24 septiembre, 2022

 XVII Domingo Tiempo Ordinario 

Ciclo “C”


Gn 18, 20-32

Sal 137

Col 2, 12-14

Lc 11, 1-13



    Veíamos, el domingo pasado, esa doble actitud del cristiano: por un lado el lado trabajador (Martha) y por otro la escucha del Maestro (María). Inmediatamente después aparece el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar.


    La semana pasada, invitaba a reflexionar sobre el aprender a cumplir la Voluntad de Dios. Hoy tenemos un medio para alcanzar dicha tarea: la oración.


    Por una parte, tenemos a un Jesucristo que es modelo, motivo para querer orar: “Uno de sus discípulos lo vio y le dijo: Maestro, enséñame a orar”. Algo tuvo que ver en Cristo que lo llevó a pedir esa súplica. Estoy cien por ciento seguro que Cristo no sólo hacía oración como un hombre, sino que era un hombre de oración. Todo su testimonio de vida nos lleva a querer ser como Él.


    Este discípulo quiere aprender a orar, pero: ¿para qué? Pregúntate a ti mismo: si vieras a Jesús orar: ¿tú quisieras orar cómo Él? De ser afirmativo: ¿para qué? 


    El discípulo debe de aprender a orar, es cierto. Yo me atrevo a ir un poco más allá: no sólo tiene que orar, sino que toda su vida (entrega, servicio, vocación) tiene que ser una oración. Tu misma vida tiene que ser la más perfecta oración que nunca antes se haya pronunciado.


    Por eso Jesús invita a insistir, a pedir, a tocar, porque Él quiere darnos la capacidad de ser hombres de oración. Para muestra, basta un botón: Abraham. Nuestro padre en la fe no dejó de orar a Dios (pedirle). Claramente sabía que tenía que buscar, tocar, pedirle a Dios. No tiró todo a la borda, insistió para obtener de Dios su favor, el no destruir dichas ciudades. Nosotros somos todo lo contrario a Abraham: a la primera decepción nos alejamos de Dios, al no obtener lo que queremos, renegamos de nuestra fe. Tenemos que aprender a insistirle, a permanecer firmes.


    Sí: insistimos en otras cosas (pecados recurrentes, actitudes egoístas, desinterés a vivir como auténticos cristianos), pero nunca insistimos en ser mejores hijos de Dios, en enderezar nuestro sendero. Dejamos que el mal nos venza, nos derrote. Aprendamos cómo Jesús (en el padre nuestro) a pedir lo que en verdad necesita nuestro corazón, nuestra propia vida.


    Todo tiempo es conveniente para buscar a Dios. Y que mejor manera que hacerlo que por la misma oración. Aprendamos, cómo María y tantos santos, a hacer nuestra vida una oración. Que de verdad en cada momento de nuestra vida le demos gracias a Dios de todo corazón.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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