JERUSALÉN Y BELÉN, TIERRA SANTA – La escalada del conflicto en Oriente Medio amenaza, por cuarto año consecutivo, la celebración de la Semana Santa en Tierra Santa, un periodo de profunda significación religiosa y vital para las comunidades cristianas locales. Desde el corazón de esta región convulsa, Eduardo Moreno, un misionero laico español originario de la Diócesis de Albacete, ofrece un crudo testimonio de la realidad diaria, el agotamiento psicológico y el devastador impacto económico que vive la población, con Jerusalén y Belén en el epicentro de la tensión.
Moreno, quien llegó a la región el pasado mes de octubre para colaborar con un hogar de acogida para niños con discapacidad en Belén, bajo la misión del Patriarcado Latino de Jerusalén, describe una situación donde la vida se ha transformado radicalmente. Su relato a ACI Prensa, recogido en esta nota, subraya la resiliencia y la desesperación de una tierra que anhela paz. El misionero permanecerá en la zona “hasta que Dios quiera”, evidenciando su compromiso inquebrantable.
**Contrastes de la vida bajo la amenaza bélica**
Aunque en los últimos días Moreno no ha podido desplazarse a Belén, las religiosas del hogar de acogida le han transmitido una imagen de aparente “normalidad” entre los niños. “Las hermanas me han dicho que los niños están un poco acostumbrados a esta situación y que cuando suenan las sirenas lo llevan con cierta naturalidad, entre comillas. No se ponen nerviosos y gracias a Dios lo llevan más o menos bien”, detalla. En la ciudad natal de Jesús, la vida “no ha cambiado tanto” desde el estallido de la guerra; los colegios permanecen cerrados, pero la actividad en las calles es casi la habitual, en contraste con la paralización de Jerusalén.
La capital, en cambio, presenta un panorama desolador: “sí que está todo cerrado o casi todo cerrado”, explica Moreno. “Hay supermercados abiertos, pero los restaurantes e incluso las iglesias en la Ciudad Vieja están prácticamente todas cerradas”. Pese a que Belén y Jerusalén no son objetivos directos de las acciones bélicas, los “daños colaterales” son una constante. Cuando los misiles sobrevuelan, son interceptados por el sistema de defensa israelí, conocido como la Cúpula de Hierro. “Prácticamente revientan sobre nosotros en Jerusalén y en Belén. A veces caen esquirlas, caen pedazos de misiles, que eso también es muy peligroso”, advierte el misionero, destacando el riesgo físico inherente.
**El agotamiento psicológico: una carga invisible**
Más allá de los peligros físicos, Eduardo Moreno subraya un factor que considera quizás el más devastador: el agotamiento psicológico. “Quizás lo peor sea un poco el agotamiento psicológico que esto genera”, confiesa. El misionero lo experimentó de primera mano el pasado sábado 14 de marzo, cuando se registraron dos alarmas en menos de dos horas. “Los estruendos de las explosiones en el cielo han sido bastante fuertes, que tiembla un poco todo. Y bueno, pues eso asusta un poco”, relata.
Cuando las alarmas se activan en los teléfonos móviles, la población debe buscar refugio. Sin embargo, ni en la antigua Jerusalén ni en Belén existen refugios adecuados. Afortunadamente, las construcciones tradicionales de piedra y bóveda ofrecen una mayor resistencia que los edificios modernos. Esta constante alerta y la incertidumbre de no saber cuándo ni cómo terminará el conflicto, pasan una factura emocional profunda en todos los habitantes.
**Peregrinaciones y Santo Sepulcro: el latido económico y espiritual paralizado**
El misionero se muestra especialmente preocupado por la drástica caída de las peregrinaciones y el cierre del Santo Sepulcro, epicentro de la fe cristiana y motor económico vital para los cristianos locales. “Primero la pandemia, como hemos tenido todos en todo el mundo, pero luego también el problema en Gaza hizo que en estos últimos años hubiera muy poquitos peregrinos”, recuerda.
Justo antes de la reciente escalada, “estaba arrancando otra vez de nuevo toda la actividad, con todos los turistas, los peregrinos”. Moreno describe un breve momento de esperanza: “Tres o cuatro días antes de que empezase esta guerra, yo estaba en Jerusalén paseando por la Ciudad Vieja y en la calle de Christian Quarter Street, que es una de las calles que llevan al Santo Sepulcro, por primera vez ese día vi todas las tiendas abiertas que hacía mucho, mucho, mucho tiempo que no se veían”. Su alegría fue efímera: “Y dije, ¡ah, mira qué alegría volver otra vez a tener vida en Tierra Santa! Porque esta pobre gente vive de esto. Y tres días después, lamentablemente, pues otra vez todo desierto”, lamenta el misionero.
“En Jerusalén las calles ahora son desierto. Y esto, pues cansa mucho, agota mucho a todo el mundo. Psicológicamente, el no tener vida agota mucho, el no tener trabajo agota mucho. Es una situación que desespera, desespera mucho. No sabemos cuándo va a terminar esto ni de qué modo”, reitera Moreno, enfatizando la desesperanza generalizada.
Desde el estallido del conflicto, el Santo Sepulcro permanece cerrado a visitas externas. “No se puede visitar y, por lo tanto, no sabemos ni siquiera si se va a poder celebrar allí esta Semana Santa”, advierte Eduardo. Aunque se mantienen las celebraciones internas de los frailes y las comunidades que residen dentro, estas se realizan a puerta cerrada, invisibles para el mundo exterior y sin el aporte económico de los peregrinos. Los últimos tres años ya vieron canceladas las celebraciones callejeras de Semana Santa, un golpe demoledor para las familias que dependen de ellas.
A pesar de las circunstancias, Moreno atesora un recuerdo inspirador: “Aun así, el año pasado me quedé conmocionado de ver la alegría con la que la gente local celebraba la resurrección. Fue una de las cosas más bonitas que yo he vivido nunca”, rememora, destacando la profunda fe y resiliencia de la comunidad.
**Un llamado a la oración y la comprensión**
El misionero concluye su testimonio con una reflexión profunda sobre las múltiples facetas del sufrimiento. “Quizás al decir estas cosas, cuando hay bombardeos y gente que lo está pasando verdaderamente mal, y hay fallecidos, heridos y pérdidas materiales, peco de que pueda sonar un poco frívolo. Pero también hay que acordarse de los que están sufriendo de esa otra cara, que es la de no tener rutina, no tener normalidad y no tener celebración y alegría de vida”.
Ante este panorama desolador, Eduardo Moreno lanza una súplica: “Lo único que podemos hacer es rezar por la paz”. Su esperanza es que “esta bendita tierra en algún momento tenga un tiempo de cordura y de paz, en el que la gente pueda vivir y pueda hacer su vida, que al fin y al cabo es lo que todos queremos”. La Semana Santa en Tierra Santa se vislumbra una vez más bajo la sombra de la incertidumbre, pero la fe y la esperanza en la paz persisten entre quienes la habitan.








