25 marzo, 2026

En un evento que fusiona historia y fe contemporánea, miembros de la Guardia Nacional Cristera (GNC) se congregaron a inicios de noviembre de 2025 en el emblemático Cerro del Cubilete, Guanajuato, México. Esta peregrinación, enmarcada en su Asamblea Anual, no solo rindió homenaje a la memoria de santos mártires mexicanos con la veneración de sus reliquias, sino que también reafirmó la evolución de la organización desde sus raíces militares hasta una renovada misión de “combate espiritual” en el siglo XXI.

Casi un siglo después de su fundación por el General Enrique Gorostieta, la Guardia Nacional Cristera ha redefinido su propósito. Integrada actualmente en la Dimensión Episcopal para los Laicos (DELAI) de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), sus dirigentes afirman que la contienda moderna “ya no es física, sino espiritual.” Juan José Ramírez, secretario general de la GNC, explicó que, aunque la brutal represión de la libertad religiosa que caracterizó al gobierno de Plutarco Elías Calles a principios del siglo XX es parte de la historia, “la hostilidad persiste a través de diversas formas.” Ramírez señaló la sorprendente vigencia de los escritos del Beato Anacleto González Flores, conocido como el “Sócrates tapatío” y mártir, cuyas palabras “a veces parecen haber sido escritas ayer y no hace un siglo.”

**Orígenes y el Legado de la Cristiada**

La Guardia Nacional Cristera fue fundada en 1928 por el General Enrique Gorostieta, una figura central en la gesta cristera iniciada en 1926, edificando sobre los cimientos de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa. Esta organización llegó a contar con decenas de miles de integrantes que se opusieron al ejército federal, el cual perseguía y asesinaba a laicos y sacerdotes católicos. Gorostieta, en una carta citada por el historiador franco-mexicano Jean Meyer en su obra “La Cristiada,” describió a la Guardia como “el pueblo mismo; es la institución que en el pasado y en el presente de esta lucha se ha hecho solidaria de la ofensa inferida al pueblo mexicano, en un tiempo indefenso, por mexicanos traidores.”

El conflicto conocido como la Guerra Cristera o Cristiada se desencadenó con la entrada en vigor, el 31 de julio de 1926, de la “Ley sobre delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa,” popularmente llamada “Ley Calles.” Las severas restricciones a la práctica de la fe impuestas por esta ley llevaron a los obispos mexicanos a suspender el culto público. La respuesta gubernamental fue una escalada de violencia, atacando templos católicos y persiguiendo a los fieles hasta el martirio. En este contexto, grupos de católicos, principalmente en estados como Jalisco, Guanajuato y Michoacán, tomaron las armas. Ramírez enfatiza que este periodo es mejor entendido como una “resistencia cristera,” una reacción y el “último recurso” ante el acoso de las autoridades, no una provocación inicial del pueblo católico.

La Cristiada, que formalmente se extendió hasta junio de 1929 con los “Arreglos” entre autoridades federales y eclesiásticas, cobró miles de vidas. La Conferencia del Episcopado Mexicano estima que “más de 200 mil mártires entregaron sus vidas defendiendo su fe,” al grito de “¡Viva Cristo Rey!” Sin embargo, la persecución militar no cesó de inmediato. Meyer documenta en “La Cristiada” que “todos los antiguos cristeros dicen: ‘Han muerto más después de los ‘arreglos’ que durante la guerra’.” El General Jesús Degollado Guízar, sucesor de Gorostieta, reactivó la Guardia Nacional Cristera en la década de 1950, y la organización se mantiene activa hasta la fecha, con aproximadamente 2,500 integrantes distribuidos por el territorio mexicano.

**Integración y Reconocimiento Eclesiástico**

A pesar de las complejidades históricas y los desencuentros entre algunos combatientes cristeros y obispos de la época, la actual Guardia Nacional Cristera ha logrado una plena integración en las estructuras de la Iglesia en México. Esta cercanía se ha forjado bajo la guía de Mons. Víctor Alejandro Aguilar, Obispo de Celaya y presidente de la Dimensión Episcopal para los Laicos. Juan José Ramírez expresó profundo agradecimiento por esta colaboración, que les ha permitido sumarse a diversas organizaciones laicas católicas y ha brindado “enseñanzas fabulosas.” Asimismo, el Arzobispo de San Luis Potosí, Mons. Jorge Alberto Cavazos Arizpe, desempeña un rol crucial como capellán general de la GNC.

