificial están condicionados por una amalgama de incentivos económicos, geopolíticos y personales. Olah advirtió que estos intereses pueden entrar en tensión directa con el bien común de la humanidad. “Si queremos que esta tecnología salga bien, es enormemente importante que haya personas fuera de esos incentivos, personas que exijan seguridad, que presten atención y que estén dispuestas a decir cosas difíciles”, indicó el experto de Anthropic, validando la necesidad de voces independientes y éticamente fundamentadas, como la que Raúl Haro propone para el futuro de la inteligencia artificial.








