28 septiembre, 2022

Sábado XXXI semana Tiempo Ordinario

Rm 16, 3-9. 16. 22-27
Sal 144
Lc 16, 9-15

 

La misión de la Iglesia no se realiza aisladamente, sino que, como miembros de un mismo cuerpo místico, colaboran en conjunto todos los bautizados. San Pablo nos ha demostrado que trabajó en equipo. A pesar de todo su conocimiento, sus buenas estrategias para evangelizar, sus métodos y dialécticas, se apoya en personas.

Qué curioso: el día de hoy, el Apóstol nombra a diferentes personas: Urbano, Gayo, Cuarto… pero ¿quiénes son ellos? ¿Cómo y en dónde colaboraron con San Pablo? No se tiene una respuesta a esa pregunta, pero sí se tiene una buena reflexión: ¡cuántos hombres y mujeres “anónimos” ayudan en la evangelización de la Iglesia! ¡Cuántas personas que, desde el anonimato, colaboran en la misión de llevar la Buena Nueva por todo el mundo!

Pablo saluda a todos. Menciona y agradece a cada uno todo lo que han realizado para bien de la Iglesia. Esto me recuerda mucho a Jesús que llama por su nombre a sus discípulos, a sus seguidores. Saludar es salir de sí mismos, ser agradecidos, reconocer que no somos exclusivamente los protagonistas de esta misión. ¿Qué sería de mi ministerio sacerdotal sin la oración de los otros? ¿Qué sería de la parroquia sin la colaboración de los fieles? ¿Qué sería de la Iglesia sin la preciosa presencia de nuestros laicos? Sin ustedes, amados hermanos, no hubiéramos hecho casi nada.

Hoy, mi estimable lector, quiero agradecerte todo lo que realizas por tu amada Iglesia: desde la mas pequeña ofrenda que depositas en la Eucaristía, hasta la entrega magnánima de tu persona al servicio de Dios. Gracias por tu donación, por tu amor; gracias por el desprendimiento de tu persona en la construcción del Reino de Dios; gracias por todo y por tanto…

Tú, apreciable lector, sigue luchando y esforzándote por serle fiel al Señor. Sabemos que las tentaciones son muy fuertes, que muchas veces se puede sucumbir ante los encantos del maligno, buscando apartarnos de lo que verdaderamente es importante ante los ojos del Señor.

Ciertamente que el dinero, los bienes de este mundo, son necesarios en nuestra vida, ya sea para sostener a la familia, a la comunidad, etc. Sin embargo, hemos de tener cuidado del uso que hagamos con él, ya que nos puede ayudar a alcanzar nuestras metas fundamentales o nos puede estorbar y desviar de lo que es verdaderamente importante.

El dinero no debe de convertirse en el fin, sino todo lo contrario, es un medio para llevarnos al fin, a lo más importante. El dinero es relativo, no absoluto. No caigamos en la trampa de éste, que nos hace perdernos y buscar desenfrenadamente adquirir más y más bienes materiales. La ambición, la codicia, la avaricia no deben de existir en un cristiano, ya que en Jesús todos hemos sido enriquecidos: “Porque Él, con su pobreza, nos enriqueció” (cfr. II Co 8, 9).

Tengamos mucho cuidado de no caer en las redes del dinero, desviando nuestra mirada de lo que es verdaderamente importante, puesto que, si no vemos con claridad, podemos caer en la trampa del maligno. “No podemos servir a dos amos, puesto que con uno quedaríamos mal”. ¿A quién queremos servir: a Dios o al dinero? La elección es nuestra.

Pbro. José Gerardo Moya Soto

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

Nuevos