25 enero, 2026

Ciudad del Vaticano – En un vibrante encuentro celebrado el sábado 10 de enero en el Aula Pablo VI, el Papa León XIV convocó a miles de jóvenes de Roma a convertirse en “peregrinos de esperanza”, instándolos a vivir una vida de santidad y compromiso auténtico en un mundo cada vez más marcado por la soledad digital y la desorientación. Su mensaje resonó profundamente, enfatizando la presencia constante de Jesús y la fuerza transformadora de la oración y las relaciones genuinas.

El evento, que congregó a una multitud entusiasta en el corazón del Vaticano, comenzó con un gesto conmovedor del Santo Padre, quien antes de ingresar al recinto principal, se acercó a saludar personalmente a aquellos jóvenes que, debido al límite de aforo, seguían el encuentro a través de pantallas gigantes. Les agradeció su presencia, lamentó no poder acogerlos a todos dentro y pronunció palabras de aliento sobre la unidad: “Sigamos adelante: ¡Gracias! Intentemos juntos vivir verdaderamente este espíritu de amistad, de hermandad, de unión, porque sabemos que cuando estamos unidos, no hay dificultad que no podamos superar”. Este preámbulo marcó el tono de cercanía y fraternidad que caracterizaría toda la jornada.

Ante los congregados, en un ambiente de palpable alegría y expectación, León XIV inició su alocución reafirmando una verdad central de la fe: “¡Nunca estamos solos, porque Jesús está con nosotros!”. En un momento de profunda solemnidad, el Pontífice también dedicó un recuerdo a los 40 jóvenes que perdieron la vida trágicamente en un incendio en Crans-Montana, Suiza, la madrugada del 1 de enero. Este recuerdo sirvió para subrayar la fragilidad y el valor incalculable de la existencia humana, y la necesidad imperante de recordar a quienes sufren y de valorar cada instante. “Nosotros también debemos recordar que la vida es muy preciosa, que nunca podemos olvidar a quienes sufren”, afirmó, conectando la experiencia del dolor con el llamado a la empatía cristiana.

El núcleo del mensaje papal giró en torno a su deseo más profundo para la juventud: una vida de santidad. “Me han preguntado qué deseo para ustedes: en mis oraciones pido para cada uno una vida buena y verdadera, según la voluntad de Dios. En breve, espero para todos una vida santa. Nada menos, porque los quiero: en efecto, vive verdaderamente quien vive con Dios, autor y salvador de la vida”, expresó el Obispo de Roma. Subrayó que esta aspiración a la santidad no es una meta inalcanzable, sino el camino hacia una existencia plena y auténtica, arraigada en la relación con el Creador.

Continuando con sus reflexiones, el Papa comparó la figura de Jesús con el sol, fuente de luz y vida para el mundo. Describió el amor divino como un “rayo de luz” que traspasa y se siente, un amor “fiel y desinteresado” que libera el corazón del temor. De este amor, dijo, brota la paz, un fruto que, una vez cultivado, debe ser compartido. Alentó a los jóvenes a llevar esta paz a “quienes no se sienten amados, a los pequeños que más necesitan atención, a quienes esperan de nosotros un gesto de perdón”, transformando así su entorno a través de la caridad activa.

El Santo Padre también extendió su llamado a la acción cívica y eclesial, instando a los jóvenes a que su “compromiso en la sociedad y en la política, en la familia, en la escuela y en la Iglesia, parta del corazón y será fructífero. Que parta de Dios y será santo”. Esta exhortación pone de manifiesto la visión de la Iglesia sobre una juventud protagonista, cuya fe no se limita al ámbito personal, sino que irradia en todas las esferas de la vida pública y privada.

En la segunda parte de su discurso, el Papa abordó directamente los desafíos contemporáneos que enfrentan los jóvenes, especialmente en el contexto de la preparación para el Jubileo 2025, un período en el que se espera que sean “peregrinos de esperanza”. Reconoció abiertamente los “sentimientos de decepción, desorientación y aburrimiento” que pueden experimentar. Describió una “grisura” que puede opacar los colores de la vida, llevando a la soledad incluso en medio de multitudes, una soledad agravada por el ruido de opiniones fragmentadas y la superficialidad de las imágenes digitales.

Con una crítica incisiva a las trampas de la modernidad, León XIV advirtió: “Una vida de links sin relación o de ‘me gusta’ sin afecto nos decepciona, porque estamos hechos para la verdad: cuando falta, la sufrimos. Estamos hechos para el bien, pero las máscaras del placer desechable traicionan nuestro deseo”. Frente a esta realidad, ofreció una poderosa solución: “Cuando te sientas solo, recuerda que Dios nunca te abandona”. Afirmó que la compañía divina proporciona la fuerza para dar el primer paso hacia el prójimo, transformando la soledad en comunión y la individualidad en fraternidad. Animó a los jóvenes a ser “buscadores de comunión y fraternidad”, a reflejar el amor de Dios en sus relaciones y a convertir un “mundo gris y anónimo” en un lugar acogedor, humanizado por la presencia de lo divino.

El Papa elogió la autenticidad de las relaciones que los jóvenes viven en las parroquias romanas, en los oratorios y en las asociaciones, pero advirtió contra la tentación de guardarlo para sí mismos. Les recordó que la tarea de transformar la sociedad comienza con la transformación personal y el testimonio. “No esperen que el mundo los reciba con los brazos abiertos: la publicidad, que tiene que vender algo para consumir, tiene más audiencia que el testimonio, que quiere construir amistades sinceras. Actúen, pues, con alegría y tenacidad, sabiendo que para cambiar la sociedad hay que cambiar primero nosotros mismos”.

Finalmente, al abordar cómo afrontar la insatisfacción y el aburrimiento, el Pontífice ofreció una respuesta concreta y profundamente espiritual: la oración. “La insatisfacción es el eco de la verdad: no debe asustarlos, porque muestra bien qué vacío abarrota la vida, reduciéndola a un instrumento al servicio de otra cosa. ¿Qué pueden «hacer concretamente para romper estas cadenas»? Ante todo, rezar”, enfatizó. Describió la oración como el acto más concreto del cristiano, una “libertad que rompe las cadenas del aburrimiento, del orgullo y de la indiferencia”.

Para “encender el mundo”, el Papa dijo que se necesita “un corazón ardiente”, el cual Dios enciende a través de la oración, especialmente en la Eucaristía, en el Evangelio y en los Salmos. De este modo, los jóvenes se convierten en “luz del mundo y sal de la tierra”. Siguiendo el ejemplo de la Virgen María y los santos, León XIV concluyó que ser peregrinos de esperanza no requiere esfuerzos sobrehumanos ni actos caritativos aislados, sino “vivir como hombres y mujeres que tienen a Cristo en el corazón, lo escuchan como Maestro y lo siguen como Pastor”. La verdadera felicidad, les aseguró, no se compra ni se conquista, sino que se recibe y se comparte como un don de Dios, entregado con amor a todos.

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