9 diciembre, 2022

 XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario: Ciclo “B”

Sab 7, 7-11
Sal 89
Hb 4, 12-13
Mc 10, 17-30

 

 

El Evangelio de este día gira en torno a una persona que poseía muchos bienes materiales, mejor conocido como “el joven rico”. Podemos empezar diciendo que el evangelista este domingo nos ofrece el tema de las riquezas.

Jesús nos muestra que, para un rico, es difícil entrar en el Reino de Dios, más no es imposible, ya que Dios puede conquistar el corazón de una persona que posee demasiado bienes e impulsarlo a la solidaridad, a compartir lo que tiene con el más necesitado. Todo esto nos sitúa en el camino de Jesús, quien, “siendo rico se hizo pobre por nosotros y, así, enriquecernos con su pobreza” (cfr. II Co 8, 9).

Como sucede muy a menudo en los Evangelios, todo comienza con un encuentro: Jesús se encuentra con uno que era muy rico. Se trata de una persona que, desde muy joven, cumplía fielmente los mandamientos de la Ley de Dios, pero aún no había encontrado la verdadera felicidad. De ahí que surja la pregunta: “¿Qué debo de hacer para alcanzar la vida eterna?”.

Esta persona, por un lado, es atraído por la plenitud de la vida; desgraciadamente por otro lado, está atrapado en las redes de las propias riquezas, pensando que la verdadera felicidad puede ser adquirida o comprada de algún modo. Jesús percibe el deseo tan profundo que hay en esa persona y, como nos dice el Evangelio, “fijando en él su mirada, lo miro con amor”. El Maestro se da cuenta que ese hombre era una buena persona, pero también comprende cuál es la debilidad de este.

Jesús identifica, como lo hace con cada uno de nosotros, cuales son nuestros apegos, que es todo aquello que nos tiene atados y no nos permite seguirlo con plena libertad. El Maestro invita a este joven a dar un paso decisivo, “dar todos tus bienes a los pobres”, para que así su tesoro, su corazón, ya no esté en la tierra, sino en el cielo. Después añade: “¡Ven! ¡Sígueme!”. Desafortunadamente, en lugar de querer acoger con alegría la invitación de Jesús, se marchó triste, porque no logró desprenderse de sus riquezas. Decidió quedarse con una felicidad efímera a alcanzar la verdadera felicidad de la vida eterna.

Parecería que es muy difícil la salvación, conseguir la vida eterna: “Entonces: ¿quién podrá salvarse?”. Pero de nuevo Jesús nos observa y su mirada nos llena de aliento. Él nos da la verdadera solución: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios”. Si nos dejamos encontrar por el Señor, podremos superar todos los obstáculos que nos impiden seguirlo en el camino de la fe. Es necesario encomendarnos al Señor, permitirle que haga grandes cosas por y en nosotros. Créeme, muchas veces es dejarlo obrar en nosotros, ya que Él nos dará su fuerza para dejar todo aquello que no nos permite seguirlo.

Aquel hombre no se dejó conquistar por la mirada de amor de Jesús; por eso no pudo cambiar. Sólo acogiendo con humildad y sencillez el amor del Padre es como nos podremos liberar de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, los vicios, el éxito, etc. muchas veces deslumbran, pero rápidamente desilusionan: todas estas cosas prometen vida, pero al final causan la muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para así poder entrar en la vida verdadera, en la vida que llega a su plenitud, aquella que se hace más autentica y luminosa.

¿Nunca has sentido la mirada de Jesús? ¿Nunca has experimentado cuánto te ama? ¿Qué le responderías? ¿Preferirías quedarte con la alegría y felicidad que produce Dios en tu vida o prefieres seguir con la tristeza en el corazón por todo aquello que ofrece la mundanidad? La decisión es de cada uno de nosotros.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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