En las orillas serenas del lago de Tiberíades, en la histórica región de Galilea, se asienta Cafarnaúm, un sitio arqueológico de trascendental importancia, reverenciado por millones como “la ciudad de Jesús”. Este enclave, donde la huella del Nazareno se manifiesta de forma palpable, ofrece a peregrinos y estudiosos una ventana inigualable a los orígenes del cristianismo. Fray Francesco Patton, Excustodio de Tierra Santa, ha dedicado años a la salvaguarda y difusión de su riqueza histórica y espiritual, guiando a los visitantes a través de sus ruinas ancestrales para conectar con un pasado que sigue resonando en el presente.
El emplazamiento de Cafarnaúm, a unos 210 metros bajo el nivel del mar, en la ribera noroeste del lago, no fue una elección fortuita para Jesús. Tal como subraya Fray Patton, en un artículo divulgado por Vatican News, la decisión de dejar Nazaret, una aldea montañosa y aislada, para establecerse en Cafarnaúm, respondía a una estrategia bien definida. Cafarnaúm, a diferencia, se situaba en una ruta comercial vital y estaba lo suficientemente alejada de los grandes centros de poder político y religioso, permitiendo a Jesús difundir su mensaje mesiánico sin generar una confrontación inmediata con las autoridades de la época.
La población de Cafarnaúm era un crisol de pescadores, agricultores, artesanos, comerciantes y publicanos, caracterizada por una relación notablemente cordial con la administración romana. Fue en este dinámico escenario donde Jesús convocó a sus primeros apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago, Juan y Mateo, marcando el inicio de su ministerio público y la difusión de las “palabras de vida eterna” que, según el Evangelio de Juan (6, 68), resonaron allí con una fuerza particular. Hoy, el peregrino que llega a este lugar puede casi escuchar el eco de aquellas proclamas y profesar, como San Pedro, la entrega de su fe.
El vasto sitio arqueológico de Cafarnaúm se extiende sobre seis hectáreas, de las cuales dos tercios pertenecen a la Custodia de Tierra Santa, una institución franciscana dedicada a la preservación de los Lugares Santos. El tercio restante, en el flanco oriental, es propiedad del Patriarcado greco-ortodoxo. Entre los descubrimientos más emblemáticos que los visitantes pueden explorar, destacan la venerable casa de San Pedro y los restos de una imponente sinagoga.
**La Casa de San Pedro: Del hogar a la iglesia octogonal**
Uno de los puntos de mayor veneración es la casa donde, según la tradición, residió San Pedro y, por extensión, el propio Jesús. Fray Patton, citando las investigaciones de los sacerdotes Virgilio Corbo y Stanislao Loffreda, quienes iniciaron las excavaciones en 1968, detalla la evolución de esta estructura. Su origen se remonta al siglo I a.C. Hacia finales del siglo I d.C., una sección de esta vivienda fue adaptada como *domus-ecclesia*, sirviendo como lugar de reunión para los primeros cristianos. Este temprano espacio de culto es de inmenso valor, ya que constituye uno de los ejemplos más antiguos de una iglesia doméstica.
Posteriormente, en la segunda mitad del siglo V, la estructura original fue parcialmente demolida para erigir una iglesia de planta octogonal. El carácter cristiano de la sala de veneración queda evidenciado por numerosos grafitos hallados, que incluyen el nombre y el monograma de Jesús. La iglesia octogonal fue estratégicamente diseñada para señalar a los peregrinos la ubicación exacta de la casa de San Pedro, que había sido enterrada bajo el podio del nuevo templo, permitiendo así una conexión directa con el lugar de residencia del apóstol.
**La Sinagoga: Un viaje a través de los siglos**
El otro gran atractivo de Cafarnaúm es su sinagoga, conocida como la “sinagoga blanca”. Mientras las viviendas de la antigua ciudad estaban construidas con piedra basáltica oscura, este majestuoso edificio fue erigido casi en su totalidad con bloques escuadrados de piedra caliza blanca, transportados desde canteras situadas a varios kilómetros de distancia. Los elementos decorativos de la sinagoga son notablemente refinados y ricos en simbolismo judío, reflejando la importancia de la comunidad que la construyó.
Sin embargo, los estudios arqueológicos dataron esta “sinagoga blanca” alrededor del año 200 d.C. Esta cronología llevó a los franciscanos y a los arqueólogos a plantearse si bajo esta estructura visible podría encontrarse una sinagoga más antigua, contemporánea a Jesús. Las excavaciones revelaron un piso de piedra basáltica del siglo I bajo la nave central de la sinagoga blanca, perteneciente a un edificio público de dimensiones considerables. Corbo y Loffreda identificaron este amplio suelo del siglo I como el posible remanente de la anhelada sinagoga construida por un centurión romano, y donde, según los Evangelios, Jesús predicó en varias ocasiones.
**Un caso excepcional de coexistencia**
La antigua Cafarnaúm también ofrece un testimonio único de coexistencia religiosa. Durante los tiempos bizantinos (siglos IV-VII d.C.), el sitio fue habitado por una mayoría cristiana y una minoría judía que convivieron lado a lado. Fray Patton destaca que este modelo era excepcional en la región, donde era más común que personas de diferentes confesiones se establecieran en aldeas separadas. Este dato subraya una faceta particular de la sociedad en Cafarnaúm, donde la interacción entre comunidades era una realidad cotidiana.
Al contemplar los vestigios de esta antigua ciudad, el peregrino puede trascender la mera observación de ruinas y sumergirse en la rica trama histórica y espiritual. Cafarnaúm invita a imaginar las vidas de sus antiguos habitantes, las escenas narradas en los Evangelios que tuvieron lugar allí, y a sentir la profunda resonancia del mensaje de Jesús en el lugar que eligió como su hogar. La labor de la Custodia de Tierra Santa y la guía de figuras como Fray Francesco Patton son fundamentales para preservar este legado y permitir que las nuevas generaciones continúen conectando con la vibrante historia de la ciudad de Jesús.








