1 octubre, 2022

Sábado del Tiempo de Navidad

 

I Jn 5, 14-21

Sal 149

Jn 3, 22-30

 

 

Una vez más, San Juan no sitúa ante una realidad: el pecado existe en nosotros y a nuestro alrededor, sobre todo, si el pecado consiste en rechazar a Dios y a su Hijo Jesús o bien, si existe una actitud de odio para con el hermano.

 

En la actualidad ha ido disminuyendo la conciencia sobre lo que es pecado. Hace algunos ayeres, muchos cristianos se quejaban de que todo lo que se podía realizar, se consideraba pecado. Hoy es al revés: nada parece pecado, todo es indiferente o relativo.

 

La advertencia que Juan nos hace es para ponernos en guardia, para tener conciencia sobre la realidad pecaminosa que existe a nuestro alrededor. Si en esta Navidad hemos experimentado la cercanía de Dios, su amor incondicional, no podemos renunciar a una vida basada en el bien, viviendo en el odio, en la oscuridad del pecado.

 

Que importante resultará que todos, desde pequeños, en la intimidad del hogar, vayamos formando la conciencia, sabiendo que existe el mal, que somos frágiles y vulnerables, que podemos caer tan fácilmente en la tentación, de que podemos fallar y rechazar el amor de Dios y al prójimo buscando únicamente mi satisfacción personal.

 

Esta Navidad que hemos celebrado, nos debe de impulsar a tener una actitud más positiva y una opción más clara por los valores cristianos, empeñándonos a permanecer en lucha contra el mal que se pueda presentar en mi vida. En la medida en que nos llenemos de Dios, podremos ir abandonando el pecado y creciendo en bondad y santidad.

 

Que mejor actitud a imitar que la de San Juan Bautista, el cual sabe que él no es la Palabra, sino la voz que clama en el desierto. El Bautista no se busca a sí mismo, sino que es testigo de Otro. Por ello, le prepara el camino y dirige a los discípulos hacia Él. Juan pudo cumplir con su misión ya que se encontraba lleno del Espíritu Santo. Igual pasará en nosotros: en la medida en que dejemos obrar al Paráclito en mi corazón, podré caminar por el camino del bien, evitando las ocasiones de pecado.

 

Preguntémonos: ¿busco cumplir con la voluntad de Dios, dejándome conducir por su Espíritu? ¿Opto por el camino del bien? ¿Busco ser el centro de mi vida, predicándome a mí mismo o le doy el lugar que le corresponde al Señor, siendo yo mensajero de su Buena Nueva? ¿Deseo que en mi vida triunfe el amor de Dios?

 

Estamos por terminar el tiempo de la Navidad y nuestro corazón no puede seguir como antes, nuestra vida tiene que ser redireccionada: se debe de notar más la esperanza en el Señor; debemos de reflejar la alegría por haber sido llamados de las tinieblas a la luz admirable; tenemos que manifestar al mundo un amor más grande y puro para Dios y el hermano.

 

Y en ti: ¿qué vino a cambiar la Encarnación del amor? ¿Qué fue transformado en tu vida para manifestar a todos la grandeza del Señor que vino para salvarnos?

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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