1 octubre, 2022

“Si alguna persona, por su estado de vida, no puede vivir sin riquezas y posición, que al menos mantenga su corazón vacío del amor a estas” (Santa Ángela de Merici).

Cada 27 de enero la Iglesia celebra a Santa Ángela de Merici, fundadora de la Orden de Santa Úrsula, conocidas como ursulinas, la primera Orden religiosa dedicada enteramente a la educación de niñas y jóvenes.

Una pequeña amiga de Santa Úrsula

Santa Ángela nació el 21 de marzo de 1474 en Desenzano del Garda, localidad cercana a Brescia, en el norte de Italia. Pasó su primera infancia en el campo, al lado de sus padres, unos sencillos agricultores que trabajaban en el valle.

Fue su padre, Giovanni Merici, quien gustaba contarle historias de la vida de los santos. Ángela lo disfrutaba muchísimo mientras empezaba, casi sin querer, a desarrollar un sentimiento de cercanía por quienes siguieron los pasos de Jesús.

Con mucha naturalidad, la niña empezó a relacionarse con los santos a través de la oración. De ahí el vínculo cordial que tenía con Santa Úrsula, la doncella que murió martirizada en el siglo IV, a quien Ángela terminó profesando un gran cariño y devoción. A través de los santos, o gracias a ellos, en el corazón de Ángela iba naciendo el deseo de entregar la vida a Dios por completo.

Mística precoz

A los 10 años Ángela quedó huérfana. Unos tíos suyos, los Biancosi, se hicieron cargo de ella, su hermana mayor y su hermano. Como su tío era un personaje acaudalado, vivir en su casa representó para los niños un gran cambio, puesto que no tuvieron que pasar más necesidad.

Sin embargo, poco después, la hermana mayor moriría de manera intempestiva. Esto produjo una gran desazón en Ángela porque la joven había muerto sin haber recibido los sacramentos. Grande sería el sufrimiento de la niña al no saber cuál había sido la suerte de su hermana.

En esas circunstancias, la santa se aferró a la intercesión de la Virgen María y a la figura de San Francisco de Asís. Se refugió por completo en la oración y en la práctica de la penitencia. En su corazón de niña, había brotado un deseo cada vez más grande de agradar a Dios y pedir su misericordia, en caso Él dispusiese conceder la salvación eterna a su hermana.

Fue así como, cierto día, estando en oración, Ángela entró en éxtasis por primera vez. Rendida ante Dios, tuvo una visión en la que la Virgen María le concedió ver a su hermana muerta. Grande fue su consuelo cuando la vio rodeada de los santos.

Terciaria franciscana

A los 13 años Ángela se hace terciaria franciscana. Previamente había hecho saber a sus tíos, quienes querían casarla, que ella deseaba permanecer virgen y ser religiosa.

A la muerte de su tío, cuando tenía 20 años, Santa Ángela vuelve a su tierra natal, Desenzano, donde se dedica a asistir a los pobres y a catequizar a las niñas. Convierte su casa en una suerte de escuela, convencida de que la instrucción era la mejor ayuda para quienes poseían poco o nada, de que era la herramienta más adecuada para una vida feliz, ayudar a la Iglesia y, por supuesto, obtener la vida eterna.

En 1516, los franciscanos la envían a Brescia a acompañar a una mujer que había perdido a su esposo e hijos en la guerra. Ángela permanece dos años con ella, ayudándola. Luego decide quedarse en esa ciudad, hasta que en 1524 parte a Jerusalén con un grupo de peregrinos. Estando en Creta, sufre de una ceguera temporal, que la obliga a ser guiada en Tierra Santa. Durante el viaje de regreso recupera la vista milagrosamente.

Las ursulinas

En 1525, parte a Roma y se entrevista con el Papa Clemente VII, quien la invita a hacerse cargo de un grupo de enfermeras; Angela rechaza la oferta: “Es en Brescia donde Dios me quiere”. La santa le confiesa al Papa que había tenido una visión en la que unas doncellas ascendían al cielo en una escalera de luz.

En la visión, las santas vírgenes estaban acompañadas por ángeles que tocaban dulces melodías. Todas portaban coronas con piedras preciosas. De pronto, la música cesó y Jesús la llamó por su nombre y le pidió que creara una sociedad de mujeres.

De esta manera, el Santo Padre le otorgó el permiso para formar una comunidad de vida consagrada. En una nueva visión, Santa Úrsula se le aparece y Ángela la nombra patrona de la fundación.

El 25 de noviembre de 1535, en la Iglesia de San Afra en Brescia, Ángela y 28 compañeras  consagraron sus vidas al servicio de la educación de las niñas. El nombre de la nueva familia espiritual fue “Compañía de Santa Úrsula”, que con el tiempo terminaría aglutinando varios institutos de vida activa y contemplativa.

El 27 de enero de 1540, Santa Ángela partió a la Casa del Padre. Las ursulinas recibieron el reconocimiento pontificio en 1544 por voluntad del Papa Pablo III. Posteriormente se establecieron como congregación en 1565. Tres años más tarde, en 1568, San Carlos Borromeo las convocó a Milán, persuadiéndolas de formar una rama de clausura.

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