5 noviembre, 2026

El Obispo de Orense, Mons. Leonardo Lemos, entrega este jueves 5 de noviembre la Medalla Pro Ecclesia Diocesana a Antonio Zúñiga, un feligrés de 90 años que lleva ocho décadas ejerciendo de sacristán.

Cuando descolgó el teléfono hacia las 18:30 de la tarde en España, Antonio pidió unos minutos para atender la llamada de EWTN News Español, pues se encontraba guardando unas cabras que tiene para desbrozar un terreno. A su edad, la anécdota da buena cuenta de su estado físico.

“Discreto y servicial”

Nacido en 1939, Antonio se inició en este ministerio a la edad de 10 años en Lobera, un pequeño núcleo rural en el margen derecho del río Limia, que tenía entonces cerca de 4.000 habitantes. Hoy están censados menos de 800.

A lo largo de estos años, nunca ha dejado de atender las necesidades de la iglesia de San Vicente de Lobera y de la ermita de Nuestra Señora del Viso, uno de los pocos vestigios del románico tardío en la región de la Baja Limia y epicentro de una destacada romería anual.

Al dar a conocer la distinción, la Diócesis destacó que “nunca dejó de dedicar tiempo a su labor de sacristán”, así como su carácter “discreto y servicial” que le ha hecho digno de confianza a sus vecinos, a los que ha ayudado en múltiples ocasiones “sin decir nada a nadie”.

“Para él las necesidades de la parroquia, tanto materiales como espirituales, eran lo primero: el suelo, la calefacción, el tejado, la limpieza del atrio y el cementerio, la agenda parroquial… y especialmente el cuidado de la capilla y devoción de Nuestra Señora del Viso”, añadió.

Al inicio de la conversación telefónica, el sacristán se quita importancia de inmediato cuando alabamos tantos años de servicio: “Ya sabe usted que eso no se hace por la medalla, ni muchísimo menos. Eso fue una sorpresa para mí, porque yo no contaba con nada”.

A lo largo de ocho décadas, Antonio ha servido a las órdenes de “unos seis párrocos”, recuerda, de entre los cuales guarda especial estima a Benito Gil Núñez “el que más estuve con él, el que más me enseño y me educó”. “Me dio todo”, enfatiza.

Antes que él, la iglesia tenía otro sacristán, Pepe, que era oficial del Ayuntamiento. “Se encontró muy malito, tanto que se murió muy joven. Y me dijo si le quería relevar”, detalla.

En aquella época, 1949, “se pasaba bastante mal y yo, por ayudar a mi madre, porque yo soy hijo de soltera, cogí el puesto. Mi madre lavaba los manteles, limpiaba la iglesia y yo me dedicaba al resto. Pero yo lo hacía porque me salía de la gana, porque me gustaba”.

“Las Misas, todas”

Después de más de 20 años con el P. Benito, llegaron otros muchos, que ya no pudieron vivir en la parroquia. Entonces, Antonio tuvo que encargarse en buena medida de la administración de la parroquia: “había que meterse ya en cuentas, para la luz, la cera que se gastaba” con lo que dejaban los feligreses en la bandeja.

También cuidó a lo largo de los años de la ermita de Nuestra Señora del Viso, también con alguna ayuda de las administraciones públicas.

Más allá de lo material, Antonio también ha ayudado en el servicio del altar como monaguillo en estos años: “Las misas, todas”, destaca con modestia, en un tono afable que denota un gran desasimiento de cualquier apego de vanidad.

Al echar la vista atrás, valora de una forma positiva todo lo vivido: “Si uno hace las cosas con gusto, ya sabe usted. No por interés. Porque si es por interés, ya es otra cosa. Pero si se hace por gusto, siempre, siempre se queda satisfecho”.

El mejor título, sacristán de Lobera

Preguntamos a Antonio si, cuando le toque llamar a las puertas del cielo, piensa que San Pedro le recibirá diciendo algo así como: “Hombre, pero si es Antonio, el sacristán de Lobera”.

Al responder, Antonio cuenta que eses es el modo en que siempre se ha presentado, incluso en su trabajo: “Siempre que me llamaban por teléfono o llamaba yo decía: Soy Antonio, el sacristán de Lobera” a pesar de que un jefe le preguntó un día si no le daba vergüenza hacerlo así “con la categoría que tiene en la empresa”.

Antonio lo tenía y lo tiene claro: “No se trata de categorías. Se trata de lo que es uno. Y yo soy el sacristán de Lobera. Todo el mundo me conoce así”.

“¿Es su mejor título, verdad?”, le preguntamos: “Sí, por supuesto”, responde.

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