19 julio, 2026

Cada 19 de julio, la Iglesia católica conmemora a dos figuras veneradas de la cristiandad española: santas Justa y Rufina. Estas hermanas, mártires del siglo III, son honradas como patronas de la histórica ciudad de Sevilla y de los alfareros, un oficio con el que sustentaron sus vidas. Si bien en su Sevilla natal su festividad principal se observa el 17 de julio, en el resto de España y otras latitudes la devoción se centra en el día 19.

**Un legado de fe a través del tiempo**

La historia de Justa y Rufina, como muchas narraciones de los primeros siglos del cristianismo, ha sido objeto de estudio y debate histórico. Existe una controversia sobre la rigurosidad absoluta de algunas fuentes tempranas que las mencionan, marcadas por posibles errores o imprecisiones propias de los escritos antiguos. Sin embargo, la arraigada tradición de veneración que las rodea ha conferido credibilidad a sus testimonios a lo largo de los siglos.

La Enciclopedia Católica, una de las obras de referencia sobre la fe, destaca que “solamente Santa Justa es mencionada en el ‘Martyrologium Hieronymianum’, pero en los martirologios históricos se le conoce como ‘Justina’”. Esta distinción nominal ha provocado, en ocasiones, confusiones con otras mártires. No obstante, documentos que datan del siglo VI ya las registran con los nombres por los que hoy son universalmente conocidas. Dada la relativa cercanía temporal de estas fuentes del siglo VI y la robusta tradición sostenida por las Actas martiriales, se concluye firmemente que “no hay duda de que ambas santas son mártires históricas de la Iglesia española”. Este respaldo valida la fe en su martirio y consolida su lugar en la historia religiosa.

**Raíces sevillanas y profunda devoción**

Justa y Rufina nacieron en Sevilla, entonces parte de la provincia romana de Hispania, aproximadamente entre los años 268 y 270. Provenían de una familia humilde pero profundamente arraigada en la fe cristiana. La provincia de Andalucía, bajo el dominio del Imperio romano, fue testigo del florecimiento de su devoción en tiempos de persecución.

Trágicamente, quedaron huérfanas siendo muy jóvenes. El obispo de la ciudad, consciente de la situación y cercano a la familia, asumió la responsabilidad de su cuidado, brindándoles apoyo espiritual y animándolas a perseverar en la fe y la virtud. La comunidad cristiana local, solidaria, les facilitó el aprendizaje de la alfarería, un oficio honorable que les permitiría ganarse la vida. Así, Justa y Rufina se dedicaron a la venta de los recipientes de cerámica que elaboraban, demostrando gratitud a Dios por su providencia. Su compromiso con la fe se manifestaba activamente en la comunidad, participando asiduamente en la oración y la Eucaristía.

Eran conocidas en Sevilla por su caridad y benevolencia, virtudes que extendían a todos, sin distinción de credo. Con valentía ejemplar, daban testimonio de su fe públicamente, orando por la conversión de los no cristianos y compartiendo las enseñanzas del Señor con los gentiles.

**El desafío y el martirio**

El año 287 marcó un punto de inflexión trágico en sus vidas. Durante las festividades en honor a Venus, un grupo de mujeres recorría las calles de Sevilla portando un ídolo de la diosa Salambona, el equivalente babilónico de Venus. Al encontrarse con Justa y Rufina, exigieron el donativo acostumbrado para la festividad y, lo que era más grave, que se arrodillaran y adoraran la efigie pagana. Las hermanas, con firmeza inquebrantable, se negaron tanto a entregar dinero como a rendir pleitesía a la imagen. Este rechazo categórico desató la furia de la multitud, que se abalanzó contra ellas.

Diogeniano, el prefecto romano de Sevilla, al ser informado de la “provocación”, ordenó el arresto de Justa y Rufina. Durante el interrogatorio, las amenazó con crueles tormentos si no renunciaban a su fe cristiana. Sin embargo, ni las amenazas ni el miedo pudieron doblegar su espíritu. Las santas se negaron rotundamente a apostatar, proclamando con valentía su adoración exclusiva a Jesucristo. Sus palabras resonaron con la convicción de su fe: “Eso que vos llamáis la diosa Salambona, no era más que un despreciable cacharro de barro cocido; nosotras adoramos al único Dios verdadero que está en los Cielos, y a su Hijo Jesucristo que se hizo hombre y murió por nosotros para salvarnos de nuestros pecados…”.

Como consecuencia de su inquebrantable fe, ambas fueron sometidas a torturas brutales. Santa Justa falleció a causa del debilitamiento extremo, encerrada en una celda sin agua ni alimento. Poco después, su hermana, Santa Rufina, quien había sobrevivido brevemente, fue decapitada por orden directa de Diogeniano.

**Un legado perdurable de fe y protección**

La memoria de estas valientes hermanas sevillanas ha perdurado a lo largo de los siglos, consolidándose como patronas de Sevilla y de los gremios de alfareros y cacharreros. Su patronazgo se extiende también a otras ciudades de España como Valencia y Palencia. Los restos de las mártires fueron venerados en Sevilla desde el momento de su martirio hasta la invasión árabe en el año 711, cuando tuvieron que ser ocultados para su protección.

En el siglo pasado, un redescubrimiento significativo tuvo lugar en Alcalá de los Gazules (Cádiz), donde se encontraron sus restos. Hoy en día, bajo la Iglesia de la Trinidad en Sevilla, aún pueden visitarse las celdas que, según la tradición, Justa y Rufina ocuparon en sus últimas horas, un testimonio mudo de su sacrificio. La historia de santas Justa y Rufina continúa inspirando a los fieles, recordándonos el poder de la fe y la valentía ante la adversidad.

Nuevos