Cada año, la Iglesia católica celebra la Solemne Ascensión del Señor, un acontecimiento que marca la culminación del ciclo pascual y el regreso de Jesucristo al Reino de los Cielos, cuarenta días después de su gloriosa Resurrección. Esta festividad, que tradicionalmente tiene lugar el Séptimo Domingo de Pascua, no solo conmemora el ascenso físico de Jesús, sino que también subraya su victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, elevando la naturaleza humana a una nueva condición divina. La Ascensión es un pilar fundamental de la fe cristiana, un puente entre la presencia terrenal de Cristo y su futura manifestación a través del Espíritu Santo.
El relato de este trascendental suceso se encuentra detallado en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 1-11). Tras su Resurrección, Jesús pasó cuarenta días instruyendo a sus discípulos sobre el Reino de Dios. En el momento de su partida, mientras se hallaban reunidos, los apóstoles aún albergaban expectativas terrenales, preguntando si en ese momento restablecería la soberanía de Israel. Con paciencia, Jesús reorientó su visión, indicándoles que no les correspondía conocer los tiempos o las fechas que el Padre había fijado con su propia autoridad. En cambio, les prometió el poder del Espíritu Santo, que descendería sobre ellos para convertirlos en sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”.
Acto seguido, ante la mirada atónita de sus seguidores, Jesús fue elevado al cielo, hasta que una nube lo ocultó de su vista. Mientras los discípulos continuaban mirando fijamente hacia el cielo, dos figuras vestidas de blanco —ángeles— aparecieron y les interpelaron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Ese mismo Jesús, que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, así vendrá de nuevo, del mismo modo que le habéis visto irse al cielo”. Este mensaje no solo confirmó la futura venida de Cristo, sino que también sirvió como un llamado a la acción, a dejar de lado la contemplación pasiva para enfocarse en la misión evangelizadora que se les había encomendado.
La Ascensión, lejos de ser un abandono, representa una transición esencial en la relación de Jesús con la humanidad. Al regresar al Padre, el Señor no deja desamparados a sus seguidores, sino que prepara el camino para la venida del Espíritu Santo, el Paráclito, quien los fortalecerá y guiará en la proclamación del Evangelio. Este evento es el cierre del ciclo redentor que inició con la Encarnación, marcando el momento en que la naturaleza humana, ya redimida, es elevada y glorificada en Cristo ante el Padre.
Complementariamente, el Evangelio según San Mateo (Mt 28, 16-20) narra otra aparición post-resurreccional en un monte de Galilea. Aquí, Jesús se presenta ante sus once discípulos. Algunos, a pesar de haber sido testigos de innumerables milagros, aún experimentaban dudas y temor, un reflejo de la inherente fragilidad humana. Fue en este escenario donde Jesús les confió la “Gran Comisión”, un mandato que resonaría a través de los siglos: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Este pasaje resalta no solo el poder ilimitado de Jesús, sino también la universalidad de la misión encomendada a la Iglesia. No hay espacio para el desánimo; la presencia constante de Dios, Uno y Trino, asegura el éxito de la evangelización “hasta el fin del mundo”. Es una llamada a anunciar y dar testimonio de Cristo sin temor, confiando en la promesa de su compañía perpetua.
Reflexionando sobre la profunda trascendencia de este momento, el Pontífice San Juan Pablo II, en su Audiencia General del 10 de mayo de 2000, describió la aparición en Galilea como una “solemne epifanía de Cristo”. Para el Santo Padre, este evento no fue solo una revelación, sino también un reconocimiento de la autoridad de Jesús y la confirmación de la misión de la Iglesia. San Juan Pablo II destacó cómo el Resucitado, en la plenitud de sus poderes salvíficos, otorgó a la Iglesia el mandato de “anunciar el Evangelio, bautizar y enseñar a vivir según sus mandamientos”, haciendo énfasis en la fórmula trinitaria del bautismo como el corazón de esta encomienda divina.
La Solemnidad de la Ascensión del Señor, por tanto, no es una mera conmemoración histórica. Es una invitación perpetua a la comunidad de creyentes a mirar más allá de lo terrenal, a comprender la glorificación de Cristo y, simultáneamente, a asumir con renovado vigor la misión de llevar su mensaje de salvación a cada rincón del planeta. Es la promesa de que, aunque Jesús ya no esté físicamente presente, su Espíritu vive y actúa en su Iglesia, guiándola y capacitándola para ser sus testigos hasta su glorioso regreso. Los fieles son llamados a ser herederos de esa fortaleza y a proclamar el Evangelio con valentía, confiados en la promesa de que “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.








