7 marzo, 2026

Las recientes declaraciones del presidente de Colombia, Gustavo Petro, acerca de una posible relación sentimental entre Jesús de Nazaret y María Magdalena, han desatado una ola de críticas y un enérgico pronunciamiento por parte de la Conferencia Episcopal de Colombia, así como de diversas organizaciones católicas y figuras políticas en el país. El incidente subraya la delicada intersección entre la esfera pública, las convicciones religiosas y la libertad de expresión en una nación con una profunda herencia católica.

La controversia surgió el pasado 27 de enero durante el evento de reapertura del Hospital San Juan de Dios en Bogotá. En el marco de un discurso que abordaba diversos temas, el mandatario colombiano, conocido por ser el primer presidente de izquierda en la historia del país, hizo comentarios interpretados por muchos como una intervención en asuntos de fe. Petro sugirió que Jesús habría experimentado el amor romántico, posiblemente con María Magdalena, afirmando: “Jesús hizo el amor, sí. A lo mejor con María Magdalena, porque un hombre así sin amor no podía existir. Y la mujer lo apoyó hasta el último momento; y él no murió como Bolívar, murió rodeado de las mujeres que lo amaban. Y eran muchas”.

Estas palabras provocaron una reacción inmediata y contundente por parte de la jerarquía eclesiástica. Al día siguiente, el 28 de enero, la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) emitió un comunicado oficial manifestando su preocupación y exigiendo respeto por la figura de Cristo. En su pronunciamiento, los obispos colombianos enfatizaron que la persona de Jesús no solo reviste una importancia histórica, sino que para los cristianos es objeto de adoración como el “Dios Verdadero”, y su nombre es considerado “santo”.

El comunicado de la CEC fue más allá de la cuestión teológica, adentrándose en el ámbito de las responsabilidades del poder público en un estado de derecho. La Iglesia Católica colombiana recordó que “ningún funcionario ni otra persona está llamado a emitir conceptos de orden teológico sobre las convicciones religiosas o doctrinales de los ciudadanos”. Por el contrario, subrayaron que “el Poder Público tiene la obligación de proteger a las personas en sus creencias y mantener relaciones armónicas y de común entendimiento con las confesiones religiosas”.

Para fundamentar su posición, los prelados citaron la Constitución Política de Colombia, la Sentencia C-817 de 2011 de la Corte Constitucional y el artículo 4 de la Ley 133 de 1994, referentes a la libertad religiosa y de cultos. Estos marcos legales, según la CEC, imponen la obligación de respeto, la no interferencia y la protección de los ciudadanos en el ejercicio de sus creencias. La alusión a estos instrumentos legales destaca el intento de la Iglesia por situar el debate en el plano jurídico y constitucional, más allá de la mera disputa teológica.

Los obispos también extendieron una invitación a la reflexión y al estudio, instando a la ciudadanía a “leer asiduamente los evangelios y a repasar las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica para poder llegar a la única figura de nuestro Señor Jesucristo”. Asimismo, aconsejaron a quienes pudieran tener “dudas sobre la persona de Jesús, Señor y Mesías, a que se informen en las fuentes objetivas de los evangelios y a evitar cualquier ligereza al respecto”. Este llamado busca reafirmar la doctrina oficial y contrarrestar interpretaciones que consideren ajenas a la tradición cristiana.

Finalmente, la Conferencia Episcopal de Colombia hizo un llamado recíproco al respeto. Manifestaron que, así como la Iglesia enseña a “respetar a las autoridades constituidas legítimamente y a buscar la paz”, esperan que “se respete también nuestra fe, nuestro derecho a profesarla y a difundirla por el testimonio y por la enseñanza”. Este pronunciamiento de los líderes católicos colombianos resalta la sensibilidad de la relación entre el Estado y las confesiones religiosas en el país.

El rechazo a las palabras del presidente Gustavo Petro no se limitó al ámbito eclesiástico. Diversas organizaciones católicas y figuras del legislativo también expresaron su indignación. El Rosario de Hombre Colombia, una organización de laicos, condenó de “manera vehemente y categórica las blasfemias promulgadas” por el mandatario.

Desde el Congreso, el senador Mauricio Giraldo se unió a las voces críticas, exigiendo respeto por la figura de Cristo. Giraldo argumentó que “desde el poder no se juega con lo sagrado, y mucho menos se utiliza el nombre de Jesús para desviar la atención de los problemas graves que enfrenta Colombia”, sugiriendo una posible intención política detrás de las declaraciones presidenciales. Esta perspectiva introduce la dimensión política al debate, planteando si las palabras de Petro buscan desviar el foco de la opinión pública de otras problemáticas nacionales.

Adicionalmente, el portal católico provida Razón + Fe lanzó una campaña de recolección de firmas, exigiendo al presidente Petro una rectificación pública y sus disculpas por los comentarios realizados. Esta iniciativa muestra el activismo de la sociedad civil organizada en defensa de sus creencias religiosas.

La controversia generada por las declaraciones presidenciales pone de manifiesto la compleja dinámica de una nación que, si bien es constitucionalmente laica, posee una población mayoritariamente creyente y una fuerte tradición católica. El episodio reabre el debate sobre los límites de la libertad de expresión para los funcionarios públicos, especialmente cuando sus declaraciones tocan fibras sensibles de la identidad religiosa de una parte significativa de la ciudadanía. La Presidencia de la República no ha emitido una respuesta oficial a los llamados de la Iglesia y las organizaciones civiles, manteniendo la tensión en el panorama político y social colombiano.

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