22 abril, 2026

La hermana Francis Domenici Piscatella, una religiosa dominica estadounidense reconocida por Guinness World Records como la monja más longeva del mundo, celebró su 113 cumpleaños el pasado 20 de abril de 2026. Su vida, marcada por más de nueve décadas de servicio ininterrumpido a la Iglesia, la perseverancia ante la adversidad y una fe inquebrantable, fue motivo de celebración y reflexión, culminando con un mensaje de felicitación enviado por el Papa León XIV.

Nacida el 20 de abril de 1913 en Long Island, Nueva York, la hermana Piscatella ha sido testigo de eventos históricos trascendentales y de la evolución de la Iglesia y la sociedad global. Al reflexionar sobre su extraordinaria longevidad, la religiosa expresó con humildad: “He dejado de contar mis años. Dios nos da una cierta cantidad de años para vivir, y tratamos de vivir ese número de años”. Aunque nunca imaginó alcanzar tal edad, su existencia se ha convertido en un testimonio viviente de dedicación y espiritualidad.

Desde 1931, la hermana Francis ha sido miembro de las Hermanas de Santo Domingo de Amityville, dedicando 94 de sus años al servicio religioso. Su vocación surgió de un profundo deseo de ser significativa para su comunidad. “Quería ser alguien importante para las hermanas”, comentó. Aquellos que han compartido con ella, ya sean estudiantes o compañeros de congregación, atestiguan la profunda y positiva influencia que ha ejercido sobre generaciones. “Mi mente está en Dios. Él me ha mantenido durante todos estos años”, aseguró la hermana, resaltando la centralidad de la fe en su larga vida.

Un capítulo fundamental en la historia de la hermana Piscatella es su resiliencia. A la temprana edad de dos años, sufrió un accidente que resultó en la pérdida de gran parte de su brazo izquierdo. Sin embargo, esta limitación física no solo no impidió el cumplimiento de su vocación, sino que forjó un espíritu de autosuficiencia y fortaleza. “Tuve que demostrarles que el hecho de tener un solo brazo no impedía en nada mi trabajo”, explicó en declaraciones recogidas por medios locales. Con un espíritu indomable, añadió: “Nadie tuvo que ayudarme nunca. Si alguien ayudaba a otro, era yo quien ayudaba”.

Durante 52 años, la hermana Francis ejerció como profesora, incluyendo su labor en el Molloy College. Su habilidad para dibujar círculos perfectos en la pizarra con un solo brazo mientras enseñaba geometría es una anécdota que ilustra su ingenio y determinación, dejando una huella imborrable en sus alumnos. La fe era su constante refugio y guía: “Siempre corría a la iglesia y rezaba todo el tiempo”, rememoró, subrayando el papel vital de la oración en cada etapa de su vida.

El espíritu incansable de la hermana Piscatella es una fuente de inspiración para todos quienes la conocen. Incluso a los 110 años, mantenía una rutina diaria que incluía la realización de tareas domésticas y la asistencia a Misa. Su humildad se refleja en frases como: “Espero que hayan visto algo bueno en esta anciana”.

Su estatus como la monja más longeva del mundo fue reconocido por Guinness World Records tras el fallecimiento de la religiosa brasileña Inah Canabarro Lucas. A lo largo de sus 113 años, la hermana Francis ha sido testigo de nueve pontificados, ha visto a 20 presidentes ocupar la Casa Blanca en Estados Unidos, ha vivido dos guerras mundiales y ha presenciado múltiples pandemias globales, lo que la convierte en una verdadera crónica viva de los últimos tiempos.

Durante la reciente celebración de su 113º cumpleaños, la hermana Piscatella recibió un reconocimiento especial del Santo Padre, el Papa León XIV, marcando un hito significativo al ser el décimo pontífice cuya vida ha presenciado. La bendición y el saludo papal resaltan la importancia de su testimonio de fe y servicio para la Iglesia universal.

Al reflexionar sobre la magnitud de la celebración y la calidez de quienes la acompañaron, la hermana Francis Domenici Piscatella expresó: “Es muy amable de todos haber venido y hacer de este un día tan hermoso”. Su vida, que continúa siendo un faro de esperanza y devoción, encarna un símbolo poderoso de fe perseverante, servicio desinteresado y humildad, dejando una marca indeleble en la Iglesia y en el corazón de innumerables personas.

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