1 octubre, 2022

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario: Ciclo “B”

Dn 12, 1-3
Sal 15
Hb 10, 11-14. 18
Mc 13, 24-32

Hemos llegado a las últimas dos semanas del año litúrgico. Por ello, agradezcámosle al Señor que nos haya permitido recorrer este camino de fe. Es una bendición que Él se haga presente en nuestra historia y nos conceda la gracia de ir acogiendo su Palabra, semilla de eternidad, la cual transforma toda nuestra existencia.

En el itinerario de las lecturas bíblicas de este domingo, el evangelista San Marcos nos presenta una frase que nos puede dejar consternados: “El sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas del cielo caerán”. ¿Cómo puede ser posible que el Señor diga estas cosas? ¿Por qué Jesús nos presenta este panorama catastrófico? Más que nada es para hacernos ver que este mundo pasa. Sin embargo, al final del mismo Evangelio nos dice que Él no colapsa: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

Las palabras del Señor no pasan. Esta es una excelente noticia para nosotros, para darnos cuenta de qué es lo verdaderamente importante en nuestra vida, para saber orientar sobre en qué conviene invertir la vida: ¿en lo transitorio o en las palabras del Señor, las cuales permanecen para siempre? Es evidente que elegiremos lo eterno.

Ahora bien, esta no es una elección fácil. De hecho, es lo pasajero, lo inmediato lo que nos atrae. Aunque bien sabemos que las Palabras del Señor son hermosas y van más allá, no es cosa sencilla elegirlas. Se requiere de mucha paciencia y constancia en nuestra fe. Infinidad de veces nos agarramos a lo que vemos y nos parece más seguro, a lo más inmediato. Es cierto, somos humanos, nos equivocamos, pero no podemos seguir engañándonos. Tenemos que buscar la manera en salir de esa zona de confort, de seguir justificando mi fragilidad. Al igual que Jesús, debemos tomar la firme determinación de darle un vuelco a nuestra vida y transformarla con la fuerza del Espíritu Santo y de sus Sacramentos.

No edifiquemos nuestra casa sobre la arena, sino más bien construyamos nuestra vida sobre roca: seamos capaces de excavar profundo y poner cimientos sólidos, capaz de soportar todo el peso de la casa. Para algunos esto sería tirar dinero por algo que no se alcanza a contemplar, pero para Dios es cimentar la vida sobre roca, sobre su Palabra que nunca pasará (cfr. Mt 7, 24-27).

Perfectamente cabría preguntarnos: ¿cuál es el corazón de la Palabra de Dios? ¿Qué es lo que le da solidez a la vida y nunca termina? El amor. Bien nos lo dice San Pablo: “El amor nunca se acaba” (I Co 13, 8). Aquel que ama, invierte en la eternidad, en algo que nunca se terminará. Cuando contemplamos a una persona que ama, que entrega su vida al servicio, que es paciente y no envidiosa, que no critica, que no falta al respeto, es una persona que construye el Cielo en la tierra.

La Palabra de Dios nos advierte: el mundo pasará. Solamente permanecerá el amor. Por consiguiente, fundemos nuestra vida sobre lo que dura para siempre: el amor, es decir, sobre Dios.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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