1 octubre, 2022

 Viernes de la quinta semana de Pascua


Hch 15, 22-31

Sal 56

Jn 15, 12-17



    Con cuanta importancia se maneja los asuntos de la primera comunidad, en la cual se busca estar en perfecta comunión, tanto los judíos conversos, como los paganos convertidos al cristianismo. Quizás entre sus integrantes hay personas que no estaban en total acuerdo a lo que se acordaba, pero, en aras de mantener la armonía entre sí, se adhieren a lo concluido por los apóstoles y presbíteros.


    En nuestros días hay muchos aspectos en los que no se está de acuerdo con la Iglesia. Algunas de esas dudas se deben a que se desconoce la postura que presenta la Iglesia o bien porque se tiene una idea errónea de lo que se presenta. ¿Cómo resolver esta problemática? Hay que profundizar en temas y documentos que se nos ofrecen, para entender en sintonía de lo que se busca enseñar.


    Sin embargo, es indudable que puede haber aspectos con lo que de todos modos no se está de acuerdo. ¿Qué hacer en esos casos? Lo que se hizo en la primera comunidad: darle el voto de confianza a quienes, bajo la guía del Espíritu Santo, dirigen a la Iglesia. Por que es el mismo Dios que elige a quien va a enviar: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”.


    A lo largo de la Historia de Salvación, Dios ha llamado a distintas personas, para que, con su ayuda, pueda darse a conocer a todos los pueblos. Llamó a Abraham, a Moisés, a los Profetas, a María, a los Apóstoles, etc. Elige a personas concretas para confiar su propia misión: “Lo elegidos fueron: Pablo, Bernabé, Judas (llamado Barsabás) y Silas”. Esa elección no se hace solo por predilección, sino por amor. 


    Pero, a pesar de que la Iglesia es confiada a los hombres, sabemos que es dirigida y sostenida por el mismo Espíritu Santo. Esta sagrada Institución es formada por hombres, cuya fuerzas e inteligencia no provienen de la debilidad del ser, sino del poder de Dios. Esto nos da la garantía de que caminamos en la verdad y que vamos hacia puerto seguro: la vida eterna.


    El texto sagrado nos deja muy en claro que “no se imponen más cargas que las estrictamente necesarias”. La Iglesia pide lo mínimo, lo básico, lo indispensable. Al hacer esta observación, nos indica que es algo que debemos de respetar. Nosotros también hemos recibido un mandamiento por parte de Jesús: “que se amen los unos a los otros como yo los he amado”. Si cumplimos con ellos, nos salvaremos.


    Jesús nos presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida, como una fuente de alegría. Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar: sin amor no daremos pasos hacia una Iglesia unida, servicial, de entrega.


    Jesús tiene un estilo de amar inconfundible: “Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos”. Cristo es sensible al sufrimiento de la gente y no puede pasar de largo ante esas personas. Jesús los miraba y se conmovía de ellos. Por ello su más grande gesto de amor, fue el de morir por nosotros, para darnos la salvación. Fue de esa manera que quiso darnos ejemplo de lo que es dar la vida por el otro. Dar la vida significa gastar nuestra propia vida para que sean felices los que viven junto a mí; dar la vida me lleva a preguntarme ¿cómo puedo dejar de ser una carga para el otro?; dar la vida implica soportar los silencios y malos gestos del otro; dar la vida consiste en tolerar el carácter del otro; dar la vida es aceptar al prójimo tal cual es.


    Que el Señor nos conceda la gracia se aprender a amar como Él nos amó, para que, siguiendo su estilo de vida, nuestro corazón este dispuesto a vivir plenamente como la Iglesia nos lo pide y entregar mi vida por amor al prójimo.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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