En una emotiva y multitudinaria ceremonia, el Papa León XIV celebró este sábado la Santa Misa en el Aeropuerto de Yaoundé-Ville, marcando el fin de su apostólico viaje a Camerún. Ante una vasta congregación que se reunió para despedir al Pontífice, León compartió un mensaje centrado en la fortaleza de la fe frente a las adversidades y la inquebrantable presencia de Jesús en la vida de la Iglesia y de cada creyente.
En su homilía, el Santo Padre recordó que la historia de la Iglesia está marcada por innumerables “tormentas y ‘vientos contrarios’”, una analogía que resonó profundamente con las experiencias de fe y desafío de la comunidad local. Sin embargo, enfatizó con convicción: “Jesús está con nosotros, siempre, y más fuerte que cualquier poder del mal”, una afirmación de esperanza que ha caracterizado su pontificado. La celebración de esta misa final fue un momento de profunda gratitud, donde el Papa León agradeció la cálida bienvenida y los instantes de fe y alegría compartidos con el pueblo camerunés.
El Pontífice profundizó en las lecturas evangélicas, especialmente en el relato de los discípulos en el mar de Galilea, remando contra el viento y sumergidos en el miedo. Explicó cómo los evangelistas Marcos, Mateo y Juan, cada uno desde su perspectiva, transmiten un mensaje esencial: aunque la fe no exime de tribulaciones, Jesús nunca abandona a sus seguidores. En la versión de San Juan, proclamada durante la misa, Jesús se acerca caminando sobre las aguas y les dice: “Soy yo, no teman”. León XIV destacó el simbolismo de las “aguas” en la tradición judía, que a menudo representan el caos, el peligro y las fuerzas del mal, incontrolables para el hombre solo. Sin embargo, también son un recordatorio del poder divino que libera al pueblo de la esclavitud, como en el Éxodo.
Estos pasajes bíblicos, según el Papa León, ofrecen una metáfora poderosa para los momentos en que la Iglesia y los individuos se sienten abrumados por fuerzas adversas, rodeados de oscuridad y fragilidad. “Pero no es así”, afirmó León, “Jesús está con nosotros, siempre, y más fuerte que cualquier poder del mal; en cada tormenta nos alcanza y nos repite: ‘Yo estoy aquí contigo, no tengas miedo’”. Esta certeza, subrayó el Pontífice, debe impulsar a los creyentes a levantarse de cada caída, a no dejarse detener por ninguna dificultad y a proseguir con valentía y confianza. En esta línea, el Papa recordó las palabras de su predecesor, el Papa Francisco, quien en 2014, hacía hincapié en la fuerza de “hombres y mujeres […] que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe”.
El mensaje de León XIV se extendió más allá de la fe individual para abrazar una dimensión de solidaridad y acción comunitaria. Instó a los fieles a permanecer unidos en la “misma barca” en tiempos de alegría y dolor, a no ser indiferentes al sufrimiento ajeno, sino a acercarse y unirse a quienes lo padecen. El Santo Padre enfatizó que nadie debe ser dejado solo ante las adversidades de la vida, y que cada comunidad tiene el deber de fomentar estructuras de solidaridad y ayuda mutua. En estas estructuras, frente a crisis de índole social, política, sanitaria o económica, todos deben poder ofrecer y recibir apoyo, según sus capacidades y necesidades.
León XIV también vinculó la exhortación “no teman” a una dimensión social y política más amplia, animando a afrontar de manera conjunta los problemas y desafíos, especialmente aquellos relacionados con la pobreza y la justicia. El Pontífice afirmó que la fe cristiana no debe separar la vida espiritual de la social, sino, por el contrario, debe otorgar la fuerza para interactuar con el mundo y responder a las necesidades de los demás, sobre todo de los más vulnerables. Destacó que los esfuerzos individuales no son suficientes; se requiere una decisión común que integre la dimensión espiritual y ética del Evangelio en el corazón de las instituciones, transformándolas en instrumentos del bien común, en lugar de escenarios de conflicto o intereses estériles.
Para ilustrar este punto, el Papa León XIV hizo referencia a la primera lectura, que narra cómo la Iglesia primitiva enfrentó su primera crisis de crecimiento (Hechos 6,1-7). El aumento de discípulos generó nuevos retos en la caridad, y las quejas por la desatención a algunos amenazaron la unidad. Los apóstoles, reunidos, oraron y reflexionaron a la luz de las enseñanzas de Jesús, eligiendo hombres “de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” para el servicio práctico y espiritual. Esta acción no solo evitó divisiones, sino que enriqueció a la comunidad, transformando una crisis en una oportunidad de crecimiento. Este ejemplo, dijo León, muestra cómo la vida de una familia y de una sociedad a veces exige el coraje de cambiar hábitos y estructuras para asegurar la dignidad de la persona y superar desigualdades.
Al concluir su homilía y su visita, el Papa León XIV se despidió de Camerún, dejando un mensaje de esperanza y un llamado a la acción. Pidió mantener vivo el recuerdo de los momentos compartidos y seguir abriendo espacio a Jesús para dejarse iluminar y renovar. Exaltó la Iglesia en Camerún como “viva, joven, rica en dones y entusiasmo, vibrante en su diversidad y maravillosa en su armonía”, y confió en que, con la ayuda de la Virgen María, sus miembros seguirán floreciendo. Animó a que incluso los “vientos contrarios” se conviertan en ocasiones de crecimiento en el servicio gozoso a Dios y a los hermanos, en el compartir, la escucha, la oración y el deseo de crecer juntos.