El reconocimiento de la jerarquía eclesiástica es claro. A principios de 2025, Mons. Ramón Castro Castro, Obispo de Cuernavaca y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, envió un mensaje de “bendición y agradecimiento” a la Guardia Nacional Cristera. El prelado los calificó como “memoria viva de una historia tan importante en nuestro querido país,” destacando su labor en mantener “la conciencia de lo que es y de lo que significa la historia” de la gesta cristera. Mons. Castro Castro enfatizó que el Episcopado no busca que el centenario sea solo un acto de nostalgia, sino una oportunidad para “sembrar la conciencia de lo que significa ser un verdadero discípulo del Señor,” deseando que “este centenario también renueve los corazones de todos los católicos.”

**El Rol Decisivo de las Mujeres en la Cristiada**

Un capítulo fundamental y a menudo subestimado de la Cristiada es el papel de las mujeres. Las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco, vinculadas a la GNC, son herederas de esta tradición. María del Rocío Contreras, actual jefa de las Brigadas, afirmó categóricamente que “la Cristiada no se podría entender, no podría haber existido sin el papel tan importante y decisivo de la mujer.”

Contreras relató que las predecesoras de las Brigadas fueron las “Damas Católicas,” quienes emergieron antes del periodo más violento de la persecución. Su labor inicial se centró en la caridad y la resistencia pacífica. Para 1927, María Guadalupe Goyas y Luis Flores González fundaron las Brigadas Santa Juana de Arco, operando en un secretismo absoluto. Su sofisticada organización les permitió proveer “casas de seguridad para los sacerdotes, refugios clandestinos,” además de alimentar a soldados y actuar como enfermeras. También gestionaron las finanzas, realizando colectas y vendiendo sus pertenencias para proveer recursos económicos. Una impresionante “red de mensajería” y “agentes encubiertos” completaron su labor, transportando información e incluso armas entre los grupos cristeros. Lo que comenzó como un pequeño grupo de 16 o 17 mujeres, creció rápidamente a 17,000, operando eficazmente “desapercibidas” porque “las subestimaron.”

Hoy, las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco han transformado sus labores de guerra en una “batalla contra la indiferencia y el olvido de nuestras raíces cristianas.” María del Rocío Contreras las describe como “herederas de una valentía silenciosa, pero eficaz,” señalando que el desafío actual “no es esconderse en cuevas para ir a Misa, sino tener la valentía de decirse católico en un mundo que a veces parece rechazar a Dios.” Contreras, con raíces cristeras en Zacatecas, considera su participación un honor y “una deuda que tenemos con todos nuestros abuelos y bisabuelos.”

**Semilla de Nuevas Conversiones y el Futuro de la Fe**

Para Juan José Ramírez, la meta primordial de la Guardia Nacional Cristera en el siglo XXI no es la nostalgia, sino la conversión. “Podemos hacer mil Misas, cabalgatas, horas santas, lo que tú quieras, pero si no logramos un acercamiento a Dios Nuestro Señor, empezando por nosotros mismos, nuestra labor sería muy floja,” sentenció. Ramírez destaca cómo la devoción a figuras como San Pedro Esqueda o San José Sánchez del Río está atrayendo a personas alejadas de la fe de regreso a los sacramentos, citando la frase del mártir Pedro Esqueda: “Dios me trajo, Dios sabrá,” para resumir su propia trayectoria en la Guardia.

A las puertas del centenario de la gesta cristera, la Guardia Nacional Cristera busca que el sacrificio de los mártires mexicanos continúe siendo, como afirmaba Tertuliano, “semilla de nuevos cristianos.” Ramírez concluyó invitando a los laicos a abrazar esta “riqueza espiritual importante” y a no temer dar testimonio público de su fe, reafirmando que “esta historia te atrapa.” La peregrinación al Cerro del Cubilete simboliza así un puente entre un pasado de heroísmo y un futuro de renovada evangelización en México.

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