28 enero, 2023

 Viernes XXVI semana Tiempo Ordinario

Ba 1, 15-22
Sal 78
Lc 10, 13-16

En algunas ocasiones, mientras me encuentro confesando, algunos penitentes, al iniciar su confesión me dicen: “Padre, me da pena confesarme, me da mucha vergüenza decirle lo que hice”. Y tiendo a contestarle a la persona: “Evidentemente que le da vergüenza decir lo malo que ha hecho, puesto que usted no viene a decir lo bueno que ha realizado, sino que me dirá todo aquello desagradable que ha hecho ante los ojos de Dios”.

La verdad nos viene bien a todos recapacitar y sentir humildemente vergüenza por los pecados que hemos cometido. Nos viene de maravilla aceptar y asumir los yerros y errores en los que hemos caído. Es necesario que el hombre se reconozca culpable delante del Señor.

El pueblo de Israel siente vergüenza porque, sabiendo quién era el Señor y teniendo en claro todos los portentos que había realizado a su favor, optaron por no hacerle caso y desobedecieron sus palabras. Ahora, después de haber traicionado el amor de Dios, reconocen el castigo que ha sobrevenido sobre ellos.

También nosotros tenemos que aprender la lección cuando nos hemos equivocado. Los periodos de decadencia o crisis que podamos estar viviendo se deben a muchas causas. Una de ellas podría ser nuestra propia infidelidad a la Alianza que el Señor ha pactado con cada uno de nosotros. Bien lo dice un famoso refrán: “Siembra vientos y cosecharás tempestades”.

En muchas ocasiones solemos excusarnos de nuestros pecados: le echamos la culpa a los demás, al trabajo, al mundo, a aquello que nos rodea. De vez en diario nos vendría bien reconocer y aceptar las consecuencias que nuestros actos traigan. ¿Por qué evadir lo que hemos hecho? ¿Por qué no aceptamos esas consecuencias? Cuando uno reconoce que ha fallado puede crecer, será consciente de sus errores y podrá trabajar y progresar en su vida de fe.

No tengamos miedo de reconocer que somos pecadores, que muchas veces le fallamos al Señor. No olvidemos que ese es el primer paso para recibir el perdón de Dios. ¿O acaso se te olvida que Jesús es Aquel que nos perdona setenta veces siete? ¿No recuerdas que el Maestro perdonó a Zaqueo, a Simón Pedro, al mismo San Pablo, a María Magdalena, etc.?

Hoy Jesús se lamenta de que las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm sigan en su cerrazón, que lo sigan rechazando a pesar de todos los signos que ha manifestado al pueblo. Y también se lamenta de nosotros cuando no reconocemos que le hemos fallado. Nosotros, al igual que esas ciudades, seguimos rechazando a Jesús, optamos por no seguir su camino de vida y felicidad.

¿Por qué somos capaces de rechazar a Jesús? ¿Por qué no aceptamos la senda que Él nos indica manifestándonos su amor y su verdad? ¿Por qué muchas veces preferimos vivir sumergido en las tinieblas del pecado y no reconocemos nuestros fallos? Aún con todo esto, no olvides que el Padre amoroso nos espera con los brazos abiertos para acogernos con su amor y su misericordia. Solo es necesario volver a Él, creer en Él y no seguir resistiéndonos.

¡Qué bueno que te siga dando vergüenza pecar! Pero no se te olvide volver a Dios Padre, ya que Él te espera, te brinda su mano, te levanta y te perdona todos tus pecados. Él te ofrece su amor incondicional. No tengas miedo de volver al Señor, créeme, es lo mejor que podemos hacer.

Hoy es un buen día para volver al Padre. ¿Te animas?

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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