28 enero, 2023

 Miércoles de la sexta semana de Pascua 


Hch 17, 15-16. 22,-18, 1

Sal 148

Jn 16, 12-15



    En nuestra sociedad actual nos damos cuenta de que existen diversas formas de pensar y que cada uno de nosotros tenemos parte de la verdad. Nosotros, los creyentes, sabemos que la única verdad absoluta es Dios: “Yo soy el camino, la verdad y la vida)” (Jn 14, 6). Y Aquel que nos “guía a la verdad plena”, es el Espíritu Santo.


    Esta verdad eterna involucra todo lo creado, pues el mismo San Pablo lo dice en su discurso en Atenas: “en Él somos, existimos y nos movemos”. Por ello, en la medida en que dejemos al Espíritu tomar posesión de nosotros, nuestro entendimiento será más claro. 


    Por otra parte, continuando con el viaje apostólico de San Pablo, nos percatamos que ha llegado a Atenas, la cuna de la civilización griega, la sede de la cultura, del saber, de la filosofía. Una realidad donde se tiene sed de conocimiento y de encontrar la verdad. Pero no sólo brilla por estos aspectos, sino,  que además, era una ciudad religiosa.


    Al recorrer aquella ciudad, Pablo se llena de indignación al descubrir por doquier estatuas y pinturas que representan diferentes deidades paganas, puesto que él tenía muy presente que el Señor había prohibido al pueblo judío elaborar cualquier clase de ídolo: “No se hagan ídolos, ni levanten estatuas o monumentos, ni coloquen en su tierra piedras grabadas para postrarse ante ellas, porque yo soy Yahvé, el Dios de ustedes” (Lv 26, 1).


    El Apóstol, al comenzar su discurso, no lo hace como nos tiene acostumbrados (partiendo de la existencia del Dios de Israel). Comienza por dirigirse a los oyentes, para que se sientan interpelados y presten atención a su discurso: “veo que ustedes son en extremo religiosos”. San Pablo no comienza su discurso atacando o criticando su creencia, sino que habla de una manera respetuosa, incluso los felicita. 


    Deberíamos de aprender de él a encontrar lo bueno dentro de lo malo, a captar las cualidades y virtudes de los otros, en especial a aquellos que solemos juzgar o despreciar por no pensar como nosotros. El Concilio Vaticano II nos ha mostrado la actitud que debemos tener en relación con las religiones no cristianas: “Sólo cuando el otro siente que tenemos capacidad y voluntad de mostrarle respeto y comprensión estará él también dispuesto a acoger nuestras palabras” (cf. UR 5ss).


    “Dios escribe derecho en renglones torcidos” y Pablo quiere hacer lo mismo. Aprovecha aquella religiosidad de un pueblo idolátrico, para conducirlos al Dios verdadero. El Apóstol quiere que ese “dios desconocido”, se vuelva Alguien para ellos. En aquel discurso, San Pablo aclara que Dios no necesita de nada ni de nadie, que somos nosotros los que necesitamos de Él, ya que de Dios hemos recibido la vida, todo lo que somos, aquello que tenemos.


    Por desgracia, a aquellos hombres cultos no les cabe en la cabeza que alguien pueda resucitar, ya que están acostumbrados sólo a creer en lo palpable, en lo lógico, lo que se pueda comprobar. Que dureza de corazón debió haber en aquellos hombres al rechazarse a la Buena Nueva de Dios. No seamos como aquellos atenienses, sino abrámonos al Espíritu de Dios, que quiere dirigirnos a la verdad plena. 


    Pero, no todo está perdido. A pesar de que no escucharon a Pablo en el Areópago, la semilla sembrada no queda infértil, da frutos, ya que se le unen Dionisio y Damaris. Muchas veces en la vida, no importa la cantidad, sino la calidad de los creyentes. Para que se dé el fruto, se necesita tierra buena. Por ende, debemos de ser tierra fértil.


    Pidámosle al Señor que nos conceda ser siempre dóciles al Espíritu Santo: que Él nos conduzca hasta la verdad plena y que nos recuerde siempre que nosotros seguimos a Dios, puesto que sólo en Él vivimos, nos movemos y somos.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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