1 octubre, 2022

IV Domingo del Tiempo Ordinario: Ciclo “C”

 

Jr 1, 4-5. 17-19

Sal 70

I Co 12, 31- 13, 13

Lc 4, 21-30

 

 

¡Qué magnifico sería que existiera un lenguaje que todos los hombres pudieran entender! ¡Qué maravilloso sería que la humanidad entera pudiera emplear una lengua que todos pudieran comprender! ¿Pero sabes una cosa? Sí existe, y lo podemos nombrar: “El amor”.

 

Ahora bien, puede que te estés preguntando: ¿cómo puede el amor hablarnos? ¿Cómo podemos entendernos por medio del amor? Partamos de la misma Sagrada Escritura. San Juan, en su primera carta, nos dice: “Dios es amor”. Y si Dios es universal, por lo tanto, el amor lo es del mismo modo. De hecho, sin temor a equivocarme, todos los hombres tenemos la capacidad de amar y sentirnos amados; todos buscan la aceptación del otro, y lo hacen por medio del amor; todos anhelan ser abrazados y sentirse querido en los momentos más tristes de su vida; sin duda alguna si en algo nos podemos parecer a Dios sería en la capacidad que tenemos para amar.

 

Pues bien, este domingo, podemos girar la reflexión de las lecturas en este lenguaje del amor. ¿Sabes por qué? Porque Dios, por amor, antes de formarte en el vientre de tu madre, ya te había elegido; desde antes de ser concebido, ya te había designado para que fueras un profeta que pudiera llevar la Buena Nueva a los gentiles. Es el amor de Dios el que te ha destinado a una misión y es ese mismo amor el que te sostendrá a lo largo de tu vida.

 

Es el amor de Dios el que te lleva a ser testigo de la verdad en medio de tu realidad. Aunque te suceda lo mismo que a Jesucristo, que no fue aceptado por los suyos porque decían conocerlo, tú estás destinado a ser luz que brille en medio de la oscuridad, a ser presencia del Señor en medio de su pueblo. Aunque no todos crean en ti, Dios sí lo hace, ¿y sabes por qué? Por que te ama.

 

Es el amor el que nos impulsa a darnos cuenta de que la gracia de Dios obra en aquellos que se abandonan y confían plenamente en Él. Así como aquella viuda de Sarepta y en Naamán el leproso se hizo presente la salvación de Dios, del mismo modo se manifestará en aquellos que se abandonan al amor de Dios, ese amor que nos invita a depositar toda nuestra vida en sus manos, sabiendo que Él es el único que nos puede liberar de toda adversidad. Es el Amor el que nos salva.

 

Es el amor, como lo ha dicho el Apóstol en su carta, el que nos lleva a ser pacientes, a no tener envidia en el prójimo, a no estar presumiendo lo que somos o lo que tenemos, a ser compartido con el otro y no egoísta, a no molestarme y tener a cuentas el mal que se me ha hecho, a no ser injustos, a poder disculpar, esperar y aguantar sin límites. Sin duda alguna el Amor es para siempre.

 

Muchos no creían en Jesucristo por la dureza de su corazón, por no abandonarse a su amor. Desafortunadamente perdieron una oportunidad de oro para poder experimentar lo maravilloso de saberse y sentirse amados por Dios. Que no sea así entre nosotros. No dejemos pasar este momento, puesto que mañana puede ser demasiado tarde. Es hoy cuando tenemos que demostrar que el amor conduce nuestra vida, que es el amor el que me hace seguir hasta el final.

 

Recuerda, no todo está perdido. Nunca es tarde para volver, para demostrar que estamos dispuestos a abandonarnos a Dios, puesto que somos conscientes de que “sin amor, nada somos”, de que sin Él nada podemos. ¿Te animas a amar sin reservas o medidas? O mejor aún, ¿le permites a Dios que te ame? Estoy seguro de que si experimentas el amor de Dios en tu vida, podrás ser fuente de amor para todos aquellos que te rodean.

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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