28 enero, 2023

Todos los Santos, Solemnidad

Ap 7, 2-4. 9-14
Sal 23
I Jn 3, 1-3
Mt 5, 1-12

 

El día de hoy celebramos a Todos los Santos. En esta solemnidad, nuestra Iglesia, superando los límites del tiempo y del espacio, se une con el cielo, haciéndonos una bella invitación de que, en nuestro peregrinar en la tierra, hemos de festejar la alegría de la comunidad celestial, reviviendo en nosotros la esperanza de la vida eterna.

Desde el comienzo del cristianismo, podemos percatarnos que, a los miembros de la Iglesia, se les solía llamar “los santos”. Por ejemplo, San Pablo, en su primera carta dirigida a los Corintios, se dirige a “los santificados por Cristo Jesús, llamados a ser santos” (cfr. I Co 1, 2).

Esto, en efecto, es una realidad, ya que, el cristiano es santo por medio del bautismo que ha recibido y lo une a Jesucristo y a su misterio pascual. Sin embargo, al mismo tiempo, debe llegar a serlo día con día, configurándose a Él cada vez más.

Muchas veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos cuantos elegidos por Dios. Pero no es así. En realidad, llegar a la santidad es tarea de todo cristiano, de todo aquel que ha sido llamado a la existencia.

Dios, desde siempre, nos ha bendecido y nos eligió en la persona de Cristo, “para ser santos e inmaculados en su presencia, por medio del amor” (cfr. Ef 1, 4). Por ende, todos los hombres estamos llamados a la santidad, la cual consiste en vivir como hijos de Dios, en la “semejanza” a Aquel del cual hemos sido creados.

La Iglesia ha querido establecer esta Solemnidad antes de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Esto es así para que nuestra alabanza a Dios y veneración a todos aquellos “hombres bienaventurados”, que son presentados como “una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, razas, lenguas y pueblos”, se una a la oración de aquellos que nos han precedido en el paso de este mundo y gozan de la vida eterna.

Ahora bien, todos estamos llamados a la santidad. Nadie puede decir lo contrario o negarse a esta realidad. Es una meta que debemos de alcanzar día con día. ¿Cómo alcanzar aquello que parece inalcanzable o imposible para el hombre? Jesús nos muestra el mejor camino para ello: seguir la Bienaventuranzas que hemos meditado en el Evangelio de este día. Ese es el itinerario que el mismo Jesucristo y Todos los Santos han recorrido, aún sabiendo de su fragilidad humana.

Todos los Santos, en su peregrinar por este mundo, se han sentido pobres de espíritu; han sentido dolor por los pecados que han cometido; ellos han sido mansos y humildes de corazón; sintieron hambre y sed de justicia; fueron misericordiosos como el Padres es misericordioso; fueron limpios de corazón; se dedicaron a trabajar por la paz; y fueron perseguidos por causa de la justicia.

Todos ellos vivieron en carne propia las bienaventuranzas y ahora gozan de la gloria eterna. Por ello, Dios los ha hecho participes de su misma felicidad: desde este mundo comenzaron a gozar de ella, pero en el Paraíso gozaran de la felicidad en plenitud. Ellos ya son consolados, ya heredaron la tierra, ya se han saciado y contemplan a Dios cara a cara. En pocas palabras: “de ellos es el Reino de los Cielos”.

Hoy y siempre sería bueno sentirnos renovados y atraídos hacia la santidad. Debemos de saber que Dios quiere que todos seamos participes de la gloria del Cielo. Por ello, pongámonos a trabajar en nuestro peregrinar. Que nuestro corazón se encienda por el deseo de unirnos a la gran familia de todos los santos; que nuestra aspiración a la santidad nos anime a ser mejores día con día; que el Señor nos dé fortaleza para superar todas las dificultades que se presenten en nuestra vida y así poder llegar a “ser santos, como nuestro Padre Celestial es Santo” (Mt 5, 48).

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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