26 abril, 2026

Desde el balcón de su estudio privado en el Palacio Apostólico, el Papa León XIV ofreció este domingo una profunda reflexión durante el rezo del Regina Coeli, centrando su mensaje en la figura de Jesús como el Buen Pastor que guía y libera, en contraste con las diversas formas de “ladrones” que buscan mermar la vida y la libertad humana. Simultáneamente, el Pontífice conmemoró el 40º aniversario del desastre nuclear de Chernóbil, instando a la humanidad a un uso responsable y ético de la energía atómica, siempre al servicio de la paz.

En su catequesis previa a la oración mariana, León XIV subrayó que Jesús no se presenta como una figura amenazante o un usurpador, sino como el guía benevolente que conduce a las personas por el “camino correcto”. El Santo Padre enfatizó que el Señor no viene a despojar al ser humano de nada, sino a enriquecer su existencia, ofreciendo vida en abundancia. “No viene a secuestrar ni a engañar nuestra conciencia, sino a iluminarla con la luz de su sabiduría. No viene como si fuera a contaminar nuestras alegrías terrenales, sino a abrirlas a una felicidad más plena y duradera”, afirmó el Papa, resaltando la naturaleza generosa y liberadora de Cristo.

León XIV explicó la clara diferencia entre el verdadero pastor y el ladrón. Mientras el pastor posee un vínculo auténtico y entra por la puerta legítima, el intruso debe saltar la cerca, evidenciando sus intenciones nocivas. El Pontífice recordó las palabras de Jesús, quien se describe unido a nosotros por una relación de amistad profunda: “Jesús nos dice que está unido a nosotros por una relación de amistad: nos conoce, nos llama por nuestro nombre, nos guía y, como hace un pastor con sus ovejas, viene a buscarnos cuando estamos perdidos y venda nuestras heridas cuando estamos enfermos”. Quienes confían en esta relación, aseveró León, “no tienen nada que temer”.

El Papa, sin embargo, hizo un llamado a la vigilancia interior, advirtiendo sobre la multiplicidad de rostros que pueden adoptar los “ladrones” en la vida contemporánea. Estos pueden manifestarse como personas que, bajo apariencias engañosas, “coartan nuestra libertad o no respetan nuestra dignidad”. También identificó como “ladrones” a las “creencias y prejuicios que nos impiden tener una visión clara de los demás y de la vida”, así como a las “ideas erróneas que pueden llevarnos a tomar decisiones negativas”. El Santo Padre amplió esta advertencia a los “estilos de vida superficiales o consumistas que nos vacían interiormente y nos impulsan a vivir siempre fuera de nosotros mismos”, erosionando la verdadera felicidad y el sentido de propósito.

Más allá del ámbito personal, León XIV elevó su voz para señalar a aquellos que infligen un daño gravísimo a la humanidad y al planeta. “No hacen más que arrebatarnos a todos la posibilidad de un futuro de paz y serenidad”, denunció, refiriéndose a quienes “saquean los recursos de la tierra, libran guerras sangrientas o alimentan el mal en cualquiera de sus formas”. Ante este panorama, el Papa instó a una introspección profunda, planteando preguntas directas a los fieles: “¿Quién queremos que guíe nuestras vidas? ¿Quiénes son los ‘ladrones’ que han intentado entrar en nuestro interior? ¿Lo han logrado, o hemos podido rechazarlos?”.

Antes del rezo mariano, en una ceremonia significativa celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano, el Papa León XIV había ordenado a diez nuevos sacerdotes, un momento de profunda alegría para la Iglesia. Posteriormente, su atención se dirigió a una fecha sombría en la historia reciente: el 40º aniversario del accidente nuclear de Chernóbil. El Pontífice calificó el suceso como “una herida en la conciencia de la humanidad” y dedicó sus pensamientos a las víctimas y a todos aquellos que aún padecen sus devastadoras consecuencias.

León XIV enfatizó que el desastre de Chernóbil permanece como “un recordatorio elocuente de los riesgos inherentes al uso de tecnologías cada vez más potentes”. En este contexto, hizo un firme llamado a la responsabilidad en el manejo de la energía atómica. El Papa subrayó la imperiosa necesidad de que, en todas las decisiones relacionadas con la energía nuclear, “prevalezcan siempre el discernimiento y la responsabilidad para que todo uso de la energía atómica esté al servicio de la vida y de la paz”. La voz del Pontífice resonó como un eco de la conciencia global, abogando por un futuro donde la capacidad tecnológica de la humanidad se alinee con los principios éticos más elevados, garantizando la seguridad y el bienestar de todas las generaciones.

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