

Este niño francés con síndrome de Down cumplió su sueño de ayudar en la Misa presidida por León XIV durante su visita a Francia. Crédito: Cortesía familia de Théophile.
Le pusieron Théophile porque sus padres, Violaine y Amaury, supieron desde la primera ecografía que su quinto hijo sería el predilecto del cielo. Su nombre significa “amado por Dios”.
Tiene 12 años, el pelo del color del trigo, los ojos color miel y rasgados y una sonrisa contagiosa.
“Es alegre, sociable, empático, cariñoso, con un humor inmenso y muy deportista”, lo describe su padre para quien traer al mundo a un niño con síndrome de Down nunca fue una faena sino un auténtico regalo.


De hecho, se ha convertido en una especie de cariátide del amor que sostiene, con su alegría y su cariño, los frisos afectivos de toda la familia. “Théophile es un factor de unidad para toda la familia, y especialmente para nuestro matrimonio, porque tenemos la responsabilidad de cuidar un alma más frágil”, explica Amaury de Saint Julien a ACI Prensa.
“Varias veces al día nos dice que nos quiere, tanto para expresarnos su amor como para que nosotros también le digamos que lo queremos. Es un rayo de sol, un toque de poesía en nuestra familia”, asegura.


En su casa celebran cada pequeña conquista de este pequeño guerrero. Lo hicieron cuando aprendió a nadar sin flotador a los seis años. Le apasiona la música y asiste a clases de percusión afrocubana. También practica natación y tenis desde hace varios años. Desde que comenzó a leer, comparte con su padre un ritual nocturno: la lectura conjunta de libros. Actualmente están inmersos en la saga de Harry Potter. El pasado invierno, además, consiguió su primera estrella de esquí.
Pero si hay algo de lo que realmente se sienten orgullosos sus padres y hermanos es de la delicadeza y precisión con las que desempeña su labor como monaguillo, especialmente cuando hace sonar las campanillas.


Lo hace, como todo, con la ternura que nace de su corazón puro y alcanza todos los sentidos. La misma que derrochaba Jesús que siempre llamó a su lado a los más pequeños. “Muchos feligreses nos han comentado cuánto les impresiona que Théophile sirva la Misa tan bien y sin la menor vacilación”, señala Amaury.
A veces tiene iniciativas poco protocolarias, pero la comunidad de su parroquia siempre es muy comprensiva con él. Por ejemplo, su padre recuerda que al principio, cuando era responsable de las campanillas, en lugar de hacer sonar las tres campanadas prescritas por la liturgia, las hacía sonar sin parar.
“El sacerdote, divertido, le dijo entonces a Violaine, que estaba un poco avergonzada, que al menos toda la asamblea se había despertado para el momento más importante de la Misa: ¡un repique digno de las campanas de Pascua!”, explica.
Desde la misma Misa de su Primera Comunión, para convertirse en monaguillo. Y, desde entonces, sube al presbiterio con determinación, sabiendo que su responsabilidad en la Eucaristía es inmensa.
“Muy pronto nos sorprendió, a nosotros y a todos los feligreses, por la facilidad con la que memorizaba los gestos litúrgicos. Le encanta, además de tocar la campanilla, especialmente llevar la Cruz”, explica su padre.
En junio, el Papa León XIV recibió a la Fundación Jérôme Lejeune —que se dedica a la investigación científica, la atención médica especializada y la defensa de la dignidad de las personas con discapacidad intelectual de origen genético desde el nacimiento hasta su muerte natural— donde trabaja la madre de Théophile, Violaine.
Esta entidad internacional sigue los pasos del profesor Jérôme Lejeune, de quien lleva su nombre, quién tras descubrir la causa genética del síndrome de Down, la trisomía 21, soñaba con poder mejorar la calidad de vida de estas personas.


En esa audiencia, Théophile pudo saludar al Papa y reunió el valor necesario para entregarle personalmente una carta en la que expresaba un deseo muy concreto: poder servir la Misa durante la visita papal a París.
También repitió varias veces que quería servir durante la Misa en el Vaticano. Aunque sus padres no tenían muy claro que eso fuera posible, los caminos de Dios eran otros.
Cuando visitaron la tumba de San Pedro y estaba a punto de comenzar una Misa en ese lugar, Théophile se acercó con inocencia a uno de los sacerdotes concelebrantes, que además era francés. Le dijo que quería servir la celebración y el sacerdote aceptó en seguida.
“Él va a lo esencial; no se complica con protocolos ni con otras consideraciones que nosotros sí podríamos tener legítimamente”, señala su padre.


Y es que los ojos y el corazón de Théophile parecen tener acceso a una parte de la realidad, a capas y detalles del mundo que quienes nos creemos plenamente capaces ni siquiera alcanzamos a intuir.
Es especialmente sensible a los rituales, y la oración forma parte indispensable de su vida cotidiana. “Es imposible acostarlo sin haber rezado, incluso si ya es más de medianoche, del mismo modo que una comida debe comenzar obligatoriamente con la bendición de la mesa. Théophile parece estar conectado directamente con Dios, sin filtros. Su fe nos impresiona”, asegura su padre.
En pleno agosto, mes de vacaciones, cuando los padres de Théophile ya casi habían perdido la esperanza de que el Papa contestase a su deseo de poder servir en la Misa de París, llegó la respuesta afirmativa. Con el permiso en mano, el joven se puso a saltar de alegría.


Así, tuvo la gran suerte de recibir la misión de acompañar a los seis monaguillos con síndrome de Down durante la Misa celebrada en la Plaza de la Concordia el pasado sábado 26 de septiembre. Las imágenes de aquellos momentos en primera fila, muy cerca del Papa, lo dicen todo. Su alegría era desbordante. “Théophile estaba especialmente exultante”, recuerda con cariño su padre.
Lo que más le impresionó fue “el momento en que el Papa llegó a la Plaza de la Concordia, después de verlo en las pantallas gigantes bendecir a tantos bebés y personas con discapacidad a lo largo de su recorrido por los Campos Elíseos”.


Han pasado casi dos semanas, pero Théophile parece suspendido en aquella celebración Eucarística apoteósica en la que participaron más de 800.000 personas. “No deja de cantar ‘Cómo no alabarte’ y ‘León XIV, León XIV…’ con la melodía de Resucitó. Radia alegría y orgullo. Y dice a menudo: ‘Quiero al Papa con todo mi corazón’”, resume su padre.








