24 septiembre, 2026

En el municipio de Chalco, Estado de México, se alza un proyecto que ha transformado la vida de miles de adolescentes provenientes de entornos desfavorecidos. La Villa de las Niñas, fundada por el hoy venerable Padre Aloysius Schwartz y gestionada por la congregación de las Hermanas de María, ofrece un futuro lleno de oportunidades a 3.200 menores que, de otro modo, verían sus sueños truncados por la escasez de recursos. Esta institución no solo es un centro educativo, sino un hogar donde la formación académica, espiritual y de valores se entrelaza para forjar líderes capaces de impactar positivamente sus comunidades.

La misión central de la Villa, según explica la hermana Viviana –quien fue alumna antes de abrazar la vida religiosa y ahora acompaña a las jóvenes–, es “ayudar a los niños más pobres o que están en escasez de recursos”. El Padre Schwartz concibió este espacio para guiar a los menores en situación de vulnerabilidad, brindándoles un soporte integral que fortalezca su desarrollo espiritual, académico y personal. El objetivo último es que estas niñas se preparen a fondo y regresen a sus lugares de origen para convertirse en pilares de apoyo para sus familias y comunidades.

El día en la Villa de las Niñas comienza al amanecer, una rutina disciplinada que equilibra el estudio, las labores comunitarias y las actividades deportivas. La hermana Araceli, quien también ingresó al centro a los 12 años, detalla que las estudiantes se levantan a las seis de la mañana. Tras el desayuno, participan en tareas colectivas como la limpieza de espacios comunes, el lavado de utensilios y el mantenimiento general de las instalaciones, fomentando así un fuerte sentido de responsabilidad y comunidad.

Las actividades académicas inician a las ocho y se extienden a lo largo del día. El bachillerato técnico ofrece una diversidad de especialidades que responden a las demandas del mercado laboral actual: manufactura, gastronomía, informática, contabilidad, electrónica e industria del vestido. Próximamente, la oferta se ampliará con la carrera de enfermería. Además de los estudios, el deporte ocupa un lugar preponderante en la vida diaria de las jóvenes, con opciones que incluyen natación, balonmano, hockey, fútbol, baloncesto y atletismo. Teodora Itzel Escalante Baltazar, de 16 años, destaca que lo que más valora es la convivencia, afirmando que “aquí todas hacemos de todo”, desde el juego hasta el rezo.

La fe es un motor esencial que impregna cada aspecto de la vida en la Villa, más allá de ser una asignatura. Nathalí Fabiola Galván González, de 17 años, reconoce que su relación con Dios es una fuerza impulsora. “Mi fe me ha ayudado a poder crecer espiritualmente y afrontar mis problemas, siempre orando por mi familia y por todos los problemas que hay en casa”, asegura. La hermana Viviana subraya la importancia de enseñar a las niñas que la “verdadera felicidad la vamos a encontrar en Dios”, y que, si bien la salud o la vida son bienes materiales importantes, “Dios es el centro de todo”. Esta visión también fomenta vocaciones religiosas, con grupos de discernimiento que se forman desde tercero de secundaria para aquellas interesadas en la vida consagrada. Paloma Guadalupe Magaña Hernández, de 14 años, ha aprendido que la fe permite superar los errores y “avanzar y seguir adelante teniendo en mente que hay un Dios y que ese Dios siempre está contigo”.

La labor de las Hermanas de María adquiere una relevancia crítica en un país donde millones de menores enfrentan condiciones adversas. Datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) indicaron que, en 2020, alrededor de 19.5 millones de personas menores de 18 años vivían en situación de pobreza. A esto se suma que, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en 2018 cerca de 4 millones de niños y adolescentes no asistían a la escuela, y solo cuatro de cada diez jóvenes en pobreza extrema continuaban sus estudios después de la secundaria.

Por ello, el proceso de admisión de las Hermanas de María es riguroso. Durante varios meses, las religiosas visitan comunidades seleccionadas para evaluar las condiciones socioeconómicas de las aspirantes, muchas de las cuales provienen de localidades donde escasean servicios básicos como agua y electricidad. La hermana Araceli relata que las niñas suelen llegar con “una cara triste o dificultades de adaptación”, pero con el tiempo “se van adaptando y al final ellas reflejan una confianza, una alegría, una emoción de que hay cosas nuevas que aprender todos los días”.

Ivonne Xitlanihuatl Castillo, otra de las estudiantes, confiesa que dejar a su familia fue difícil, pero su motivación reside en “sobresalir y seguir; sacar adelante a mi familia”. Sus ganas de crecer como persona son el motor principal que la impulsa. El modelo de las Hermanas de María trasciende las fronteras mexicanas, con instituciones similares en países como Guatemala, Honduras, Filipinas, Brasil, Tanzania y Corea del Sur, donde la obra tuvo sus orígenes. El Padre Caleb Krischke, sacerdote de la Diócesis de Victoria, Texas (Estados Unidos), quien visitó la Villa, compartió su testimonio sobre la vitalidad de la Iglesia y su “preocupación maternal por los pobres”. El sacerdote exhorta a los fieles católicos a apoyar estas obras de caridad, recordando que Jesucristo “se identificó con los pobres, con aquellos que claman desde lo más profundo de su corazón por ayuda y asistencia”. En definitiva, la Villa de las Niñas es un testimonio vivo del poder transformador de la educación, la fe y la solidaridad en la construcción de un futuro más justo y esperanzador.

Nuevos