En medio de la cotidianidad y el desafío que impone la enfermedad crónica, algunas personas encuentran un propósito que trasciende su propia dolencia. Tal es el caso de Estrella Zorita, una mujer española que ha convertido su lucha contra la esclerosis múltiple en una fuente de fortaleza y servicio espiritual, formando parte activa de la Unión de Enfermos Misioneros (UEM) de la Iglesia Católica. Su testimonio resalta una forma particular de apostolado que une el sufrimiento personal a la misión evangelizadora global de la Iglesia.
La Iglesia universal dirige su atención anualmente hacia aquellos que enfrentan padecimientos físicos o psíquicos durante la Jornada Mundial del Enfermo, una celebración que coincide con la festividad de Nuestra Señora de Lourdes. En este contexto, se reconoce que la enfermedad, lejos de ser un impedimento, puede revelar una vocación singular: la de unirse espiritualmente al esfuerzo misional de la Iglesia. Esta visión se materializó en 1928 con la fundación de la Unión de Enfermos Misioneros por Margarita Godet, una iniciativa que ha crecido y se ha consolidado a lo largo de las décadas.
Desde 1945, la UEM se integró en la Pontificia Unión Misional, una de las cuatro venerables Obras Misionales Pontificias (OMP) de la Iglesia Católica. Su propuesta es simple pero profunda: invita a quienes sufren a ofrecer sus dolencias y limitaciones como una forma de oración y sacrificio por la propagación del Evangelio. Los miembros de la UEM no solo buscan santificar su propia experiencia de enfermedad, sino que también actúan como “portadores de esperanza para otros enfermos, sus familiares y quienes los acompañan”, tal como se establece en los documentos que definen su esencia. A través de este compromiso, el enfermo misionero “santifica la enfermedad como un medio de unión con Dios y con los demás, extendiendo el amor a quienes están cerca y a quienes están lejos, convirtiéndose en apóstoles de la presencia divina en el mundo contemporáneo”.
La historia personal de Estrella Zorita ilustra vívidamente este apostolado desde la debilidad. Diagnostica con esclerosis múltiple a los 37 años, su enfermedad fue detectada tras un accidente automovilístico, donde un impacto con un motorista la llevó a realizarse pruebas médicas inesperadas. Desde entonces, su vida ha sido descrita por ella misma como una “noria” de continuas migrañas, dolor persistente y fatiga crónica, lo que ha implicado frecuentes interrupciones laborales.
A estas pruebas se suma una carga personal significativa: tras el fallecimiento de su padre y hermanos, Estrella se ha convertido en la única cuidadora de su madre, de 90 años. A pesar de las dificultades en el habla, una secuela de su enfermedad, su devoción a su madre es inquebrantable, expresando: “Mamá es primero y luego soy yo”. Atribuye a su madre el haberle inculcado una fe profunda, que con el tiempo la llevó a plantearse una pregunta recurrente en su interior: “¿Por qué no puedo ofrecer esto y ayudar?”. Esta búsqueda de sentido y trascendencia en su sufrimiento fue el catalizador de su vocación.
Fue a través de la televisión que Estrella descubrió la existencia de la Unión de Enfermos Misioneros. Este hallazgo resonó profundamente con su anhelo de dar propósito a su dolor. Desde entonces, ha asumido la tarea de rezar y ofrecer sus padecimientos por los misioneros de todo el mundo, por la conversión de los corazones y por el florecimiento de nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas.
Cuando se le pregunta sobre cómo se siente, la respuesta de Estrella Zorita es contundente y llena de serenidad: “Feliz. Estoy en manos de Dios. Cuando él quiera, como quiera”. Su ofrecimiento, dice, es para “ayudar a este mundo tan necesitado, que haya una conversión de corazones en todo el mundo y que crean en Él”. Esta perspectiva de entrega total a la voluntad divina es un pilar fundamental en su vida.
Estrella insiste en la importancia de “encajar” la enfermedad, reconociendo que no siempre es un camino fácil, como lo atestigua su propia experiencia. Sin embargo, cada día encuentra motivos para la gratitud, especialmente por tener a su madre a su lado. Su testimonio no busca la autocomplacencia, sino la invitación. “No soy mejor que nadie”, afirma, “simplemente soy feliz porque estoy cumpliendo lo que Dios quiere. Soy feliz en mi noria”. Con esta frase, Estrella Zorita extiende una poderosa invitación a otros que padecen, animándolos a encontrar en la fe y el apostolado de la Unión de Enfermos Misioneros una fuente de alegría y significado, transformando la adversidad en un don para el mundo.





