24 septiembre, 2026

Una multitud se congrega en la víspera histórica

Cientos de peregrinos, familias con infantes, sacerdotes y consagrados repletaron los espacios de la Catedral Basílica de San Luis durante la jornada previa a la esperada beatificación del arzobispo Fulton J. Sheen. La ceremonia vespertina congregó a más de 1.000 personas en un ambiente de profunda oración y solemnidad litúrgica, marcada por los cantos corales de los salmos.

El oficio religioso estuvo encabezado por el arzobispo local, Mitchell T. Rozanski, mientras que la prédica central quedó a cargo del obispo de Winona-Rochester, Robert Barron. Durante su intervención, el jerarca eclesiástico destacó la trayectoria comunicacional de quien fuera uno de los evangelizadores más influyentes de la televisión moderna, pero propuso profundizar en el motor secreto de su santidad: su cercanía íntima con Jesucristo.

La amistad con Cristo y el modelo espiritual

Para Barron, el núcleo de la vida del futuro beato radicaba en comprender que la fe no se reduce a constructos filosóficos o morales, sino a un vínculo directo con el Hijo de Dios. Al repasar las memorias del arzobispo plasmadas en su autobiografía Tesoro en vasija de barro, el prelado señaló que la ruta espiritual de Sheen emulaba el pasaje bíblico del profeta Isaías, el cual transita desde la contemplación de la divinidad y la asunción de la propia fragilidad hasta la apertura total al envío misionero.

Asimismo, el obispo subrayó la intensa devoción mariana que acompañó cada etapa del ministerio de Sheen, desde sus sacramentos iniciales hasta sus repetidas peregrinaciones al santuario de Lourdes. Esta relación con la Virgen se complementaba con su rigurosa práctica de la Hora Santa ante el Santísimo Sacramento, un espacio diario que el arzobispo describía como una instancia transformadora para el alma.

Reconocimiento de la fragilidad y proyección apostólica

Durante la homilía, se abordaron también las debilidades humanas que el propio Sheen reconoció sin reservas a lo largo de su vida, tales como su debilidad ante los reconocimientos públicos y el prestigio social. Lejos de restar valor a su figura, esta honestidad personal fue interpretada como una muestra genuina de madurez espiritual, donde el sufrimiento personal y las incomprensiones sirvieron para purificar su vocación y asemejarlo más a la cruz.

Diversas personalidades presentes en el recinto destacaron la vigencia de su legado. María Augustine, integrante de las Hermanas de la Vida, definió al homenajeado como "un gran maestro y un gran evangelizador", añadiendo que su comunidad lo contempla como una fuente de inspiración constante para proclamar la dignidad de la vida humana. Por su parte, el cardenal Raymond Burke valoró cómo los textos de Sheen continúan alimentando la vocación sacerdotal contemporánea, mientras que el obispo Andrew Cozzens enfatizó que su ardor misionero brotaba directamente de su devoción eucarística.

Un referente permanente para la evangelización moderna

En la recta final de su mensaje, el obispo Barron enfatizó que la proclamación de la beatificación no persigue enaltecer la figura histórica de Sheen, sino situarla con fuerza ante los desafíos del mundo actual. Aquellos sectores eclesiales que buscan nuevas formas de transmitir el mensaje cristiano sin renunciar a la tradición encuentran en él un modelo insustituible.

Para todos los agentes pastorales que utilizan los medios de comunicación contemporáneos con celo apostólico, el legado del nuevo beato se consolida como "un poderoso amigo e intercesor celestial" en el camino de la Iglesia.

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