24 septiembre, 2022

 Santos Ángeles Custodios, Memoria 

Ba 4, 5-12. 27-29
Sal 68
Mt 18, 1-5. 10

El día de ayer el fragmento que se nos proclamó, nos exhortaba a reconocernos y confesar nuestro pecado. El día de hoy, el profeta Baruc, pide al pueblo que no se quede ahí, sino que aproveche esa situación como una oportunidad de volver al Señor.

El profeta no duda en animar al pueblo con una consigna: “Aquel que permitió su desgracia, les otorgará el gozo eterno de su salvación”. Esto nos debe de reconfortar, ya que Dios ha pasado del castigo a la recompensa, de la esclavitud a la liberación, del pecado a la gracia.

Muchas veces nos podemos quedar con una imagen de Dios como un Ser autoritario y vengativo. Sin embargo, no es así. El Señor muchas veces permitió que su pueblo experimentara las consecuencias de sus infidelidades: El permitió las desgracias, pero Él mismo fue el que les concedió el gozo de volver a una vida de paz y armonía.

El apartarse del Señor, por medio del pecado o alguna infidelidad, ya de por sí misma es una desgracia, porque es alejarse de aquello para lo cual fuimos creados. Dirían los Hechos de los Apóstoles: “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). Y volver a Él, caminar en el amor y la fidelidad, es lo que nos hace experimentar el gozo, la paz, el amor. El retornar a Dios ya en sí es la recompensa misma porque lo tenemos todo en Él.

Muchas veces tenemos que caer en el pecado para poder vivir la desolación, la desgracia, la soledad. Pero esto es necesario para poder, después, experimentar el gozo de retornar a la casa del Padre, de volver a aquello para lo cual fuimos creados. Debemos de aprovechar cada caída, cada dolor que experimentamos. De esa manera podremos redoblar nuestro empeño y tomar la firme determinación de volver al Señor (cfr. Lc 9, 51).

Por otra parte, hoy celebramos la memoria de los santos Ángeles custodios, y para entender mejor esta celebración, el Evangelio nos propone tener la actitud de un niño para poder acoger este misterio. Al festejar a los Ángeles custodios nos recuerda la certeza del amor, como Él nos guarda y protege a lo largo de nuestra vida, a través de estos espíritus celestiales.

Cuando los discípulos le preguntan a Jesús sobre “¿quién es el mayor?”, la respuesta del Maestro parece irse por la tangente. Sin embargo, su respuesta es muy clara: aquello que es pequeño, lo sencillo, lo insignificante, lo inocente, aquello que muchas veces pasa desapercibido para el ojo humano, es lo que esconde frecuentemente lo más valioso, lo más importante. Solo la sencillez y humildad de corazón puede acoger la grandeza del misterio.

Sólo con un corazón de niño se puede acoger el Evangelio que el Señor nos trae; únicamente con un corazón inocente y confiado se puede creer que el Padre nos ama incondicionalmente y pone a nuestro alcance los medios (en este caso los Ángeles custodios) necesarios para que podamos alcanzar la salvación.

¿Cómo es mi actitud para acoger la gracia? ¿Cómo permito que el Amor de Dios y sus dones transformen toda mi persona? ¿Verdaderamente recibo todo esto con un corazón inocente y sencillo, como el de niño, o con una actitud exigente y renuente, como la de un adulto? ¿En los momentos de temor, de las dificultades o vicisitudes, confío en que Dios me protege y cuida, incluso por medio de sus Ángeles, o, por el contrario, me siento abandonado por Él?

Cambiemos nuestra actitud pesimista y rígida por la sencillez y humildad de un niño. Aprendamos a acoger los designios del Señor en nuestra vida, no con signos extraordinarios, sino desde los más simples, desde lo ordinario, porque así es la manera en la que Dios se manifiesta en nuestra vida.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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