WASHINGTON D.C. — La Corte Suprema de Estados Unidos se encuentra en el epicentro de un debate crucial que podría redefinir drásticamente el acceso al asilo en el país, impactando a miles de migrantes que buscan refugio en sus fronteras. En una sesión intensa celebrada el pasado 24 de marzo, el máximo tribunal escuchó argumentos en el caso *Noem v. Al Otro Lado*, centrándose en una cuestión fundamental que divide a la nación: ¿cuándo comienza exactamente el derecho a solicitar asilo según la Ley de Inmigración y Nacionalidad? La resolución de este enigma legal, prevista para julio, tendrá repercusiones profundas para la política migratoria y la vida de quienes huyen de la persecución.
El corazón de la disputa legal radica en la interpretación de dos preposiciones aparentemente sencillas: “arrives in” (llega a/en) y “arrives at” (llega a/en). La ley actual establece que una persona puede solicitar asilo si “llega” a Estados Unidos, pero la ambigüedad en la traducción y el uso de estas preposiciones ha generado una brecha interpretativa con consecuencias monumentales. Mientras que una lectura sugiere que el asilo se puede pedir una vez que el solicitante pisa territorio estadounidense, la otra implica que la solicitud debe iniciarse exclusivamente en un puerto de entrada oficial, dejando a miles en un limbo jurídico en la frontera.
Los jueces de la Corte Suprema escudriñaron minuciosamente el significado legal y lingüístico de estas frases. El presidente de la Corte, John G. Roberts Jr., y la jueza Amy Coney Barrett, insinuaron un respaldo a la interpretación defendida por la administración Trump, que favorecía la idea de que el asilo se solicita solo después de haber ingresado formalmente al territorio. Esta perspectiva, de prevalecer, otorgaría al gobierno una mayor discreción para controlar quién y cuándo puede acceder al proceso de asilo, limitando el cruce fronterizo con ese propósito.
Sin embargo, la jueza Sonia Sotomayor ofreció una contraargumentación enérgica, instando a sus colegas a considerar el contexto y el espíritu original de la ley. Sotomayor enfatizó que la legislación en cuestión fue concebida primordialmente para proteger a los refugiados de la persecución, subrayando la urgencia y la humanidad inherente a estas solicitudes. “Han llegado. Están llamando a la puerta”, expresó de forma contundente, destacando la inmediatez de la situación de los solicitantes y la obligación moral de escucharlos. Su postura busca reafirmar que el derecho a buscar protección no puede ser supeditado a tecnicismos geográficos cuando la vida está en juego.
Desde el ámbito de la defensa de los derechos de los migrantes, Nicole Elizabeth Ramos, abogada de Al Otro Lado, una organización clave en la asistencia legal y humanitaria en la frontera, argumentó apasionadamente contra la dilación en el procesamiento de las solicitudes. “No se le puede pedir a alguien que huye de una violación, tortura o amenazas de muerte que espere indefinidamente en peligro porque un gobierno ha decidido que sus vidas son inconvenientes”, manifestó Ramos, poniendo el foco en la vulnerabilidad extrema de quienes buscan asilo y los riesgos asociados a una espera prolongada en condiciones precarias en la frontera.
La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) también se ha pronunciado vehementemente sobre el tema. En un escrito amicus curiae presentado ante la Corte, la USCCB calificó la “política de devoluciones” –conocida también como “metering” o dosificación de entradas– no solo como una interpretación estatutaria errónea, sino como una “aberración histórica”. Esta práctica, implementada bajo la administración Trump y que implicaba limitar el número de solicitantes de asilo procesados diariamente en los puertos de entrada, dejó a miles de personas vulnerables varadas en campamentos improvisados en la frontera, a la intemperie y expuestas a peligros mientras intentaban legalmente solicitar asilo. Los obispos argumentan que la ley fue diseñada para prevenir tales situaciones y que la política de “metering” desvirtúa su propósito humanitario.
La administración Biden, al asumir el cargo en 2021, detuvo la política de “metering” en un esfuerzo por humanizar la gestión fronteriza. No obstante, la administración Trump, representada en la Corte por Vivek Suri, asistente del procurador general, defendió la práctica como una herramienta necesaria para gestionar la “demanda abrumadora” de ingreso en la frontera. Suri, ante una pregunta de la jueza Barrett, sugirió que su restablecimiento podría ser necesario si la situación en la frontera se volviera inmanejable. Este argumento subraya la tensión constante entre la necesidad de control fronterizo y la obligación de respetar los derechos de los solicitantes de asilo.
La imagen de campamentos improvisados, donde agentes de la Patrulla Fronteriza han negado el acceso a grupos mixtos, priorizando solo a mujeres, niños y familias, para luego trasladar a los hombres por separado, es un crudo recordatorio de la realidad en la frontera. Estas escenas son el telón de fondo de un debate legal que, lejos de ser meramente académico, tiene un impacto directo y palpable en la vida de personas que han abandonado todo en busca de seguridad.
La decisión final de la Corte Suprema, que se espera para el mes de julio, será un punto de inflexión para la política migratoria de Estados Unidos. Definirá no solo el alcance de la Ley de Inmigración y Nacionalidad, sino también la postura del país frente a las obligaciones humanitarias internacionales y la protección de los derechos humanos. El fallo determinará si el umbral del asilo se eleva aún más o si se reafirma un camino más accesible para aquellos que buscan desesperadamente refugio en suelo estadounidense. El mundo observa con atención la resolución de este dilema que pondrá a prueba los principios fundamentales de justicia y compasión.





