30 noviembre, 2022

 Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo,
Solemnidad

Dn 7, 13-14
Sal 92
Ap 1, 5-8
Jn 18, 33b-37

En este último domingo del año litúrgico, celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta que ha sido instituida recientemente al calendario litúrgico, pero que desde siempre ha tenido profundas raíces, tanto bíblicas, como teológicas.

El título de “rey”, que se le da a Jesucristo, es sumamente importante en los Evangelios y nos permitirá darle una lectura más completa de lo que es la figura y misión del Maestro.

El Evangelio que hoy hemos meditado, nos propone una parte del interrogatorio que Poncio Pilato realizó a Jesús, el cual había sido entregado a sus manos con la acusación de que había usurpado el titulo de “rey de los judíos”. De hecho, ante las preguntas que formula el Procurador, Jesús respondió afirmando que sí era rey, pero no de este mundo.

Jesús tenía muy en claro que no había venido a dominar sobre los pueblos o algunos territorios en la tierra, sino que había venido a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y mostrarles el rostro misericordioso del Padre. Por eso no dudó en afirmar: “Yo para eso he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Ahora bien, ¿cuál es la “verdad” que Cristo vino a testimoniar en el mundo? Sin duda alguna la de manifestarnos el amor de Dios Padre. Toda su vida, Jesús la desgastó para mostrarnos esa gran verdad, incluso lo ha constatado entregando su vida en el Calvario. Con esto, el Maestro nos enseña que su trono es la Cruz y desde ahí ha manifestado la sublime realeza de Dios Amor.

El Maestro, al ofrecerse como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del “príncipe de este mundo” y ha instaurado definitivamente el reino de Dios. Reino que se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos sean sometidos.

El camino que hemos de seguir para llegar al Reino es largo y no permite que se tomen atajos. De hecho, todo hombre debe acoger libremente la verdad del amor de Dios para acceder a ese reino. Él es amor y verdad y tanto el amor como la verdad no se pueden forzar o imponer. De hecho, llaman a la puerta del corazón del hombre. Y donde se le permite el paso, podrán infundir la paz y la alegría. Esta es la manera en la que reina el Señor; este ha querido que fuera su proyecto de Salvación.

Estando con Jesús nos volvemos verdaderos. La vida del creyente no puede ser una actuación, donde podemos colocarnos la máscara que más nos conviene. Todo lo contrario: cuando el Señor reina en el corazón, lo libera de la hipocresía. De hecho, la mejor prueba de que Cristo es nuestro rey será el desapego a una vida disoluta, llena de egoísmos, para dar entrada a una vida llena de amor, tanto a Dios, como al prójimo. Cuando se vive bajo el señorío de Jesús, no se vuelve corrupto, sino que uno se vuelve libre, verídico.

Que el Señor nos conceda la gracia de buscar cada día la verdad y que esta nos conduzca a Jesús, Rey del universo, para que, por medio de su amor, quedemos libres de toda atadura de pecado y podamos alcanzar un día el “Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz” (cfr. Prefacio de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo).

Pbro. José Gerardo Moya Soto

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Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

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