12 septiembre, 2026

En un mundo cada vez más digitalizado y en medio de una palpable crisis de la institución matrimonial, un presbítero español ha encontrado una forma providencial de conectar a corazones solitarios con la misión de formar familias. El sacerdote Fernando Cuevas, miembro del Opus Dei, ha facilitado la unión de 1.280 parejas en matrimonio a lo largo de los últimos quince años, utilizando herramientas tan contemporáneas como WhatsApp y un sencillo cuestionario. Su singular apostolado ha sido descrito por muchos como el de un “cura Tinder”, aunque para él, es un servicio anclado en la fe y la confianza en la Providencia divina.

Con más de setenta años de vida y nacido en Ibiza, el Padre Cuevas reconoce que esta labor pastoral ha transformado profundamente su ministerio sacerdotal. “A mí esto me ha cambiado la vida totalmente”, afirma. Además de sus responsabilidades como capellán en dos colegios y dos clubes juveniles en las proximidades de Valencia, su jornada se ha llenado de una ingente cantidad de peticiones de solteros católicos. Recibe un promedio de sesenta mensajes de WhatsApp al día, una cifra que podría abrumar a cualquiera, pero que él gestiona con una sorprendente serenidad. “Yo no me agobio, porque si me agobiara…”, comenta, dejando entrever su calma ante el volumen de trabajo.

El proceso para encontrar un compañero de vida a través del Padre Cuevas es metódico pero sencillo. Establece dos requisitos fundamentales para los candidatos: ser mayores de 25 años y asistir a Misa los domingos. Una vez cumplidos estos criterios, el presbítero indaga sobre la edad, el nivel de compromiso eclesial y la ciudad de residencia de cada persona. Con esta información, comienza a cruzar datos, a menudo pidiendo paciencia a aquellos con mayor urgencia por encontrar a su media naranja. “Espera que te tocará el turno, que te dedicaré cinco minutos”, les indica, priorizando la atención personalizada dentro de su apretada agenda.

Al considerar la compatibilidad para el intercambio de contactos, el Padre Cuevas presta especial atención a la proximidad geográfica, aunque no es una regla inquebrantable. También procura, de ser posible, que el hombre sea un poco más alto y tenga dos o tres años más que la mujer. Sin embargo, un factor crucial y determinante en sus aciertos es la “espiritualidad muy marcada” de los candidatos. Aquellos que buscan a Cristo en el centro de sus vidas demuestran una mayor predisposición a la conexión genuina y duradera.

El Padre Cuevas aborda esta labor con una profunda humildad, despojándose de cualquier pretensión de poseer un “don especial”. Para él, es una manifestación de su fe inquebrantable: “Soy cura, confío plenamente en la Providencia y sé que Dios llama a cada persona, que tiene un plan específico del Señor desde antes de nacer”. En su visión, la vocación matrimonial es tan trascendente como cualquier otra, equiparándola a la de un sacerdote o una monja. “Es una llamada a una entrega total”, enfatiza, convencido de que Dios ha pensado en alguien para cada individuo, para que ambos puedan santificarse juntos.

En cuanto a la demografía de sus solicitantes, el presbítero ha notado ciertas tendencias. Si bien abundan los solteros en la franja de los cuarenta años, escasean los hombres treintañeros. A partir de los cincuenta, el número de candidatos masculinos disminuye, mientras que la presencia de mujeres se mantiene más constante a lo largo de las diferentes edades. A pesar de estas variaciones, el Padre Cuevas no impone límites a los planes divinos y atiende a personas de todas las edades.

Lo que comenzó como una ayuda a personas en su entorno más cercano, en la Archidiócesis de Valencia, pronto trascendió fronteras. El Padre Cuevas recibe ahora peticiones desde diversas partes del mundo, con una notable afluencia de Hispanoamérica, incluyendo países como Argentina, México, Colombia y Perú. Incluso ha habido candidatos de lugares tan remotos como la India. Para gestionar esta demanda global, cuenta con la valiosa colaboración del Padre Vicente Huerta, otro sacerdote español que dedica muchas noches a conversar con los solicitantes internacionales.

En una anécdota que subraya la intervención de la Providencia, el Padre Cuevas recuerda una ocasión en la que, por error, intercambió números entre personas que no estaban en la lista prevista. La pareja, al conocerse y percatarse de la confusión por las fotos y detalles de sus fichas, lejos de molestarse, encontró una conexión inesperada. “No sé qué ha pasado, pero perfecto”, le escribió uno de ellos, confirmando que a veces, los caminos menos planeados son los que conducen al éxito.

Desde su privilegiada posición, observando a miles de personas en su búsqueda del amor, el Padre Cuevas extrae una enseñanza clara y profunda sobre la sociedad contemporánea: “La gente busca el amor verdadero. Hay un anhelo, una necesidad enorme de amar”. Percibe una profunda carencia y un deseo genuino de entregarse, de olvidarse de sí mismos y, sobre todo, de incorporar a Cristo en sus vidas. Conmueve al sacerdote ver cuántos priorizan la fe sobre cualquier otro rasgo: “La inmensa mayoría busca a alguien que ponga a Cristo en el centro de sus vidas. Me conmueve ver la cantidad de gente que dice: ‘no me da igual que tenga los ojos azules, que sea muy guapo, que sea muy listo. Si no tiene a Cristo en su vida en el centro, fuera'”. Esta jerarquía de valores, concluye, es el verdadero motor detrás de la búsqueda de un amor que trascienda lo terrenal.

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