9 diciembre, 2022

Viernes VI semana Tiempo Ordinario

 

St 2, 14-24. 27

Sal 111

Mc 8, 34- 9, 1

 

 

A las personas humanas nos cuesta “integrar”, “unir”. Tenemos una tendencia a separar, incluso, lo que no se puede separar, para dar más importancia a uno de los extremos. Lo vemos claro en el asunto que plantea Santiago en la primera lectura.

 

Fe y obras siempre han de ir unidas. Quien ha recibido el regalo de la fe, de creer en Dios, de aceptar la amistad con Jesús, y su ser nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida… lo ha de manifestar en sus obras. Sus obras no puede ir por otra dirección de lo que se cree.

 

Ya en la primitiva iglesia algunos no lograban unir fe y obras. Santiago se dirige a los que dan mucha más importancia a la fe que a las obras para decirles que deben ir unidas. Al final de sus razonamientos concluye: “Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo que no respira es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver”.

 

Aquellos que decimos ser seguidores de Jesús no queremos ser cadáveres. Queremos que nuestras obras, todo nuestro actuar, venga impulsado por nuestra fe, por Cristo Jesús, nuestro Maestro y Señor.

 

Jesús nos ha convencido de que seguirle a él es lo mejor que nos puede ocurrir en la vida. Este seguir a Jesús lo hemos de traducir por “el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará”. Que fue lo que le sucedió a Jesús. Le mataron por ser fiel a su buena noticia, y no desdecirse del mensaje que nos había traído y así entregó su vida por amor a nosotros. Le cargaron con su cruz y murió en ella. Pero ese no fue el final. Al tercer día resucitó, salvó su vida.

 

Desde aquí entendemos mejor las palabras que nos dirige Jesús: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Nuestra cruz ha de tener los mismos motivos que la que cargó Jesús, vivir el evangelio, vivir el “amaos unos a otros como yo os he amado”.

 

Jesús nos lo advierte. Salvar la vida, ser felices… no va por el camino de “ganar el mundo entero”, algo que nos lleva a la ruina, sino por el camino de Jesús, el de la entrega, el de la cruz y la resurrección a la vida de total felicidad.

 

 

Fray Manuel Santos Sánchez O. P.

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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