Ciudad del Vaticano – El Papa León XIV, en su habitual alocución dominical previa al rezo del Ángelus, instó a los fieles a reflexionar sobre la insaciable sed de infinito que caracteriza al ser humano, enfatizando que ni la fama ni los bienes materiales pueden colmar este anhelo inherente. Desde el emblemático balcón del Palacio Apostólico, el Santo Padre subrayó que la verdadera paz y plenitud solo se encuentran en una conexión profunda con lo divino, aludiendo a la Creación de la humanidad con un propósito trascendente.
En el marco del quinto domingo de Cuaresma, la reflexión papal giró en torno al pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro, un evento milagroso que, según León XIV, simboliza de manera contundente la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte. Este suceso, agregó, es un poderoso anticipo del don de la vida eterna que los creyentes reciben a través del sacramento del Bautismo. El Pontífice recordó las palabras de Jesús a Marta, la hermana de Lázaro: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”, afirmando que este mensaje de esperanza y salvación resuena con igual fuerza para la humanidad contemporánea.
La liturgia cuaresmal, explicó León XIV, invita a los fieles a sumergirse en la antesala de la Semana Santa, reviviendo los momentos cruciales de la Pasión del Señor. Desde la triunfal entrada en Jerusalén hasta la Última Cena, el juicio, la crucifixión y el entierro, cada etapa, según el Papa, adquiere su significado más profundo y se ilumina plenamente a la luz de Cristo Resucitado. Es en Él, quien conquista la muerte y vive en nosotros por la gracia bautismal, donde estos acontecimientos alcanzan su culmen, ofreciendo la promesa de salvación y una vida en plenitud.
El mensaje del sucesor de Pedro también abordó la dinámica del mundo actual, que, a su juicio, parece embarcado en una búsqueda incesante de novedades y transformaciones. Esta búsqueda, observó, a menudo se produce a expensas de sacrificar elementos vitales como el tiempo, las energías, los valores y los afectos. El Papa señaló que la sociedad contemporánea parece creer erróneamente que la fama, las riquezas materiales, el entretenimiento efímero o las relaciones superficiales pueden saciar el espíritu humano o conferir algún tipo de inmortalidad.
Sin embargo, el Obispo de Roma advirtió que esta constante carrera por lo transitorio es, en realidad, un síntoma inequívoco de una profunda necesidad de lo infinito que yace en el corazón de cada persona. “Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él”, sentenció León XIV, haciendo eco de antiguas verdades espirituales. Esta declaración subraya la convicción de que la plenitud y la serenidad espiritual son inalcanzables fuera del ámbito de lo divino.
En este contexto, la narrativa de la resurrección de Lázaro se convierte en una poderosa metáfora y una invitación existencial. El Papa exhortó a los presentes y a todos los creyentes a escuchar atentamente esa profunda necesidad espiritual y, con la guía del Espíritu Santo, a liberar sus corazones. Esto implica despojarse de hábitos arraigados, condicionamientos externos y formas de pensar restrictivas que, metafóricamente, actúan como “grandes piedras” que nos confinan en el “sepulcro del egoísmo, el materialismo, la violencia y la superficialidad”. Lugares, recalcó el Pontífice, donde no hay vida, sino únicamente desorientación, insatisfacción crónica y una profunda soledad.
León XIV concluyó su homilía con un llamado vibrante y universal, resonando con el clamor de Jesús a Lázaro: “¡Ven afuera!”. Este imperativo divino, explicó, es una invitación a salir, renovados por la gracia transformadora de Cristo, de esos “espacios angostos” que aprisionan el espíritu. Es una exhortación a caminar en la luz del amor, a emerger como mujeres y hombres nuevos, capaces de cultivar la esperanza y amar según el modelo de la caridad infinita de Jesús, sin cálculos ni limitaciones.
Finalmente, el Santo Padre elevó una plegaria a la Virgen María, pidiendo su intercesión para que los fieles puedan vivir estos “días santos” con la misma fe inquebrantable, confianza profunda y fidelidad inquebrantable que la Madre de Dios demostró. Solo así, concluyó, se podrá renovar diariamente en cada corazón la experiencia luminosa y vivificante del encuentro personal con su Hijo resucitado, transformando la existencia y abriendo camino a la paz duradera.





