9 diciembre, 2022

 Jueves de la sexta semana de Pascua 


Hch 18, 1-8

Sal 97

Jn 16, 16-20



    “Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”. Que bellas palabras nos ha dicho Jesús para acompañarnos en estos días difíciles. Hoy el mundo está triste, se siente frustrado ante la realidad tan cruda que vivimos. ¿Por qué está pasando esto? ¿Qué mal hicimos? ¿Por qué Dios nos ha dejado solos? ¿Dónde está Dios en estos momentos? Muchas preguntas más podrían surgirnos. 


    Jesús también sabe de nuestra incomprensión, como la de sus apóstoles: “Jesús comprendió que querían preguntarle algo”. Estoy seguro de que el Señor conoce todas las preocupaciones de la gran familia humana. Él sabe por lo que estamos pasando:, depresión, ansiedad, fastidio, coraje, impotencia, etc. 


    Dios sabe que el hombre está confundido. Por ello nos dice: “Ustedes están tristes, pero esa tristeza se transformará en alegría”. Por nuestra fragilidad nos hemos dejado arrastrar al pesimismo: ten ánimo, Dios no nos ha abandonado; si hoy nos sentimos tristes y desanimados porque atravesamos por un periodo complicado como humanidad, en donde no sentimos la cercanía de Dios, llenémonos de esperanza, ya que Jesús convertirá la tristeza en alegría. Claro ejemplo lo vemos en la primera lectura. 


    Tras el aparente fracaso en la ciudad de Atenas, Pablo continúa su viaje hacia Corinto, en donde se fundará una comunidad cristiana. El Apóstol no permite que aquella experiencia en Grecia lo desanime en su misión. Todo lo contrario, sigue adelante, buscando nuevos terrenos en donde poder sembrar, puesto que él sabe que no esta llamado a cosechar, sino a sembrar: su tristeza se convirtió en alegría. 


    En la región de Corintio, Dios pone en su camino verdaderos amigos, para que animaran la soledad del misionero. Se trata de Aquila y Priscila. Ellos acogen a Pablo en su casa, pero no solo eso, sino que se dedican al mismo oficio que él. A lo largo de nuestra vida, el cristiano experimenta la compañía del otro, la certeza de que no está sólo, la calidez de los amigos que comparten una misma fe: la soledad se transforma en acompañamiento, la tristeza se convierte en alegría. 


    Cuando Pablo llega a Corintio, sabe que tiene derecho a que la comunidad lo sostenga: “Que el discípulo haga partícipe en toda suerte de bienes al que le instruye en la Palabra” (Gal 6 ,6). Pero no sacó provecho de ello, sino que se empeño a trabajar con sus propias manos para no ser carga para nadie. El trabajo será para el Apóstol la clara prueba de que siempre se adaptó a la realidad que lo alojaba: su trabajo aligeró su predicación, puesto que no fue carga para nadie; de nuevo, la tristeza se volvió alegría.


    Hermanos, confiemos que dentro de poco este túnel por el que estamos atravesando se terminará (no es una garantía que sea a corto plazo, pero estemos confiados en que si pasará) y que la fe nos asegure que Dios está presente. Está cerca el final de la tristeza, dejándole paso a la alegría del Resucitado.



Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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