23 septiembre, 2026

El Papa durante la Audiencia General de este miércoles 23 de septiembre. Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

Durante su tradicional encuentro con los fieles en la plaza de San Pedro, el Obispo de Roma centró su intervención en el análisis del tercer capítulo de la primera parte de la Constitución pastoral Gaudium et Spes, un documento fundamental emanado del Concilio Ecuménico Vaticano II. Ante miles de peregrinos, el Pontífice reflexionó profundamente sobre el sentido último de la actividad humana y el desarrollo material de la sociedad a lo largo de la historia.

El valor del esfuerzo humano y el avance científico

El eje central de la catequesis giró en torno a una interrogante fundamental sobre el auténtico valor del progreso técnico, social y científico en el mundo contemporáneo. Para ilustrar la magnitud de esta evolución, el Santo Padre recordó que menos de cuatro años después de la clausura conciliar, exactamente en la noche comprendida entre el 20 y el 21 de julio de 1969, la humanidad alcanzó el hito histórico de pisar la Luna por primera vez.

En este sentido, el sucesor de Pedro destacó que el ser humano, al haber sido creado a imagen y semejanza del Creador, actúa como un auténtico agente del progreso. Gracias a sus facultades de libertad e inteligencia, la persona incrementa de manera constante sus conocimientos y impulsa el desarrollo de toda la sociedad. Como subraya el propio texto del Concilio, una gran cantidad de recursos que en el pasado se aguardaban de fuerzas superiores, hoy se obtienen mediante el esfuerzo propio.

La falsa dicotomía entre la fe y el desarrollo tecnológico

No obstante, el Papa advirtió que ciertos sectores intelectuales han interpretado este vertiginoso avance técnico y científico como un factor que debilita el vínculo de la persona con la divinidad, llegando incluso a catalogarlo como un elemento incompatible con la fe cristiana. Esta corriente de pensamiento predomina especialmente en aquellos ámbitos de la cultura occidental que han roto su conexión con la Revelación cristiana.

Bajo la perspectiva de los humanismos postcristianos, se suele contraponer erróneamente al ser humano con Dios, sugiriendo que la única forma de alcanzar la libertad y el conocimiento es mediante la emancipación de lo trascendente. Sin embargo, el Pontífice advirtió que al rechazar esta relación esencial, se desvanece igualmente el valor trascendente de la propia persona, configurando lo que el célebre teólogo Henri de Lubac definió en su momento como el drama del humanismo ateo.

La visión conciliar sobre la voluntad creadora

Para contrarrestar esta visión fragmentada, el magisterio de la Iglesia ofrece una postura sumamente clara a través de la propia Constitución pastoral. El documento afirma textualmente:

«Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34).

Asimismo, el texto conciliar añade con firmeza que los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio.

Santificar el trabajo cotidiano en el camino hacia la trascendencia

Durante su alocución, el Pontífice enfatizó que la creación se encuentra todavía en una fase de desarrollo, encomendada a las manos de hombres y mujeres para conducirla a su plenitud a través de una actividad sabia y responsable. Desde esta perspectiva teológica, el misterio de la Encarnación demuestra que el trabajo y el progreso no quedan anulados por el encuentro con lo divino, sino perfectamente asumidos e iluminados.

Para encontrar al Creador, los creyentes no necesitan apartarse de sus ocupaciones seculares, sino consagrar plenamente su labor diaria. El progreso temporal, aunque diferenciado del crecimiento del reino espiritual, posee un valor incalculable para ordenar de manera justa la convivencia humana. Finalmente, el Papa recordó que para garantizar un desarrollo verdaderamente humano y universal, todas las conquistas científicas y técnicas deben estar guiadas permanentemente por la caridad y orientadas a la defensa de los sectores más vulnerables de la sociedad.

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