5 marzo, 2026

Cada 17 de febrero, la Iglesia Universal conmemora la memoria de los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María, conocidos popularmente como los “servitas”. Esta fecha no solo honra a un grupo de hombres que renunciaron a las comodidades del mundo para buscar la santidad, sino que celebra el nacimiento de una de las congregaciones más influyentes en la devoción mariana y el servicio a los afligidos. Su legado, que comenzó en el siglo XIII en la vibrante y próspera Florencia, Italia, continúa resonando a través de los siglos, inspirando a incontables fieles con su ejemplo de fe, penitencia y dedicación inquebrantable a la Santísima Virgen María.

**Un Llamado Divino en la Florencia del Siglo XIII**

La historia de los **Santos Fundadores Servitas** se gesta en un contexto fascinante de fervor religioso y ebullición social. En la primera mitad del siglo XIII, Florencia era un crisol de actividad comercial y cultural, pero también de profundas inquietudes espirituales. Es en este escenario donde siete jóvenes, todos ellos prósperos mercaderes de distinguidas familias florentinas, sintieron un llamado que trascendía las riquezas y el prestigio mundano. Inspirados por el florecimiento de las órdenes mendicantes, como los franciscanos y dominicos, estos amigos comenzaron a congregarse con un propósito común: una vida dedicada a la contemplación y al servicio de Cristo, siguiendo el modelo de María.

Los siete, que ya formaban parte de una cofradía laica conocida como los “Laudesi” (o Laudenses), donde cultivaban una profunda piedad filial hacia la Virgen, se encomendaron a Ella con la esperanza de que fuera su guía y protectora en un camino espiritual más radical. Fue el 15 de agosto de 1233, festividad de la Asunción de María, cuando se relata un evento trascendental: una aparición de la Madre de Dios, quien les exhortó a renunciar por completo al mundo y a consagrarse al servicio de su Hijo y de los más necesitados. Este encuentro selló su destino y marcó el inicio formal de su extraordinaria vocación.

**De Mercaderes a Ermitaños: El Retiro en Monte Senario**

Con una fe inquebrantable, los siete florentinos respondieron al llamado divino con acciones concretas y radicales. Buonfiglio dei Monaldi (San Bonfilio), Giovanni di Buonagiunta (San Bonagiunta), Bartolomeo degli Amidei (San Amadeo), Ricovero dei Lippi-Ugguccioni (San Hugo), Benedetto dell’Antella (San Maneto), Gherardino di Sostegno (San Sosteño) y Alesio de Falconieri (San Alejo) distribuyeron todas sus posesiones entre los pobres y se retiraron a la austera soledad del Monte Senario, una elevación cercana a Florencia. Allí, construyeron una ermita y una pequeña iglesia, eligiendo una vida de estricta penitencia, oración y trabajo manual. Su ejemplo de renuncia y entrega rápidamente captó la atención de la población local, que acudía a ellos en busca de consejo y consuelo espiritual.

La fama de santidad de estos ermitaños creció exponencialmente. El Sumo Pontífice, al conocer su virtuoso obrar, les convocó con una petición: que se ordenaran sacerdotes para servir mejor a la Iglesia. Con una humildad profunda, todos aceptaron la ordenación, excepto uno: San Alejo Falconieri. El más joven del grupo, San Alejo, prefirió mantenerse en la condición de “hermano lego”, dedicándose a las tareas más humildes y demostrando que el servicio a Dios no requiere necesariamente el sacerdocio, sino un corazón entregado.

**El Nacimiento Formal de la Orden Servita y su Expansión**

El año 1239 fue crucial para la consolidación de su misión. Una vez más, la Virgen María se manifestó a los siete, instruyéndolos para que adoptaran las reglas de San Agustín para la vida en común, que proporcionaban una estructura sólida para su comunidad. Además, les mostró el hábito que debían vestir: de un sobrio color gris oscuro, simbolizando la Pasión de su Hijo. Así nació oficialmente la **Orden de los Siervos de María**, o **Servitas**, con una clara misión de devoción a la Madre de Dios y un compromiso inquebrantable con el servicio a la Iglesia y a los más necesitados.

La impronta de la Orden se extendió con sorprendente rapidez. Para el año 1240, los **Servitas** ya eran conocidos más allá de Florencia, fundando nuevos conventos e iglesias y atrayendo a numerosos jóvenes que deseaban unirse a su carisma. La característica distintiva de los **Siervos de María** era su profunda veneración por la Santísima Virgen, su vida de retiro y soledad, y su disposición a acoger y consolar a quienes sufrían. Muchos acudían a ellos en busca de guía espiritual, encontrando en su humildad y sabiduría un refugio seguro. Los **Fundadores de la Orden de los Siervos de María** mostraron que la renuncia a las glorias terrenales abría las puertas a una riqueza espiritual inestimable, haciendo crecer a la Iglesia en oración y unidad.

**Desafíos y Reconocimiento Pontificio**

A pesar de su crecimiento y la admiración que generaban, la Orden enfrentó un serio obstáculo en el Concilio de Lyon de 1247. En un intento de reformar y consolidar la vida religiosa, el Concilio decretó la supresión de muchas órdenes mendicantes. La Orden de los Siervos de María estuvo al borde de la disolución, una amenaza que puso a prueba su fe y perseverancia. Sin embargo, la Providencia Divina actuó a través de San Filippo Benizi, quien más tarde sería el quinto prior general de los **Servitas**. Su habilidad diplomática y su incansable labor ante la autoridad pontificia fueron cruciales para obtener el reconocimiento papal, salvando a la joven Orden de su inminente desaparición.

Finalmente, fue en el año 1304 cuando la Santa Sede otorgó el reconocimiento oficial y definitivo a los **Siervos de María**, gracias a la diligencia del Papa Benedicto XI. Este acto selló su lugar dentro de la estructura eclesial y les permitió continuar su misión con pleno respaldo.

**Legado y Canonización**

La conmemoración de los **Santos Fundadores Servitas** se establece el 17 de febrero, una fecha cargada de simbolismo, ya que fue el día en que falleció el último de los siete, San Alejo Falconieri, en el año 1310, alcanzando la venerable edad de 110 años. Su larga vida fue un testimonio viviente de humildad y servicio incansable. Casi seis siglos después, el 15 de enero de 1888, el Papa León XIII canonizó conjuntamente a los siete padres fundadores, un acto que ratificó su santidad y su trascendental contribución a la Iglesia.

Hoy, la Orden de los Siervos de María sigue activa en el mundo, perpetuando el carisma de sus fundadores: la devoción a la Santísima Virgen, la vida comunitaria inspirada en San Agustín, y el servicio a los hermanos, especialmente a los que sufren. La historia de estos siete mercaderes florentinos, que se convirtieron en **Santos Fundadores** por su radical entrega a Dios y a la Madre de Cristo, sigue siendo un faro de esperanza y un recordatorio del poder transformador de la fe y la obediencia al llamado divino.

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