9 diciembre, 2022

Miércoles I Tiempo de Adviento 

Is 25, 6-10
Sal 22
Mt 15, 29-37

El tiempo mesiánico es un tiempo de salvación. El tiempo de Adviento que hoy estamos celebrando es una nueva oportunidad que Dios nos ofrece para alcanzar la salvación. Puede ser vislumbrado como un tiempo esperado para que las tinieblas del pecado, aquellas que obstruyen nuestra visión y que nos permite contemplar la realidad como verdaderamente es, sean disipadas por la luz de Cristo, el cual viene para salvarnos.

Ahora bien, qué agradable y suculento es aquel festín (descrito por el profeta Isaías) que Dios preparará a su pueblo. Pero no es solo un banquete con una gran cantidad y calidad de comida, sino que se maneja un punto todavía más alto: se trata de la relación que se puede dar entre los parientes y amigos que participen de ella.

Esta concepción del banquete, descrita por Isaías, no debe quedarse únicamente en un plano de abundancia, sino que debe de ir más allá. En la antigüedad, cuando alguien era invitado a un banquete, más que abrir las puertas de su cocina y ofrecer buena comida, era abrir las puertas de su corazón.

De hecho, esto lo entendió y comprendió perfectamente Jesucristo. Él no se conforma únicamente con anunciar la Buena Nueva del Reino de los Cielos por medio de sus palabras, sino que también se siente comprometido a manifestarlo por medio de sus hechos, como el evangelista San Mateo nos lo ha presentado el día de hoy.

Jesús abrió su corazón. Hoy contemplamos como iba bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. En un abrir y cerrar de ojos, se percató que mucha gente lo rodeaba, y no sólo eso, sino que le llevaron toda clase de enfermos para que los curara y sanara.

Esa gente está muy contenta con Jesús puesto que ya llevaban tres días en su compañía. De hecho, no habían comido nada durante ese tiempo. Aunque se encontraban llenos de su amor y de su luz, Jesús no quiere despedirlos, puesto que tiene temor de que desmayen por el camino. Y de nuevo, Jesús acude a su amor por aquellas personas, les abre de nuevo su corazón. El Maestro se las arregla para darles a todos de comer.

Miremos de cerca las características de este milagro: se trata de un alimento que ha nacido de la compasión del Señor; se trata de un alimento que se les dará para que no desfallezcan por el camino; se trata de un alimento que pueda reparar las fuerzas de sus seguidores; se trata de un alimento capaz de saciar a todos. Esto, sin duda alguna, es el banquete de la Eucaristía, el cual, quiere alimentarnos a lo largo de este tiempo de Adviento.

Que en este Adviento tengamos la capacidad de preparar nuestro corazón para recibir al Señor que viene para curarnos de nuestras dolencias, de todas aquellas desesperanzas, de nuestra falta de fe; que depositando en las manos de Dios nuestra vida, podamos un día participar del banquete celestial, pero, por ahora, que el Señor nos conceda la gracia de acercarnos a su banquete eucarístico, para reparar nuestras fuerzas y poder así perseverar en nuestro peregrinar terreno hacia la patria celestial.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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