24 septiembre, 2022
Cada 26 de diciembre se celebra a San Esteban, el primer mártir de la Iglesia Católica. Por haber sido precisamente el primero en derramar su sangre por el Evangelio es que se le denomina “protomártir”.
San Esteban murió apedreado (pena de lapidación) tras ser condenado por el Sanedrín. Esteban había enfrentado y criticado a las autoridades judías por no haber reconocido al Mesías y, peor aún, por haberlo asesinado. Fue arrastrado fuera de la ciudad de Jerusalén donde lo ejecutaron.
San Esteban, mientras recibía el impacto de las piedras, alcanzó a pronunciar las siguientes palabras: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, y con su último aliento, puesto de rodillas,  exclamó con fuerza: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”, abogando por aquellos que le quitaban la vida.
Un sacrificio asociado al de Cristo
En la celebración del santo del año 2014, el Papa Francisco señaló que “con su martirio, Esteban honra la venida al mundo del Rey de los reyes, da testimonio de Él y ofrece como don su vida, como lo hacía en el servicio a los más necesitados. Y así nos muestra cómo vivir en plenitud el misterio de la Navidad”.

El 26 de diciembre de 2012 Benedicto XVI se refirió a San Esteban con estas palabras: “¿De dónde sacó el primer mártir cristiano la fuerza para hacer frente a sus perseguidores y llegar hasta la entrega de sí mismo? La respuesta es simple: de su relación con Dios, de su comunión con Cristo, de la meditación sobre la historia de la salvación, de ver la acción de Dios, que alcanza su cumbre en Jesucristo”.


A San Esteban se le llama “protomartir” porque fue el primer mártir de toda la historia católica. San Esteban era uno de los hombres de confianza de los apóstoles; habló y defendió muy bien a Jesús, que entre los judíos generó cierto desconcierto. Por tal razón, la tradición señala que fue llevado ante el Tribunal Supremo de la Nación, el Sanedrín, para ser acusado con falsos testigos, los cuales argumentaron que Esteban afirmaba que Jesús iba a destruir el templo y a acabar con las leyes de Moisés.

Sin embargo, el santo no se atemorizó, y por el contrario, pronunció un impresionante discurso en el cual fue recordando toda la historia del pueblo de Israel (Hechos 7) y a través del cual exhortó a los judíos a rectificar, reprendiéndolos por haber llegado al extremo de no sólo no reconocer al Salvador, sino de haberlo además crucificado.

Llenos de ira, éstos lo arrastraron fuera de la ciudad y lo apedrearon.

Los que lo apedreaban dejaron sus vestidos junto a un joven llamado Saulo (el futuro San Pablo que se convertirá por las oraciones de este mártir) y que aprobaba aquel delito. Mientras lo apedreaban, Esteban decía: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Y de rodillas dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, murió.

Los cristianos lo rescataron y dieron a su cuerpo digna sepultura.

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