24 septiembre, 2022

Lunes V semana Tiempo Ordinario

 

I R 8, 1-7. 9-13

Sal 131

Mc 6, 53-56

 

 

Una de las grandes realizaciones del rey Salomón fue la de terminar uno de los proyectos de su padre, David: la construcción del Templo para Dios. El pasaje de la primera lectura, que hoy hemos meditado, nos muestra cómo Salomón y los ancianos del pueblo dedican el Templo al Señor. De esta manera se está dando un gran paso, ya que es el Templo la figura que el pueblo de Israel tendrá para experimentar la presencia de Dios en medio de ellos.

 

Sin duda alguna los judíos se sentían orgullosos de su Templo y del Arca de la Alianza que se albergaba en él. Del mismo modo nosotros tendríamos que sentirnos felices y contentos por nuestras iglesias como edificios sagrados, ya que en ellos se puede percibir la presencia de Dios en medio de su pueblo.

 

Es cierto, no podemos limitar la presencia de Dios únicamente a los templos o iglesias, sino que Él está presente en todas partes. Pero sí podemos decir que un lugar privilegiado para el encuentro del Señor se puede suscitar en el templo ya que éste nos proporciona un buen ambiente para nuestra oración, para reunirnos en comunidad para celebrar los sacramentos, etc.

 

De hecho, las iglesias son un lugar privilegiado al que podemos ir para encontrar nuestra paz interior. Del mismo modo que el Evangelio, donde la gente le llevaba a Jesús todos los enfermos para que los curara, así nosotros nos podemos acercar a las iglesias para que Él nos cure de nuestras iniquidades.

 

Actualmente vivimos tiempos difíciles como Iglesia. Debido a la pandemia, nos hemos percatado como ha bajado la participación de los fieles en la Eucaristía, mientras que los restaurantes, los bares, las fiestas, etc., siguen siendo concurridas. Y con esto no quiero leerme como un asocial, alguien que está en contra de la convivencia o la diversión. Por supuesto que no. Me lleno de alegría de ver que, aún en las dificultades que se viven, buscan el modo de verse con sus seres amados, de pasar un buen rato con los amigos. Lo que yo trato de señalar con esto es la indiferencia que se le ha dado a la Iglesia. Porque hoy en día la sociedad a moralizado lo inmoral y a desmoralizado lo moral: se ha entenebrecido la conciencia.

 

Es verdad, es imposible poder hablar de moral en nuestro tiempo. Es complicado, incluso, hablar de Dios en nuestros días. Sin embargo, mientras exista gente amante de paz, no dejará de poner el grito en cuello, no dejará de seguir insistiendo que los templos y las iglesias sí son una actividad esencial en nuestras vidas.

 

A ti, apreciable lector, te invito a ser “una voz que resuene en el desierto” (Is 40, 3). Pero ¿cómo será esto? No propiciando la violencia, debatiendo sobre lo que es correcto y lo que no es correcto, sino más bien siendo coherencia de vida. No hay necesidad de pelear para que nuestra opinión impere en los demás. Es más satisfactorio y valido dar testimonio con el ejemplo. Vamos a mostrarle al mundo que, a pasar de que los tiempos han cambiado, sabemos en dónde encontrar la paz, la tranquilidad y el perdón de nuestro pecado: en Dios, en la Iglesia, en los Sacramentos.

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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