24 septiembre, 2022

Miércoles XXX semana Tiempo Ordinario

Rm 8, 26-30
Sal 12
Lc 13, 22-30

Hoy en día existen muchas personas que quieren influir en nuestra vida, unas para bien y otras para mal. Estos, por medio de sus palabras, de sus escritos, de sus videos, nos quieren señalar cómo debe de ser nuestra manera de vivir, cómo debemos comportarnos o obrar ante la sociedad, cómo debemos pensar, etc.

¿Te digo algo? También el Espíritu de Dios quiere influir en tu vida. Aquel mismo Espíritu que conoce los secretos de Dios y, por ende, el corazón del hombre, quiere ir plasmando el proyecto que el Padre tiene para cada uno de nosotros. Por ello, es necesario que le hagamos caso, que lo acojamos en nuestra vida, que le permitamos obrar libremente.

Cuando uno escucha un buen consejo y lo pone en práctica, su vida tornara por el buen camino, haciendo lo correcto. Por el contrario, cuando no escuchamos las buenas recomendaciones y le hacemos caso a las malas recomendaciones, terminamos por destruirnos, proporcionando la propia ruina de nuestra vida. Ahora bien, si nosotros nos dejamos conducir por el Espíritu Santo, le permitimos obrar en nuestra vida, nos irá mejor en todos nuestros proyectos y empresas.

Nuestra meta en la vida es, ni más ni menos, que ser “imagen del Hijo”, incluso con todo lo que esto significa. Es mantener una unión intima con el Padre y una esperanza optimista en la vida. Ciertamente que somos frágiles, pero bien nos lo decía San Pablo hace una semana: “Donde sobreabundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Es el Espíritu el que intercede por nosotros, el que nos sostiene y nos hace fuertes en lo momentos de prueba y adversidad.

De aquí, pues, podemos hacer vida las palabras del Evangelio que hemos meditado: “Esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”. Permitirle obrar al Espíritu de Dios no es tarea sencilla, implica confianza, abandono, humildad, etc. Por ello, es necesario seguir redoblando los esfuerzos y las esperanzas de permitirle al Paráclito llevar a cabo la obra de Dios en nuestro corazón.

Cada uno de nosotros sabe lo que tiene que hacer y nadie hará por nosotros lo que nos corresponde. Para ello, es necesario redoblar nuestros esfuerzos, trabajar en nuestra persona día con día para ser mejores a los ojos de Dios. Hemos de hacer hincapié en todo aquello que está en nuestras manos y todo lo demás que está en las manos de Dios. Aquí cascaría perfectamente lo que decía San Ignacio de Loyola: “Haz todo como si dependiera de ti y confía en Dios como si todo dependiera de Él”.

Ciertamente que el Reino de Dios es exigente y, a la vez, está abierto para todos. La salvación ya no se decidirá por la raza, por la lengua, por la asociación a la que cada uno de nosotros pertenezca, sino más bien a la respuesta de fe que hayamos dado en nuestra vida, es decir, en la medida en la que nos hayamos esforzado por alcanzar el Reino de los Cielos.

“Todavía es tiempo” (Jon 3, 1) de volver al Señor, de abandonar nuestra vida a la guía del Espíritu Santo, de esforzarnos para entrar por la puerta angosta. Mientras exista la esperanza en nuestro corazón, no todo está perdido. Así que: ¡ánimo! Todavía tenemos oportunidad de llegar a ser “imagen del Hijo” y de alcanzar la salvación que Dios nos ha otorgado por medio de Jesús.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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