6 junio, 2026

España ha sido el escenario de una trascendental visita papal, recibiendo al Papa León XIV quince años después de la última ocasión. A diferencia de encuentros previos, este viaje adquiere el carácter de visita de Estado, marcando un hito en las relaciones entre la Santa Sede y la nación ibérica. La llegada del Pontífice se produce en un momento de especial complejidad social y política, lo que confiere a sus mensajes un eco particular.

La memoria colectiva aún conserva nítidas las imágenes de Benedicto XVI, quien visitó España en 2011 con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Aquella ocasión, centrada en un evento multitudinario de jóvenes, no implicó una recepción oficial en el Palacio Real, sino que el Pontífice fue acogido en la Plaza de Cibeles antes de un encuentro privado con la Familia Real en el Palacio de La Zarzuela, entonces encabezada por el rey Juan Carlos I. El contexto actual es notablemente diferente.

A su llegada al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, el Papa León XIV fue recibido con todos los honores de Estado. Se trasladó directamente a la residencia oficial de la monarquía española, donde fue acogido por el rey Felipe VI, la reina Letizia y sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía, en un acto de gran solemnidad.

En su primer discurso ante las autoridades españolas y el cuerpo diplomático, el Santo Padre articuló la esencia de su misión. Declaró su propósito de “confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta nación”. Un mensaje de paz que, según advirtió León XIV, en el clima contemporáneo podría ser percibido por algunos como “ingenuo” o “provocador”, pero que, insistió, “encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad”.

El Pontífice profundizó en la noción de la verdad como algo “siempre más grande que nosotros”, capaz de sorprender e impulsar “caminos de purificación y reconciliación” donde el diálogo se convierte en un pilar fundamental, tanto con los demás como con lo trascendente. Para enriquecer su alocución, el Papa León XIV evocó la figura de dos insignes místicos españoles del siglo XVI, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Los presentó como ejemplos de una “mística con los ojos abiertos”, una espiritualidad profundamente arraigada en la historia y capaz de penetrar “en la raíz de las cuestiones, en el corazón de la realidad”.

Abordando los temores y desafíos actuales, el Santo Padre se refirió a la “oscuridad de la razón y la violencia de las emociones”, proponiendo como antídoto la necesidad de individuos capaces de “intuir, en la oscuridad, la luz”. Para ilustrar esta idea, el Papa León XIV recurrió a la metáfora del “castillo interior” desarrollada por Santa Teresa, enfatizando que no se trata de una “huida intimista”, sino de una “apertura radical” al *totus Alius et semper Novus*, expresión teológica que alude a la trascendencia divina y que se materializa al retornar a la propia esencia.

Desde esta perspectiva, León XIV defendió la imperante necesidad de “proteger la libertad religiosa y de conciencia”. Recordó también el legado de San Ignacio de Loyola, quien “prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos”, y destacó el ejemplar trabajo de la Escuela de Traductores de Alfonso X el Sabio. En este centro de saber, especialistas de las tres grandes religiones monoteístas colaboraron en la preservación y transmisión del conocimiento clásico y medieval, citando a pensadores como Averroes y Maimónides como prueba fehaciente de la cooperación interreligiosa por el bien común.

El Papa León XIV subrayó que la “época actual, aparentemente convulsa por terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más profundo por la paz, por un nuevo conocimiento de la persona humana y de su dignidad inviolable, por la civilización del amor”. Esta afirmación resonó con los principios de su encíclica *Magnifica humanitas*, publicada el pasado 25 de mayo.

El Pontífice no eludió uno de los rasgos más acusados del contexto sociopolítico español contemporáneo: la polarización. Con preocupación, León XIV lamentó cómo “la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir”, lo que, en sus palabras, “no deja de violar la dignidad humana”. En respuesta, instó a promover una “educación libre y de calidad” que oriente a los jóvenes hacia la trascendencia.

Consciente de la crispación social y política, el Santo Padre hizo un llamamiento explícito a “abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad”. Enmarcó esta invitación en la vocación europea de España, a la que definió como “protagonista original y fundamental”, y animó a percibir la complejidad no como un obstáculo, sino como una riqueza: “aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos”.

Esta visita de León XIV a España, la novena realizada por un Papa a este país, adquiere una notable dimensión internacional. Representa un paso crucial en el diálogo del Pontífice con el mundo occidental contemporáneo, donde la Iglesia Católica busca desempeñar un papel fundamental. El rey Felipe VI, en su discurso como anfitrión, también destacó la voz del Papa como un “faro moral universal”, cuya inspiración trasciende los 1.400 millones de fieles católicos para resonar “por su contenido ético, mucho más allá, en todas las conciencias”. El monarca subrayó la profunda raigambre de la fe católica en España, afirmando que “sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían”.

El Papa León XIV, por su parte, reconoció el papel global de España, elogiando su “fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo”, así como su compromiso con la paz y la solidaridad. Al mismo tiempo, alentó a fortalecer el diálogo interno, a atender a los más vulnerables y a “armonizar las demandas de autonomía y de unidad”. Este encuentro en el Palacio Real no es el primero entre los actuales monarcas y el Pontífice, y se repetirá en Barcelona con motivo de la inauguración de la Torre de Jesús en la Basílica de la Sagrada Familia. El 20 de marzo del año anterior, Felipe VI y Letizia viajaron a Roma para la investidura del monarca como protocanónigo de la Basílica de Santa María la Mayor, un acto que selló los históricos lazos entre la Corona española y este templo. Además, ambos asistieron el 18 de mayo del año pasado a la misa de inicio del pontificado de León XIV.

Nuevos