30 noviembre, 2022

Martes V semana Tiempo Ordinario

 

I R 8, 22-23. 27-30

Sal 83

Mc 7, 1-13

 

 

En una ocasión escuché una historia muy agradable, la cual dice: “Un hombre tenía una hija. Esta hombre, era una persona sumamente trabajadora. En una ocasión fue interrumpido por su pequeña hija. La niña le obsequió una caja envuelta con un papel de regalo muy caro. El padre se enfadó con su hija al ver que había desperdiciado su dinero en un papel que sería tirado a la basura. No obstante, su enojo subió de tono cuando, abriendo la caja, se dio cuenta que estaba vacía. La pequeña, al contemplar la rabia de su padre, comenzó a llorar y le dijo: “Papá, la caja no está vacía. En ella yo puse muchos besos para ti; en ella coloqué lo mucho que te amo”. El padre, avergonzado por su actitud, abrazó a su hija. Desde aquel momento, el papá guarda la caja de su hija como su posesión mas valiosa”.

 

A mi ver, es una historia muy grata con la cual podemos partir para la reflexión de este día. Salomón y el pueblo de Israel han erigido un Templo para adorar al Señor. Pero será la belleza de la oración del rey la que resaltará. El valor de un templo no se encuentra únicamente en su bella arquitectónica o las obras de arte que contenga (aunque no dudo que un así puede ayudar mucho), sino que será el ambiente que se propicie dentro de él lo que lo hará importante.

 

Lo que el Señor desea para su pueblo no es únicamente la construcción de algo sumamente hermoso y simbólico (como lo es el Templo). Más bien lo que desea Dios es lo que habrá dentro del templo: las oraciones que brotarán de corazones nobles; las lagrimas derramadas por un sincero arrepentimiento; las acciones de gracias que se puedan ofrecer al Señor.

 

Ahora que nos encontramos en un tiempo de reapertura, donde esperamos que el pueblo regrese a las iglesias, tenemos que recuperar el valor del templo como un lugar de oración con el Señor, de encuentro con el Amado, un sitio donde uno puede encontrar la paz interior, dejarse invadir por la presencia del Señor, sentir la cercanía del corazón misericordioso del Padre, etc.

 

A Dios no le agradan las apariencias, las mascaras que podemos colocarnos para presentarnos ante su soberana presencia. ¿De qué sirve fingir lo que no somos ante Aquel que nos conoce desde siempre? ¿Para qué seguir engañándonos, creyendo que con las apariencias lograremos algo en nuestra vida? Jesús se da cuenta de esto y, nos dice el Evangelio, que reprende a los fariseos, les invita a ir mas allá de los aparental.

 

Porque no: tal vez en nuestra vida nos sentimos mas puros que los demás al cumplir religiosamente con los ritos, con las costumbres o con las oraciones diarias. Probablemente también criticamos a aquellos que nos hacen “X” o “Y” cosa. Sin embargo, esto no nos llevará a nada bueno. Todo lo contrario: nuestro corazón se irá haciendo cada vez mas duro, como una piedra.

 

Por ese motivo, el Maestro no duda en reprender a aquellos que quieren fingir ser lo que no son. Lo mismo que decíamos del templo, que no es la estructura la que importa, sino la oración que se realiza en él, así podemos decir de la vida del hombre: no importa lo mucho que podamos poseer, fingir que nos encontramos bien, si en el fondo uno no es feliz, vive inmerso en el pecado, alejado de los caminos de Dios.

 

¿Cómo estamos honrando al Señor: solo de labios, estando lejos nuestro corazón de Él? ¿Aparento ser algo que no soy? ¿Me gusta ser como los fariseos que se enfocan en los demás y no me doy el tiempo de mirarme interiormente? Este día puede ser una nueva oportunidad para ser mejores ante los ojos del Señor. Por ello, permite que la gracia de Dios transforme tu vida y puedas vivir plenamente para Él.

 

 

Pbro. José Gerardo Moya Soto

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pbro José Gerardo Moya Soto

"Que la homilía pueda ser «una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento» (Evangelii gaudium 135). Cada homileta, haciendo propios los sentimientos del apóstol Pablo, reaviva la convicción de que «en la medida en que Dios nos juzgó aptos para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos: no para contentar a los hombres, sino a Dios, que juzga nuestras intenciones» (1Ts 2, 4)". Directorio Homilético 2014 (Decreto)

Nuevos