30 noviembre, 2022

 Martes de la quinta semana de Pascua 


Hch 14, 19-28

Sal 144

Jn 14, 27-31

    Ha llegado el final del primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé, en donde se pone de manifiesto, una vez más, su fe, su completa adhesión a las enseñanzas del Señor, el compromiso que tienen por anunciar la Buena Nueva y el gozo por colaborar con el Señor a construir su Reino.


    A pesar de todas las travesías que vivió san Pablo, nunca se dio por vencido. Hoy vemos que fue lapidado, incluso al grado de darlo por muerto y él se levanta. Cristo mismo nos ha mostrado el camino que hemos de recorrer, el de la persecución, el del desprecio. En el vía crucis se nos narran tres caídas de Jesús, en las cuales, se levanta y continua para cumplir su misión. ¿Cuántas veces habremos caído en nuestra vida? ¿Cuántas veces habremos visto fracasar nuestros planes?


    En una ocasión mi abuelita me dijo: “no es mejor el que no cae, sino el que, habiendo caído, se levanta y continua”. Debemos de ser optimistas con nosotros mismos. Muchas veces hemos caído, hemos fracasado en proyectos, pero no debemos de tirar la toalla. No podemos seguir con una mentalidad de derrota, diciendo: “ni modo”, “hay para la otra”, “no era lo mejor”. Es tiempo de que, como San Pablo, pongamos plenamente nuestra confianza en Dios: seguir luchando por aquello que anhela nuestro corazón, por aquella misión que Dios nos ha encomendado. Como Cristo, como Pablo, como tantos santos, tenemos que levantarnos y seguir con aquello que Dios nos ha confiado. Tenemos que perseverar en la fe, como Pablo invitaba a los miembros de aquellas comunidades. La fe consiste en decir si a Dios. 


    “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. Las dificultades no son un obstáculo, sino más bien un medio que se debe de enfrentar para acceder al Reino de Dios, y entrar en el Reino significa entrar en la dinámica del amor, del perdón, de la justicia, de la verdad, de la paz. San Pablo lo había dicho en su carta a los Romanos: “nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 3-5).


    Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: “la paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden”. La paz es uno de lo regalos más grande que Cristo nos ha dejado. Esta paz que permite al corazón, en medio de las más duras pruebas, no tener miedo. La paz de Dios es un don divino que produce en el creyente la certeza de la presencia de Dios y de la ayuda que le otorga.


    La paz de arriba alienta en el cristiano la alegre seguridad de la permanente presencia de Cristo en la vida. Ante las tribulaciones que padezcamos pidámosle al Señor que nos de su paz; ante las problemáticas en las que no desenvolvamos, que Cristo nos permita experimentar la paz de su corazón. Que la paz del Señor reine siempre en nuestros corazones.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

Nuevos