El arzobispo caldeo de Erbil, Bashar Matti Warda, ha hecho un contundente llamado al recién electo Patriarca Caldeo Pablo III Nona para que preste su apoyo a Ankawa, la principal ciudad cristiana de Irak. La petición subraya la urgencia de que los habitantes de esta histórica localidad recuperen su capacidad de decisión sobre el futuro de su comunidad y su tierra, exigiendo una voz ante las autoridades regionales.
Ankawa, un distrito vital en la región del Kurdistán iraquí y parte de la archidiócesis de Erbil, alberga la mayor concentración de cristianos en todo el país. Su relevancia se ha visto reforzada tras años de desplazamiento y persecución, consolidándola como un refugio y un baluarte de la fe en un contexto de constantes desafíos.
La solicitud del arzobispo Warda fue formulada durante la ceremonia de bienvenida al Patriarca Nona en la Catedral de San José en Ankawa. El Patriarca Pablo III Nona, anteriormente Arzobispo Amel Shamon Nona, fue elegido en abril de este año e investido formalmente a finales de mayo en Bagdad. Su decisión de hacer de Ankawa la primera parada de sus visitas fuera de su eparquía patriarcal fue interpretada por el arzobispo Warda como un gesto claro y un mensaje de cercanía: “Están en mi corazón”.
**Raíces profundas y resiliencia en la fe**
El arzobispo Warda aprovechó la ocasión para recordar la milenaria historia cristiana de la región de Adiabene, que abarca la actual Erbil y sus alrededores, y la profunda resiliencia de su Iglesia. Esta comunidad ha sido cuna de líderes, mártires y ha persistido a través de siglos de persecución. Evocó la trágica masacre de 1310 en la ciudadela de Erbil, un evento que forzó a los cristianos a huir hacia Mosul y los pueblos de la llanura de Nínive. “Sin embargo, la fe no se extinguió”, afirmó el arzobispo, destacando la inquebrantable determinación de su pueblo.
Ankawa ha jugado un papel singular en esta narrativa de perseverancia. El arzobispo elogió a la ciudad por haber preservado su identidad cristiana a lo largo de los siglos, a pesar de las adversidades y la persecución. Ya en el siglo XVI, Ankawa se erigía como la única localidad de la zona con una significativa población cristiana. “En cada prueba que nuestra Iglesia sufrió, Ankawa fue un refugio cuyas puertas nunca se cerraron”, reiteró Warda, haciendo especial énfasis en el desplazamiento masivo de 2014.
**El refugio de 2014: Un faro de esperanza**
El año 2014 marcó un punto de inflexión con la ocupación de Mosul y las comunidades de la llanura de Nínive por la organización terrorista Estado Islámico (ISIS). Esta invasión provocó un éxodo masivo de cristianos, muchos de los cuales buscaron seguridad en la región del Kurdistán iraquí. Ankawa y los pueblos de la archidiócesis caldea de Erbil se convirtieron en los principales destinos de acogida.
En su última carta pastoral, el arzobispo Warda detalló cómo, en apenas unas semanas durante el verano de 2014, Ankawa abrió sus puertas a más de 13.200 familias desplazadas. Fueron alojadas en iglesias, escuelas, salones parroquiales y casas de beneficencia. La respuesta fue coordinada por el Comité Conjunto Episcopal de Ayuda y la Asociación Caldea de la Misericordia, quienes proveyeron alojamiento temporal, alimentos, agua y otros bienes esenciales en más de 26 campamentos. Los habitantes de Ankawa demostraron una generosidad excepcional, convirtiendo a su ciudad en un hogar seguro y la mayor concentración de cristianos en todo Irak.
**Desafíos actuales y la voz de la Iglesia**
Sin embargo, a pesar de su resiliencia y su papel histórico, Ankawa enfrenta hoy diversos desafíos en su desarrollo y gobernanza. Problemas como la insuficiente representación política y la deficiencia en los servicios públicos son una constante. Muchos residentes observan con preocupación cómo el uso de tierras agrícolas para proyectos de inversión residencial no solo amenaza los espacios verdes y cultivados, sino que también contribuye a un cambio demográfico. La proliferación de locales de ocio nocturno en zonas residenciales ha intensificado estas inquietudes, generando frustración, especialmente entre los jóvenes.
La Iglesia caldea lamenta que esta frustración se dirija en ocasiones hacia ella. El arzobispo Warda fue enfático al señalar que, desde 2011, la Iglesia ha sido excluida de las decisiones finales sobre los asuntos que conciernen a Ankawa y su futuro. Esta exclusión es, a su juicio, inaceptable, dado que la Iglesia es “la dueña de la tierra, la historia y la gente”. Asimismo, el arzobispo denunció la falta de nombramiento de un alcalde de distrito permanente durante casi un año y medio “por razones desconocidas”.
Warda afirmó que la verdad, a menudo oculta a quienes culpan a la Iglesia de indiferencia o complicidad, es que “nuestra exclusión como Iglesia fue deliberada, sirviendo a los intereses particulares de unos pocos beneficiarios a expensas del bienestar de la ciudad y el futuro de su gente”. Un testimonio que, según sus palabras, presenta “ante Dios y ante ustedes” para la historia.
**Un llamado a la unidad y la acción constructiva**
El líder eclesial exhortó a los jóvenes de la Iglesia, a quienes calificó como su “esperanza y futuro”, a mantener la unidad, trabajar con paciencia y perseverar en sus demandas. Subrayó que la legítima indignación por sí sola no es suficiente para construir un futuro. Animó a la comunidad, recordándoles que “nuestro padre, el patriarca, está con nosotros”, y expresó su confianza en que “la verdad llegará a conocimiento del Gobierno Regional del Kurdistán, que desea sinceramente la supervivencia y el florecimiento de los cristianos”.
Lejos de la pasividad, el arzobispo Warda enfatizó que la Iglesia ha trabajado incansablemente para servir a su pueblo de manera práctica y eficaz. Destacó “logros alcanzados a pesar de las circunstancias, no gracias a ellas”. Subrayó la importancia de dejar que “los hechos hablen por nosotros, no las palabras”.
Entre las iniciativas de la archidiócesis, mencionó programas catequéticos para todas las edades, activas pastorales juveniles que ayudan a los jóvenes a permanecer arraigados a su fe y a su tierra, la construcción de cuatro nuevas iglesias (tres de ellas en Ankawa), así como cuatro escuelas, una universidad, un hospital y Radio Maryam. Estas instituciones no solo ofrecen servicios esenciales, sino que también generan más de 800 oportunidades de empleo para los residentes cualificados de Ankawa, además de brindar asistencia a los más necesitados.
Con unos 75.000 cristianos de diversas confesiones —apostólicas, católicas, ortodoxas y evangélicas—, Ankawa se enfrenta a la compleja tarea de preservar su carácter religioso y salvaguardar su identidad histórica en un entorno de rápida transformación. La voz del arzobispo Warda, resonando con el apoyo del Patriarca Nona, busca asegurar que esta vibrante comunidad continúe siendo un pilar fundamental del cristianismo en Irak.








