26 junio, 2026

La nación mexicana vive una dicotomía de emociones intensas. Por un lado, una euforia desbordante se apoderó del país tras la histórica clasificación de la Selección Mexicana de fútbol a los dieciseisavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2026. Por otro, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) ha utilizado este momento de unidad y alegría nacional para hacer un llamado urgente a la conciencia social, recordando el “drama de los desaparecidos” como una “herida que sangra” en el corazón del pueblo.

Las celebraciones estallaron con fuerza en las principales arterias y plazas del país. El 11 de junio de 2026, la Ciudad de México fue testigo de una multitudinaria congregación al pie del emblemático Ángel de la Independencia, un lugar que se ha convertido en el epicentro de las victorias deportivas nacionales. Aquel día, la Selección Nacional inició su andadura mundialista derrotando a Sudáfrica por 2 a 0, sentando las bases de lo que sería una fase de grupos impecable.

La noche del 24 de junio, la gesta se completó de manera memorable. En el Estadio Ciudad de México, el equipo nacional selló su paso a la siguiente fase con una contundente victoria de 3 a 0 sobre Chequia. Este triunfo no fue uno más; significó la culminación de una fase de grupos perfecta, en la que México logró tres victorias en tres partidos, sumando nueve puntos, y, lo que es aún más notable, sin encajar un solo gol en su portería. Un desempeño que marca un hito en la historia del fútbol mexicano y que desató celebraciones masivas que se extendieron desde la capital hasta cada rincón del territorio nacional.

En medio de este fervor patrio y el orgullo deportivo, la Iglesia Católica, a través de la Conferencia del Episcopado Mexicano, no solo se unió a la alegría, sino que también elevó una voz profética. En un comunicado emitido el 25 de junio, los obispos expresaron su profundo reconocimiento al equipo nacional: “Por su paso perfecto en la clasificación a la siguiente fase de la Copa Mundial. Felicitamos a los jugadores, al director técnico, al cuerpo técnico y a todas las personas que han contribuido a este logro que hoy llena de entusiasmo a millones de mexicanos”.

Sin embargo, la misiva episcopal no se detuvo en las felicitaciones. Con una sensibilidad pastoral que busca reflejar los gozos y las esperanzas, así como las tristezas y angustias del pueblo mexicano, los obispos hicieron un urgente llamado a no ignorar una de las problemáticas más dolorosas del país. “No escapa a nuestra mirada el esfuerzo de las madres buscadoras por hacer visible durante los eventos del Mundial una herida que sangra en nuestro pueblo: sus hijos desaparecidos”, señalaron.

Esta “herida que sangra” se ha manifestado con particular intensidad en el contexto del Mundial. Colectivos de madres de personas desaparecidas han aprovechado la visibilidad global que ofrecen los eventos deportivos para amplificar su clamor. Se han hecho presentes en los exteriores del Estadio Ciudad de México, una de las sedes del Mundial, y en otras zonas concurridas de la capital, como el Ángel de la Independencia, para recordar que, detrás de la alegría del fútbol, existe una realidad de dolor y búsqueda incesante. Imágenes del 18 de junio de 2026 muestran a estas madres con pancartas y fotografías, pidiendo justicia y respuestas.

La magnitud del problema es alarmante. Según cifras oficiales del gobierno de México, el número de personas que permanecen “desaparecidas y no localizadas” en el país asciende a 135.127. Esta cifra representa un desafío humanitario y social de proporciones inmensas, dejando a miles de familias en un limbo de incertidumbre y angustia.

El Episcopado Mexicano enfatizó su deseo de que la unidad y la esperanza generadas por el fútbol trasciendan el ámbito deportivo. “Con ellas quisiéramos gritar a todo México que también hay otros motivos que nos deben unir para mostrar nuestra humanidad y defender nuestra dignidad. Queremos familias completas celebrando a México y jóvenes que realicen sus sueños sin que peligren sus vidas”, expresaron los obispos, ligando la aspiración de un país unido y próspero a la resolución de esta crisis humanitaria.

Los líderes eclesiásticos también resaltaron la capacidad del deporte para “reunir a personas de distintas edades, regiones e historias en torno a un mismo ideal”. Y añadieron que el Mundial “nos recuerda que la disciplina, el trabajo en equipo, la perseverancia y la confianza son valores que también necesitamos fortalecer como sociedad para afrontar los desafíos que vivimos como país”. Este mensaje busca infundir en la sociedad mexicana una perspectiva que capitalice la pasión del fútbol para fomentar un compromiso cívico más profundo.

Finalmente, la Conferencia del Episcopado Mexicano concluyó su comunicado con un deseo de transformación: “¡Cuánto deseamos que la alegría expresada en las calles se traduzca en compromiso por México y en motivo de esperanza para los más vulnerables!”. Reiteraron que tanto las alegrías como los sufrimientos del pueblo deben unir a la sociedad como una sola familia humana, llamando a “caminar juntos con empatía, solidaridad y compromiso con el hermano”. El mensaje culminó con una invocación a la patrona de México: “Confiamos a Nuestra Señora de Guadalupe todos los pueblos de nuestra América, para que nos alcance del Señor el don de la esperanza, la fraternidad y la paz”. De esta manera, la Iglesia mexicana invita a la nación a trascender la celebración deportiva y a abrazar la responsabilidad de construir un futuro más justo y humano para todos.

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