27 septiembre, 2026

El Papa León XIV en la procesión de antorchas en el Santuario de la Virgen de Lourdes este domingo 27 de septiembre. Crédito: Vatican Media.

Durante la noche del domingo 27 de septiembre, el Santuario de Lourdes acogió uno de los momentos marianos más emblemáticos de la fe católica: el rezo del Santo Rosario seguido de la tradicional marcha lumínica. En este marco de oración y recogimiento, el Papa León XIV dirigió un profundo mensaje a los miles de peregrinos, enfermos y sacerdotes congregados, destacando el valor trascendental de la fe en medio de las dificultades terrenales.

La llamada histórica de la Virgen y la respuesta del pueblo fiel

Ante una multitud portando luminarias, el Pontífice recordó el origen de esta devoción arraigada en el tiempo, recordando la petición que Nuestra Señora hizo a los sacerdotes a través de Santa Bernardita: «Que se venga aquí en procesión». El Obispo de Roma expresó su profunda emoción al comprobar cómo, generación tras generación, la comunidad creyente acude con confianza y fervor al encuentro de la Madre del cielo.

Para el Santo Padre, caminar portando una antorcha simboliza la adhesión a una luz superior que disipa las sombras del camino. “Esa luz que nos guía y nos atrae es la de la esperanza que nunca nos abandona”, afirmó el Papa, subrayando que incluso en los momentos más complejos marcados por el dolor, el ser humano conserva la alegría íntima de saberse hijo de Dios y rescatado por Jesucristo.

El papel central de los enfermos y el testimonio del sufrimiento

Un aspecto destacado de la alocución pontificia fue la mención especial a las personas que afrontan dolencias físicas. El Papa señaló que los enfermos actúan como auténticos protagonistas en esta peregrinación, convirtiéndose en testigos privilegiados de cómo la gracia divina transforma la existencia humana mediante el amor al prójimo.

Recordando las palabras pronunciadas por el Papa Pío XII en su encíclica Le pèlerinage de Lourdes del 2 de julio de 1957, el Obispo de Roma reiteró que en ningún otro lugar de la tierra se manifiesta un cortejo tan intenso de dolor unido a un resplandor tan profundo de paz, serenidad y alegría interior.

Asimismo, el Pontífice citó al apóstol Pablo en su carta a los Romanos para infundir aliento a los afligidos, recordando que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria venidera que Dios tiene preparada para quienes perseveran en la caridad.

María como la Inmaculada Concepción y la Estrella del Mar

Profundizando en el dogma mariano, el Papa León XIV rememoró las palabras con las que la Virgen se identificó en el lugar sagrado: «¡Yo soy la Inmaculada Concepción!». Explicó que este privilegio único representa la aurora de la salvación, donde la gracia divina preservó a María de todo pecado por los méritos de la Pasión y Resurrección de su Hijo, convirtiéndola en una nueva Eva sobre la cual el mal carece de poder.

Invocando la figura de María como la Stella Maris (Estrella del mar), el Pontífice rescató las enseñanzas de San Bernardo para recordar que aquellos fieles zarandeados por las olas del mundo encuentran en la Madre de Dios un faro seguro. «Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar», reiteró el Papa utilizando las célebres palabras del santo medieval.

Una oración compartida por las intenciones del mundo

Hacia el tramo final de la ceremonia, el Santo Padre invitó a todos los asistentes —llegados desde diversos rincones de Francia y de distintos puntos del planeta— a depositar sus anhelos más urgentes y las necesidades de la humanidad a los pies de la Virgen.

La vigilia concluyó con una súplica ferviente para que la llama portada por los peregrinos en sus manos permanezca encendida a lo largo de sus vidas, actuando como un faro que ilumine el horizonte y garantice la apertura a las promesas de la vida eterna.

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