10 mayo, 2026

La Iglesia Universal, bajo el pontificado del Papa León XIV, culmina hoy, 10 de mayo de 2026, el recorrido del Sexto Domingo de Pascua. Han transcurrido cinco semanas desde la gloriosa celebración de la Resurrección de Jesucristo, y los fieles se adentran en la fase final de la “Cincuentena” pascual, un tiempo litúrgico marcado por la profunda reflexión sobre el don de la fe y la esperanza inquebrantable en las promesas divinas. Esta jornada litúrgica nos invita a meditar sobre la inminente partida de Jesús al Padre y la certeza de su presencia a través del Espíritu Consolador, asegurando que sus discípulos jamás quedarán desamparados.

El domingo anterior, la comunidad cristiana profundizó en la revelación que Jesús hace del Padre y en la proximidad de su retorno a Él. Si bien Jesús se prepara para volver a la Casa del Padre, no hay motivo para la aflicción o el temor entre sus seguidores. Una promesa central resuena: la llegada del Paráclito, el Espíritu Santo, quien no solo revelará toda verdad, sino que también perpetuará la paz en los corazones de los creyentes. Tal como lo afirmó Jesús durante la Última Cena: «Les dejo la paz, les doy mi paz» (Juan 14, 27). Esta paz no es la que ofrece el mundo, sino una paz profunda que trasciende las tribulaciones y permanece como un ancla en la vida de quienes confían en Él.

El coro del Salmo Responsorial de este día proclama con alegría: “Las obras del Señor son admirables. ¡Aleluya!”. Esta exclamación de gozo es un eco de la profunda gratitud por las maravillas de Dios y una invitación a reconocer su mano en cada aspecto de la creación y la salvación. Acompañando este canto, resuena la voz de Jesús mismo: “No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes”. Esta afirmación es el corazón de la liturgia dominical, una declaración de amor incondicional y de fidelidad eterna. En consecuencia, la Iglesia llama a sus miembros a mantener una confianza absoluta en Cristo y a proclamar con fervor el motivo de su alegría al mundo entero, llevando la esperanza del Evangelio a cada rincón. Que cada día de esta semana esté impregnado de un jubiloso “¡Aleluya!”.

La lectura del Evangelio para el VI Domingo de Pascua se extrae del capítulo 14 del Evangelio según San Juan (Juan 14, 15-21). Este pasaje continúa el relato de las enseñanzas más íntimas y preciosas que Jesús legó a sus apóstoles. Gracias a la pluma inspirada del “discípulo amado”, la Iglesia tiene acceso a estas palabras con una precisión y una profundidad que han nutrido la fe de generaciones. En este fragmento, Jesús no solo expone los fundamentos de su relación con sus seguidores, sino que también revela la naturaleza de la Trinidad y el papel del Espíritu Santo.

Jesús enseña que el verdadero amor hacia Él se manifiesta en la obediencia a sus mandamientos. Esta no es una obediencia impuesta, sino una respuesta libre y amorosa a su llamado. En recompensa a este amor obediente, Jesús promete enviar al Espíritu Santo, al Paráclito —el Consolador—, quien no solo estará con sus discípulos, sino que habitará en ellos de manera permanente. Esta promesa transforma la relación de los creyentes con Dios, pasando de una interacción externa a una comunión íntima y constante. El Maestro asegura que nunca los abandonará y, aunque el mundo no podrá verlo a Él de la misma manera, sus discípulos sí lo experimentarán, porque Él vive y ellos también vivirán en Él. Finalmente, Jesús afirma que aquellos que lo aman serán amados por el Padre, y Él mismo se manifestará a ellos de una manera personal y profunda, y a través de ellos, a muchos otros. Este pasaje subraya la reciprocidad del amor divino y humano, y la misión evangelizadora que brota de esa relación.

Profundizando en este pasaje del Evangelio, el Papa Benedicto XVI, en una homilía pronunciada durante la Celebración Eucarística en la plaza Piłsudski en Varsovia el viernes 26 de mayo de 2006, reflexionaba de manera magistral. Sus palabras iluminan la conexión intrínseca entre la fe, la verdad y la práctica cristiana: «”Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 15-17). Con estas palabras Jesús revela la profunda relación que existe entre la fe y la profesión de la Verdad divina, entre la fe y la entrega a Jesucristo en el amor, entre la fe y la práctica de una vida inspirada en los mandamientos. Estas tres dimensiones de la fe son fruto de la acción del Espíritu Santo… Si confiamos en Cristo no perdemos nada, sino que lo ganamos todo». Esta poderosa reflexión de Benedicto XVI, que mantiene su vigencia, destaca cómo la fe no es meramente una creencia intelectual, sino una experiencia vivencial que abarca el amor, la obediencia y la transformación interior, todo ello impulsado por la gracia del Espíritu Santo.

El Evangelio según San Juan, en el fragmento citado (Jn 14, 15-21), nos presenta directamente las palabras de Cristo: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Consolador para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes. No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí lo verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”. Estas palabras constituyen un pilar fundamental de la teología cristiana sobre la relación entre Jesús, el Padre y el Espíritu Santo, y su manifestación en la vida de los creyentes.

En este Sexto Domingo de Pascua de 2026, la invitación es clara: confiar plenamente en la promesa de Jesús de enviar al Espíritu Santo, el Consolador. Es un llamado a vivir la fe no solo como una adhesión a dogmas, sino como una relación dinámica de amor y obediencia, en la que la presencia divina es una realidad constante. La Iglesia, siguiendo las enseñanzas de Cristo y la profunda exégesis de Papas como Benedicto XVI, reafirma que en la confianza en Jesús, no hay nada que perder y todo por ganar: paz, consuelo, verdad y una vida plena en el amor de Dios. La alegría del “¡Aleluya!” nos acompaña, recordándonos la victoria de Cristo y la esperanza de su eterna presencia.

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