En el corazón de Navarra, entre los imponentes paisajes de la sierra de Errando, el Monasterio de San Salvador de Leyre no solo es un guardián de la historia y la espiritualidad, sino también un inesperado epicentro de la producción artesanal. Con la llegada del otoño, cuando el bosque se tiñe de ocres y dorados, los monjes benedictinos de esta venerable abadía se internan en sus frondosos alrededores para cosechar un ingrediente esencial: el enebro. Este fruto silvestre es la base de una ginebra que, junto a un licor de hierbas, preserva y reinterpreta una tradición milenaria, ofreciendo un sabor único que encapsula la esencia de la vida monástica.
Leyre, cuna del antiguo reino de Pamplona y uno de los complejos monásticos más antiguos de Europa, se erige majestuoso desde el siglo IX. Sus gruesas paredes han sido testigos de siglos de historia, custodiando un valioso patrimonio arquitectónico y una forma de vida que perdura en el tiempo. Actualmente, diecisiete monjes españoles habitan este lugar sagrado, dedicando sus días a una existencia contemplativa, regida por el silencio, la oración y el célebre precepto benedictino “Ora et Labora” (reza y trabaja). Su carisma se centra en la liturgia, la vida interior y un profundo espíritu de comunidad.
Entre ellos se encuentra fray Eduardo Oliver, un joven de 30 años cuya vocación floreció tras la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en 2011. Su camino lo llevó hasta Leyre, un lugar que, según sus propias palabras, se convirtió en un deseo y luego en una necesidad imperiosa. La jornada de los monjes comienza al amanecer, a las 5:30, estructurada alrededor de la liturgia de las horas, la oración comunitaria y personal, y diversas labores diarias. “El monasterio lo atendemos nosotros, nos ocupamos de todas las necesidades que surjan, desde la sastrería y la cocina hasta la contabilidad o el cuidado de los hermanos mayores”, explica fray Eduardo, ilustrando la autosuficiencia que caracteriza la vida monástica.
**Rescatando Recetas Ancestrales: El Licor de San Benito**
Una de las iniciativas más recientes y significativas de la comunidad fue la reactivación de la antigua licorería del monasterio, donde antaño se elaboraba el tradicional Licor de San Benito. Para los monjes, este proyecto no era solo una aventura económica, sino una forma de reconectar con sus raíces y su esencia histórica. “Es parte de nuestra tradición y era fundamental seguir reformándola, con la idea de volver a nuestros orígenes”, comenta fray Eduardo.
Durante un año y medio, la comunidad monástica se sumergió en una exhaustiva investigación de recetarios medievales, buscando las fórmulas que permitían a sus predecesores crear licores de hierbas con propiedades curativas. La tarea incluyó el estudio de los inventarios que se realizaron durante la desamortización eclesiástica y el análisis de antiguos volúmenes que atesoraban tratados sobre plantas, como los de Santa Hildegarda de Bingen. Fray Eduardo recuerda con particular afecto aquella etapa de descubrimiento: “Me encantó desentrañar cómo trabajaban los monjes antiguos y, sobre todo, la manera en que todos nos involucramos en el proceso”.
Más allá de la investigación histórica, el proyecto demandó la adecuación de un laboratorio que cumpliera con las estrictas normativas sanitarias, así como el diseño meticuloso de las botellas y su etiquetado. Este esfuerzo colectivo es un testimonio del espíritu de unidad en Leyre. “La familia se construye día a día, y este es un proyecto que nos integra a todos”, señala el monje. Mientras los hermanos más jóvenes se dedican a la delicada maceración de las hierbas, los mayores se encargan de las labores de etiquetado y almacenamiento. Incluso novicios y postulantes encuentran su lugar, creando una dinámica de integración natural donde cada miembro, desde el más experimentado hasta el más reciente, aporta su talento.
Las hierbas necesarias para la elaboración del licor, sorprendentemente, fueron halladas en los bosques que rodean el monasterio. Este hallazgo no es casualidad; responde a un edicto de Carlomagno del siglo VIII, el “Capitulare de Villis vel Curtis Imperii”. Este documento, una guía administrativa para las fincas imperiales, especificaba qué plantas medicinales y culinarias debían cultivarse en los monasterios, asegurando así un suministro constante de recursos naturales que ha perdurado hasta nuestros días.
**De la Tradición al Vanguardismo: La Ginebra Artesanal de Leyre**
El mismo entorno natural que proveyó las hierbas para el licor, también reveló la presencia abundante de enebro. Este descubrimiento inspiró un nuevo desafío: la creación de una ginebra propia. El proceso es eminentemente artesanal y manual, deliberadamente alejado de la industrialización masiva. Exige una precisión extrema, desde la cuantificación exacta de cada planta hasta el tiempo preciso de maceración.
La recolección de los botánicos es un arte en sí mismo, dictado por los ritmos de la naturaleza. “El enebro, por ejemplo, se recoge al finalizar el verano, pero algunas raíces deben recolectarse antes de la primavera”, explica fray Eduardo. Posteriormente, estos ingredientes se sumergen en alcohol durante periodos que pueden extenderse hasta 30 días, con un seguimiento diario y cuidadoso. “Es un proceso largo, pero también muy tranquilo, contemplativo y recogido, que se presta mucho a nuestra forma de vida”, añade.
El camino hacia la ginebra perfecta ha sido, como en todo arte, un proceso de “prueba y error”, donde las recetas se han transmitido y enriquecido de generación en generación, con cada monje aportando su “granito de arena”. “No hemos empezado de cero, sino que hemos recuperado una tradición; somos custodios de un legado”, enfatiza el monje.
El lanzamiento oficial de la primera botella de la ginebra “Monasterio de Leyre” tuvo lugar el pasado mes de octubre. Coincidió, fortuitamente, con una visita de los Reyes de España y la infanta Leonor al monasterio. Dado que Leyre es la cuna de los antiguos reyes de Navarra, la ocasión fue perfecta para obsequiarles las primeras botellas, un gesto que subraya la conexión del monasterio con la historia de España.
Actualmente, tanto la ginebra como el licor de Leyre se comercializan en algunas parroquias y están disponibles en la tienda del monasterio, que también ofrece visitas guiadas y hospedaje para quienes deseen experimentar la serenidad de este lugar. Estas ediciones son intrínsecamente limitadas, producidas en pequeñas series. Para los monjes, la producción masiva sería una renuncia a su esencia. “Hacerlo supondría renunciar precisamente a lo que somos”, concluye fray Eduardo, afirmando el compromiso de la comunidad con la autenticidad, la tradición y el cuidado artesanal que definen cada gota de sus singulares destilados. El Monasterio de Leyre, a través de sus productos, invita a saborear no solo un licor o una ginebra, sino una profunda historia de fe, trabajo y dedicación.





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